sábado, 28 de julio de 2012

VER,OIR Y CALLAR


Una vieja frase nos dice “El que calla, otorga”. Si bien el silencio no siempre es sinónimo de consentimiento, normalmente, la persona que calla está manifestando que no quiere dar su opinión respecto de un tema.
Cuando somos testigos de una injusticia o un agravio, nuestro silencio no significa -necesariamente- que estamos de acuerdo con esa injusticia o ese agravio. Callar puede significar otras cosas, incluso mucho más profundas de lo que podemos comprender.
Por ejemplo, cuando guardamos silencio ante un agravio, significa -principalmente- que no queremos adoptar una posición. Que queremos permanecer en terriotorio neutro. Que no queremos expresar nuestra opinión al respecto. Incluso si no estamos de acuerdo con una conducta inadecuada, nuestro silencio está expresando que no deseamos manifestar, abierta o sinceramente, nuestro desacuerdo con dicha conducta.
Las personas emocionalmente débiles o más vulnerables suelen autoengañarse por lo que refiere al uso de sus silencios. Callar es un arte. Pero una cosa es callar por educación o porque una situación no amerita una respuesta u opinión, y otra muy distinta es callar por la falta de capacidad que tiene una persona de poner un límite dónde debería ponerlo.
Las personas emocionalmente vulnerables suelen engañarse a sí mismas y creen que callan porque un tema, verdaderamente espinoso, no les afecta (cuando, en realidad, sí les afecta), en lugar de ver dentro de sí que el verdadero problema radica en que no pueden poner límites saludables a personas que atacan emocionalmente a otras.
Si bien no todo el calla otorga, tampoco es correcto decir que todo el que calla, guarda silencio por educación o porque un problema no le afecte. A veces, las personas encuentran muy difícil poner un límite, o expresar lo que realmente piensan, por temor a ser vistos como villanos o enemigos.
La verdad es que a nadie le gusta ocupar el rol de villano, por lo que es natural caer en el autoengaño de decir: “No hago ningún comentario al respecto, ni positivo ni negativo (no expreso mi opinión, ni adopto una posición) porque este tema no me afecta o (lo que es más grave aún) este tema no es tan importante”.
Paradójicamente, ver, oír y callar un problema, es una manifestación -en sí misma- de lo que pensamos al respecto. Cuando somos testigos de un problema y preferimos callar, estamos enviando un mensaje claro de que no queremos involucrarnos y no queremos dar nuestra opinión, ya sea una opinión positiva o negativa. Estamos enviando también, el mensaje de que no vamos a adoptar una posición al respecto, no vamos a actuar, no vamos a poner un límite, no vamos a tomar partido ni defender a ninguna de las partes.
Cuando caemos bajo el autoengaño del pensamiento diplomático y evitamos poner un límite claro, expresando nuestra opinión abiertamente, estamos permitiendo que una conducta inadecuada se perpetúe en el tiempo. Le estamos dando luz verde a una persona para que repita un ataque emocional contra otras personas, tantas veces como lo desee, ya que nuestro silencio acarrea una aprobación implícita.
No le estamos diciendo a esa persona: “Está bien que hagas eso” o “Estoy de acuerdo o apruebo lo que haces”, de un modo directo, pero tampoco le estamos diciendo lo contrario. Tampoco le estamos diciendo que no estamos de acuerdo con lo que hizo o que no aprobamos su conducta.
Al no encontrar ningún límite ni impedimento, la persona que acostumbra agraviar o atacar emocionalmente a otras, continuará haciéndolo porque no hay nadie que le ponga límite (de hecho los que callan no ponen límites de ningún tipo), como tampoco hay evidencia alguna de que su conducta es inadecuada (en este caso, los que callan, sí otorgan su consentimiento o aprobación, aunque no lo vean así).