jueves, 14 de noviembre de 2013

Ética autoritaria o humanista


Ética Humanista vs. Ética Autoritaria
Escribo   con la intención de reafirmar la validez de la Ética Humanista, de señalar que nuestro conocimiento de la naturaleza humana no conduce al relativismo ético sino que, por el contrario, nos lleva a la convicción de que las fuentes de las normas para una conducta ética han de encontrarse en la propia naturaleza del hombre; que las normas morales se basan en las cualidades inherentes al hombre y que su violación origina una desintegración mental y emocional. Intentaré demostrar que la estructura del carácter de la personalidad integrada y madura –el carácter productiva- constituye la fuente y la base de la "virtud" y que el "vicio", en el último análisis, es la indiferencia hacia sí mismo y una mutilación de sí mismo. Ni la renuncia a sí propio ni el egoísmo sino el amor por uno mismo, ni la negación del individuo sino la afirmación de su verdadero yo humano, son los valores supremos de la Ética Humanista. Si el hombre ha de confiar en valores tendrá que conocerse a sí mismo y conocer la capacidad de su naturaleza para la bondad y a productividad.
Ética Humanista vs. Ética Autoritaria
Si no abandonamos la búsqueda de normas de conducta objetivamente válidas como es el caso del relativismo ético ¿qué criterio depende del tipo del sistema ética cuyas normas estudiemos. Los criterios de la Ética Autoritaria son, por necesidad, fundamental diferentes de los de la Ética Humanista.
En la Ética Autoritaria una autoridad es la que establece lo que es bueno para el hombre y prescribe las leyes y normas de conducta; en la Ética Humanista es el hombre mismo quien da las normas y es a la vez el sujeto de las mismas, su fuente formal o agencia reguladora y el sujeto de su materia.
El empleo del término "autoritario" hace necesario esclarecer el concepto de autoridad. Existe tanta confusión respecto a este concepto por causa de la creencia generalmente difundida de que nuestra alternativa es o tener una autoridad dictatorial, irracional, o no tener autoridad alguna. Esta alternativa, no obstante, es falsa. El verdadero problema consiste en saber qué clase de autoridad debemos tener. Si hablamos de autoridad: ¿nos referimos a una autoridad racional o irracional? La autoridad racional tiene su fuente en la competencia. La persona cuya autoridad es respetada ejerce completamente su función en la tarea que le confían aquellos que se la confieren. No necesita intimidarlos ni espolear su admiración por medio de cualidades mágicas. En tanto que ayuda competentemente en lugar de explotarlos, su autoridad se basa en fundamentos racionales y no requiere terrones irracionales. La autoridad racional no solamente permite sino que requiere constantes escrutinios y críticas por parte de los individuos a ella sujetos; es siempre de carácter temporal, y la aceptación depende de su funcionamiento. La fuente de la autoridad irracional, por otra parte, es siempre el poder sobre la gente. Este poder puede ser físico o mental, puede ser real o solamente relativo respeto de la ansiedad y la impotencia de la persona sometida a esta autoridad. El poder, por una parte, y el temor, por la otra, son siempre los cimientos sobe los cuales se erige la autoridad irracional. La crítica a la autoridad no es sólo algo no solicitado sino prohibido. La autoridad racional se basa en a igualdad de dos: del que la ejerce y del sujeto a ella, los cuales difieren únicamente con respecto al grado de saber o de destreza en un terreno particular. La autoridad irracional se basa por su misma naturaleza en la desigualdad, implicando diferencias de valores. Al emplear el término "Ética Autoritaria" nos estamos refiriendo a la autoridad irracional, ateniéndonos precisamente al uso corriente del término "autoritario" como sinónimo de sistemas totalitarios y antidemocráticos. El lector reconocerá bien pronto que la Ética Humanista no es incompatible con la autoridad racional.
