sábado, 13 de abril de 2013

En busca del optimista inteligente


Los optimistas siguen luchando cuando muchos pesimistas han tirado la toalla.
¿Quizás porque los optimistas no están capacitados para analizar los problemas en toda su complejidad? ¿Será que se han vuelto locos? ¿Están drogados, lobotomizados? ¿Han nacido así o los ha educado una seta?
Hay quien mira con recelo al optimista que luce una sonrisa y piensa: “No sonreirías tanto si estuvieras en mis zapatos.” Pero la inquina que se le tiene al optimista va más lejos. Ese aspecto relajado y alegre llega a molestar, a ofender incluso.
Seguramente, porque el optimista provoca desconfianza. A simple vista, no se le ve tan responsable como a una persona que se muerde las uñas cuando siente cerca la presión. Y, desde luego, suscita mucha envidia. Supongo que de ahí vendrá lo de que “el pesimista es un optimista bien informado“.
¿El pesimista está mejor informado o, simplemente, es más listo?
¿Cómo saberlo? Si algún pesimista se consuela respondiendo que sí a lo anterior, que disfrute de su dicha. Mejor para él…
Claro que habrá optimistas con pocas luces, por supuesto. Lo mismo que habrá pesimistas que cada día se olviden de cómo se anudan los cordones de las zapatillas.
Simplemente, los optimistas piensan de un modo distinto, sepan lo que sepan, estando o no bendecidos por el genio o el ingenio: La gran diferencia estriba en la voluntad de salir adelante.
Es esa voluntad “la culpable” de que los optimistas…
  • luchen por sus objetivos
  • tengan fe
  • se animen a sí mismos
  • olviden la plena perfección
  • arriesguen
  • ganen
  • encajen la derrota
  • sigan luchando después de un fracaso
  • permanezcan centrados en lo que quieren
  • puedan ver una ventaja en lo negativo
  • busquen soluciones
  • sigan creyendo en sí mismos
  • continúen trabajando
  • disfruten de buenos momentos cada día 
Y, por supuesto, también es la culpable de que sonrían con bastante frecuencia, aunque se encuentren con alguien que bufe de indignación al ver sus caras alegres… Total, eso es inevitable.
Progresar: Avanzar, realizar mejoras o adelantos.
¿Y qué tiene que ver esto con la motivación? Muchísimo.
Tanto en el trabajo como en esos objetivos a largo plazo, la sensación de progreso es uno de los elementos que más influyen en la motivación.
Esto tiene su lógica, ¿verdad? Si, después de una larga sucesión de días de esfuerzo, no se observan resultados apreciables, la motivación se desinfla irremediablemente.
La sensación de estar avanzando puede tener incluso más peso que la de estar realizando un buen trabajo, por ejemplo.
Pero, un momento. Lo anterior no es que se cumpla en todos los casos, sino en los de un estudio que publicó la Harvard Business Review, llegando a esa conclusión.
Personalmente, estoy de acuerdo con esa idea, porque la he experimentado en primera persona.
Ahora bien, ¿cómo sacarle partido?
Para mí, la mejor herramienta para saber si estoy haciendo progresos en un objetivo a largo plazo es el registro.
Cuesta muy poco anotar unos cuantos datos sobre lo que se hace si, cuando pasan unos días o unos meses, tienes una información que, no sólo sirve para motivarse, sino para hacer ajustes, tomar decisiones, etc.
Digo lo del registro porque ofrece una información objetiva. Ya no es sólo la sensación de estar progresando, sino la certeza de que el esfuerzo está sirviendo de algo.
Es cierto que a veces he mirado un registro y me ha desilusionado, porque yo esperaba progresar más deprisa. Sí, había avance, pero muy pequeño como para motivarme.
Otras veces lo he consultado más veces de la cuenta. Gran error, porque en un objetivo a largo plazo, los progresos suelen ser lentos.
Pero, bien utilizado, el registro personal es un instrumento estupendo para monitorizar ese progreso que, más lento o más rápido, realizamos en nuestros objetivos más “grandes”.