martes, 11 de junio de 2013

El listo y el inteligente


¿Es lo mismo ser listo que ser inteligente? Con frecuencia usamos indistintamente expresiones como «qué listo es», o «es muy inteligente», pero hay matizaciones entre uno y otro término. En realidad, desde el punto de vista teórico, o científico, se maneja el término inteligencia (como alta capacidad mental). La palabra «listo» sólo se suele usar coloquialmente.
El inteligente es el que llama la atención por su capacidad mental global o parcial, generalmente con un CI o coeficiente de inteligencia alto. El listo es el que utiliza al máximo su capacidad intelectual, aprovecha sus aptitudes y les saca todo el partido que puede, y es capaz de afrontar y emprender múltiples empresas de las que sale airoso, adaptándose a situaciones nuevas y resolviendo los problemas de forma eficaz. A diferencia del inteligente que tiene un CI importante, el listo puede tenerlo dentro de la normalidad, pero sabe desarrollar y aprovechar al máximo su capacidad intelectual.
El «listo» puede ser resultado de un buen número de estímulos. Las situaciones ambientales obligan a poner en marcha soluciones concretas para resolver conflictos o simplemente contratiempos de forma eficaz. Hay quienes se plantean objetivos claros y concretos, que consiguen alcanzar a base de tenacidad, esfuerzo y trabajo, logrando el éxito aunque no destaquen precisamente por una inteligencia deslumbrante. Esto mismo se puede conseguir a fuerza de estudio, entrenamiento en ciertas tareas y desarrollo cultural.
Hay claramente un condicionamiento cultural a la hora de valorar este tipo de capacidad intelectual. Se dice «el listo es el que se las sabe todas», cuando una persona sale siempre bien de cualquier situación comprometida: se sobrentiende casi que utiliza métodos no del todo aceptables. Al contrario, se oye «es tan bueno que parece bobo», comparándose casi la bondad con la falta de inteligencia.
Otro factor que influye en la inteligencia es la situación afectiva y el equilibrio psicológico. Una persona afectivamente equilibrada y estable puede poner en marcha todos sus recursos intelectuales siempre que resulten necesarios. Pero si existe cualquier tipo de descompensación, en forma de ansiedad, angustia, depresión, el sujeto tiene una merma subjetiva y objetiva de su capacidad intelectual, de forma que es menos eficaz ante cualquier tarea que se proponga. No es que pierda su inteligencia, que permanece exactamente igual, sino que se alteran otras funciones psíquicas directamente relacionadas con ella, como puede ser la atención.
Hay que tener claro que la inteligencia no es únicamente la puntuación que da el coeficiente de inteligencia, sino la capacidad global del sujeto para adaptarse a la vida, lograr sus objetivos con éxito, acoplarse al ambiente y a los que lo rodean y obtener de sí mismo aquello que quiere obtener.

La inteligencia
Ser inteligente es, “sencillamente”, ser consciente y obrar apropiadamente. La inteligencia necesita fundamentarse en todas las herramientas espirituales que un ser humano puede hacer uso, es decir que abarca todos los aspectos de la persona –mente, afectividad, sensibilidad... Esta es la acepción más amplia de inteligencia, aunque este término, se maneja a diario simplemente para determinar la capacidad mental de una persona y se limita al área del pensamiento.
Para Stern es «la capacidad de adaptar el pensamiento a las necesidades del momento presente», Kóhler y Koffka la definen como «la capacidad especial para adquirir conocimientos nuevos». Wechsler, cuya escala de valoración es la más utilizada en la actualidad, dice que inteligencia es «la capacidad conjunta o global del individuo para actuar con una finalidad, para pensar racionalmente y para relacionarse de forma efectiva con el ambiente».
La teoría hereditaria afirma que la inteligencia se transmite de padres a hijos, mientras que la ambientalista apunta que la carga genética tiene poco valor si se compara con todas las circunstancias ambientales que acompañan al desarrollo intelectual, como son la salud, las relaciones familiares, los estímulos recibidos durante la infancia, las circunstancias sociales y la situación general.
A través de los estudios realizados con gemelos homocigóticos (que proceden del mismo huevo embrionario) y dicigóticos (que proceden de distinto huevo embrionario), se ha visto que los primeros tienen niveles de inteligencia mucho más parecidos que los segundos, hecho que apoya la teoría hereditaria; sin embargo, si estos gemelos se separan y crecen en diferentes familias, o sea en distintos ambientes, sus niveles de inteligencia son diferentes, lo que confirma la teoría ambientalista. Lo más coherente es conjugar ambas visiones y aceptar en la inteligencia dos aspectos: el innato y el adquirido.
Lo innato es lo que el individuo lleva consigo, que hereda, como las aptitudes. Luego actúa la adquisición de conocimientos y el entrenamiento, que refuerzan la inteligencia innata. En conclusión, «el inteligente nace y se hace».
La inteligencia no es algo estático, desde el nacimiento se va desarrollando de forma rápida hasta la adolescencia, luego se estabiliza aunque sigue mejorando en algunos aspectos, y a partir del paso adulto-anciano se inicia un deterioro o declive intelectual. Piaget estudió en profundidad el desarrollo intelectual, afirmando que los primeros años de vida son fundamentales para la maduración posterior, tanto de la inteligencia como de la personalidad, y que todos los niños se desarrollan igual, según el medio y los estímulos que cada uno recibe. Describe varias etapas en el desarrollo intelectual: la sensomotora y representativa, la de las operaciones concretas y la de las operaciones abstractas para pasar finalmente al pensamiento racional del adulto.
LOS TESTS DE INTELIGENCIA. Son la forma más objetiva de medir la inteligencia, pero, en realidad, lo que valoran son aptitudes, conocimientos y capacidades del individuo. En un principio, la inteligencia se expresaba en función de la edad mental, unidad introducida por Binet que se obtenía al comparar la edad real del sujeto con lo que sabía hacer. Si la edad cronológica y la edad mental coincidían, el sujeto (o más bien el niño) era normal, si había alguna discordancia surgía la anomalía. Este concepto de edad mental sólo era aplicable a niños y adolescentes. Ahora se emplea el CI o coeficiente de inteligencia que es lo que miden los tests de inteligencia:

Coeficiente de inteligencia = (Edad mental / Edad cronológica) x 100
Hay muchos tests disponibles que se aplican según la edad del sujeto, lo más común es emplear un conjunto de ellos: una batería de tests. El test de Goodenough o test de la figura humana es muy fácil de aplicar, ya que basta un papel, un lápiz y una escala de valoración. El Raven o test de las matrices progresivas es un cuaderno con series de bloques de dibujos; en cada hoja el sujeto tiene que elegir de un bloque la figura que falta en el otro. El test de Wechsler se compone de 11 pruebas, seis verbales y cinco manipulativas, que exploran áreas y aptitudes diferentes con pruebas sobre: información, comprensión, aritmética, semejanzas, memoria de dígitos, vocabulario, claves, figuras incompletas, cubos, historietas y rompecabezas. Del resultado conjunto de todas las pruebas se obtiene el coeficiente de inteligencia con unos valores que oscilan:
Idiocia O- 24
Imbecilidad 25- 49
Debilidad mental 50- 69
Casos límite o «Borderlines» 70- 79
Normal-Mediocre 80- 89
Normal Medio 90-109
Normal Superior 110-119
Superior 120-129
Muy Superior 130-140
Superdotado Superior a 140
La inteligencia que no miden los tests (la capacidad de ganar dinero, etc.)
Es una observación común que muchas de las personas que han levantado una gran fortuna desde la nada no eran precisamente, en el colegio, los primeros de la clase. Algunos jefes de bandas, guerrilleros, actores, músicos, modistas, líderes sindicales, etc., tampoco brillaron en su escolaridad.
Si se les realizan tests de cociente intelectual (IQ), el resultado en ocasiones es alto; pero en otras, mediocre o bajo. Sin embargo, han destacado sobre otras personas por su capacidad excepcional en ciertos terrenos. No es la suya una inteligencia «académica» que permite gran rendimiento en los estudios, pero no cabe duda de que forman parte de una selección de superdotados y disfrutan de «otro tipo de inteligencia», que hasta hoy no medían los tests.
Los tests se han utilizado masivamente para seleccionar candidatos a puestos de empresa, y también por los ejércitos en las dos guerras mundiales. Las empresas emplean todavía los tests para elegir candidatos, y los ejércitos para decidir rápidamente entre la enorme masa de reclutas cuáles están más capacitados para aprovechar el adiestramiento y convertirse en suboficiales u oficiales, y así no perder el tiempo entrenando a soldados menos capacitados intelectualmente que otros. Pero si en un grupo de jóvenes no buscamos un empleado o un sargento, sino un socio para hacer una fortuna, no nos valen los tests convencionales, no miden tal capacidad.
Hasta hace poco no se ha intentado una valoración técnica de estas y otras variantes de aptitudes superiores.
R. Sternberg desarrolló hace poco en la Universidad de Yale un nuevo concepto de la medida de la inteligencia por tests que tenga en cuenta tales aptitudes para el triunfo no académico, como, por ejemplo (si queremos mencionar alguno extravagante), la capacidad de comunicación de los mimos profesionales, y la de sobrevivir de los timadores hábiles. En otra universidad, la de Harvard, Howard Gardner ha trabajado en la detección de los doce tipos de «inteligencia práctica» que no suelen valorarse en colegios y universidades, entre ellos los de manipulación de personas, esencial para los líderes, y la aptitud creativa clave en los escritores y artistas.
La importancia de estos conceptos, que no son nuevos, pero que al fin reciben una vía de aplicación real, no sólo está en el diagnóstico precoz de talentos escondidos, sino también en la reorientación de los pedagogos para que estimulen en las aulas estas aptitudes tan útiles.