Pude distinguirse a la Ética Autoritaria de la Ética Humanista en dos aspectos: uno formal y otro material. La Ética Autoritaria niega formalmente la capacidad del hombre para saber lo que es bueno o malo, quien da la norma es siempre una autoridad que trasciende al individuo. Tal sistema no se basa en la razón ni en la sabiduría, sino en el temor a la autoridad y en el sentimiento de debilidad y dependencia del sujeto; la cesión de la capacidad de decidir del sujeto a la autoridad es el resultado del poder mágico de ésta, cuyas decisiones no pueden ni deben objetarse. Materialmente, o en relación con el contenido, la Ética Autoritaria resuelve la cuestión de lo que es bueno o malo considerando, en primer lugar, los intereses de la autoridad y no los del sujeto; es un sistema de explotación del cual, sin embargo, el sujeto puede derivar considerables beneficios psíquicos o materiales.
Tanto el aspecto formal como el material de la Ética Autoritaria se manifiestan en la génesis del juicio ético del niño y en el juicio irreflexivo de valor del adulto medio. Los fundamentos de nuestra capacidad para diferenciar lo bueno y lo malo se establecen en nuestra infancia, primero en relación con funciones fisiológicas y después en relación con asuntos más complejos de la conducta.
El niño adquiere un sentido de distinción entre bueno y malo antes de conocer la diferencia por medio del razonamiento. Sus juicios de valor se forman como resultado de las reacciones cordiales u hostiles de las personas que ocupan un lugar de importancia en su vida.
En vista de su completa dependencia del cuidado y del amor del adulto, no es asombroso que una expresión de aprobación o desaprobación en el semblante de la madre sea suficiente para "enseñar" al niño la diferencia entre lo bueno y lo malo. En la escuela y en la sociedad actúan factores similares. "Bueno" es aquello por lo cual uno es alabado; "malo" aquello por lo cual uno es reprendido o castigado por las autoridades sociales o por la mayoría de la gente. El temor a la desaprobación y la necesidad de aprobación parecen ser, en verdad, los más poderosos y casi exclusivos motivos del juicio ético.
Esta intensa presión emocional impide al niño y posteriormente al adulto, inquirir críticamente si "bueno" en un juicio significa bueno para él o para la autoridad.
Las alternativas en ese sentido se hacen obvias si consideramos a los juicios de valor con referencia a las cosas. Si yo digo que un auto es "mejor" que otro, es evidente que califico de "mejor" a un auto porque éste me sirve mejor que otro; lo bueno y lo malo se refieren a la utilidad que la cosa tiene para mí. Si el dueño de un perro lo considera "bueno", se refiere a ciertas cualidades del perro que son de utilidad para él. Así, por ejemplo, si satisface la necesidad que tiene de un perro guardián, un perro de caza o un perro de compañía. Se llama buena a una cosa si es buena para la persona que la usa.
El mismo criterio de valor puede usarse en relación con el hombre. El patrono considera como bueno a un empleado, si éste es útil para él. El maestro puede calificar de bueno a un alumno si éste es obediente, no le ocasiona molestias y le aumenta su reputación.
De igual manea puede calificarse como bueno a un niño si éste es dócil y obediente. El niño "bueno" puede estar atemorizado e inseguro, queriendo solamente complacer a sus padres sometiéndose a su voluntad, mientras que el niño "malo" puede poseer una voluntad propia e intereses genuinos  que, sin embargo, no son del agrado de sus padres.
Es obvio que el aspecto formal y el material de la Ética Autoritaria son inseparables. A menos que sea intención de la autoridad explotar al sujeto, no necesitará regir por medio del terror y de la sumisión emocional; puede estimular el juicio y la crítica racionales, corriendo así el riesgo de ser hallada incompetente. Pero como están en juego sus propios intereses, la autoridad ordena que la obediencia sea la máxima virtud y la desobediencia el pecado capital.
La rebelión es el pecado imperdonable en la Ética Autoritaria, el poner en duda el derecho de la autoridad para establecer normas y su axioma de que las normas establecidas por la autoridad están a favor de los más preciados intereses de los sujetos. Aunque una persona peque, su sometimiento al castigo y su sentimiento de culpabilidad le restituyen su "bondad", porque de ese modo expresa su aceptación de la superioridad de la autoridad.
El Antiguo Testamento, en el relato de los orígenes de la historia del hombre, ofrece una ilustración sobre la Ética Autoritaria. El pecado de Adán y Eva no está explicado en términos del acto mismo; el comer del árbol del conocimiento del bien y del mal no fue en sí mismo una mala acción. En efecto, tanto la religión judía como la cristiana están acordes en afirmar que la facultad de diferenciar entre lo bueno y lo malo es una virtud básica.
El pecado fue la desobediencia, el desafío a la autoridad de Dios, quien tuvo temer de que el hombre, habiendo "llegado a ser como uno de Nosotros conociendo lo bueno y lo malo" podría "estirar su mano y tomar también del árbol de la vid y vivir para siempre".
La Ética Humanista, en contraste con la Ética Autoritaria, puede también distinguirse por un criterio formal y otro material.
Formalmente se basa en el principio de que sólo el hombre por sí mismo puede determinar el criterio sobre virtud y pecado, y no una autoridad que lo trascienda. Materialmente se funda en el principio de que "bueno" es aquello que es bueno para el hombre y "malo" lo que le es nocivo, siendo el único criterio de valor ético el bienestar del hombre.
La diferencia entre la Ética Humanista y la Autoritaria es ilustrada también por los diferentes significados atribuidos al término "virtud". Aristóteles emplea la palabra "virtud" para significar "excelencia" –excelencia de la actividad por medio de la cual se realizan las potencias particulares del hombre. Para eso, por ejemplo, emplea "virtud" como sinónimo de las características individuales de cada cosa, vale decir su peculiaridad. Una piedra o una flor tienen su virtud, su combinación de cualidades específicas. Del mismo modo la virtud del hombre es aquel conjunto preciso de cualidades que es característico de la especie humana, mientras que la virtud de cada persona es su individualidad única. Se es "virtuoso" si se despliega la propia "virtud". "Virtud" en el sentido moderno es, por contraste, un concepto de la Ética Autoritaria. Ser virtuoso significa auto negación y obediencia, supresión de la individualidad en lugar de su realización plena.
La Ética Humanista es antropocéntrica. Ciertamente no en el sentido de que el hombre sea el centro del Universo, sino en el de que sus juicios de valor –al igual que todos los demás juicios y aun percepciones- radican en las peculiaridades de su existencia y sólo poseen significado en relación con ella; el hombre es verdaderamente "la mediad de todas las cosas".
La posición humanista es que nada hay que sea superior ni más digno que la existencia humana. Se ha argumentado en contra de esto diciendo que es esencial a la naturaleza del comportamiento ético el estar relacionado con algo que trascienda al hombre, y que, por eso, un sistema que sólo reconoce al hombre y a sus intereses no puede ser verdaderamente moral, que su objeto sería únicamente el individuo aislado y egoísta.
Esta objeción comúnmente esgrimida para desaprobar la facultad –y el derecho- del hombre para postular y juzgar las normas válidas para su vida, se basa en un error, ya que el principio que sostiene que lo bueno es aquello que es bueno para el hombre no implica que la naturaleza del hombre sea tal que el egoísmo o el aislamiento sean bueno para él.
No quiere decir que el fin del hombre pueda cumplirse en un estado de desvinculación con el mundo exterior. En efecto, como lo han sugerido tantos defensores de la Ética Humanista, una de las características de la naturaleza humana es que el hombre encuentra su felicidad y la realización plena de sus facultades únicamente en relación y solidaridad con sus semejantes.
No obstante, amar al prójimo no es un fenómeno que trasciende al hombre, sino que es algo inherente y que irradia de él. El amor no es un poder superior que descienda sobre el hombre, ni tampoco un deber que se le haya impuesto; es su propio poder, por medio del cual se vincula a sí mismo con el mundo y lo convierte en realmente suyo.