martes, 9 de abril de 2013

Dependencia e independencia afectivas

En las relaciones humanas, el afecto es un factor esencial, ya que constituye el tono vital o la actitud general, bien de atracción o de repulsa, que mostramos hacia el prójimo.


Cuando el afecto que sentimos hacía otra persona está asociado con el agrado y el placer, hablamos de cariño, sentimiento que, en su grado superior, constituiría el amor.
El vínculo del cariño incita a adoptar una determinada conducta de acercamiento hacía la persona querida. Aparece una cierta necesidad de aproximación a través del seguimiento, llamada, búsqueda y apego. Tal necesidad se ve satisfecha cuando se está en compañía del ser querido y se disfruta de una comunicación recíproca.
Paralelamente aparece una conducta de mantenimiento, constituida sobre todo por actos de ternura y consideración que hacen perdurar el lazo afectivo.
En condiciones normales aprendemos a ser afectuosos desde la infancia, a través del cariño que recibimos de los padres, complementado con el de hermanos y demás familiares, así como del ejemplo que observamos entre los adultos. Cuando el ambiente familiar es favorable, la personalidad se desarrolla con una positiva actitud de cariño, afecto y confianza.
Para que una persona pueda establecer un vínculo afectivo auténtico con alguien, es necesario que posea una capacidad para la autoestima, para el cariño hacía sí mismo. Cuando tiene su medida justa se dice que posee el narcisismo normal. Los niños fomentan su autoestima cuando reciben cariño de sus protectores y hacen de ello una necesidad esencial. Las recompensas afectuosas y las amenazas con retirárselo ejercen una gran influencia en la educación infantil.
Con la madurez, la persona deriva gradualmente sus afectos y autoestima hacia otras posibilidades sustitutivas. Llega, así, a la independencia afectiva, pues sabe dosificar sus necesidades de ser querido y sus ansias de querer en la cantidad adecuada y precisa, acorde a las circunstancias. Sabe tolerar las frustraciones y renunciar a la gratificación cuando es necesario, sin desestabilizar su ánimo por ello.
Por el contrario, la persona afectivamente inmadura precisa en todo momento querer y ser querida. Es más frecuente lo segundo, ya que el inmaduro es débil, inseguro y deseoso de protección. Lo que es una necesidad natural puede transformarse en necesidad imperiosa y vital.
Aparece, entonces, la dependencia afectiva. Cuando una persona desarrolla su afectividad en el terreno de la dependencia, pierde su libertad. Es incapaz de disfrutar de su vida afectiva pues mantiene una angustia latente, y a veces manifiesta, por el miedo a perder el afecto de los demás. Puede llegar a ser ambiciosa y egoísta en el terreno del amor y el cariño, entorpeciendo de esta manera las relaciones interpersonales normales.
No es raro encontrar matrimonios y parejas de novios cuya relación amorosa se halla profundamente deteriorada por una dependencia afectiva poco sana. Lo que sería un intercambio libre de afecto, se transforma en ellos en una necesidad obsesiva, en una constante exigencia de cariño y atención que llega a «asfixiar» al compañero. Con frecuencia, en este tipo de relación, aparecen los celos como fruto de una inseguridad en sí mismo y falta de confianza en el otro.
El auténtico cariño debe estar libre de exigencias impositivas y fundamentado en el respeto al ser amado. Un afecto conseguido de manera forzada y carente de espontaneidad, ineludiblemente, tenderá a agotarse y correrá el peligro de transformarse en rechazo, al ser obligatorio.
 


Motivaciones, intereses y resonancia afectiva
La motivación es aquel factor o grupo de factores que mueven a la persona hacia la acción.
El comportamiento humano puede verse, pues, condicionado, motivado para actuar con arreglo a sus necesidades. Estas pueden dividirse básicamente en dos categorías principales: las que provocan movimientos de atracción o acercamiento, estando asociadas con el placer; y las que inducen al alejamiento o repulsión, estando asociadas con el dolor.
Las motivaciones que mueven al individuo pueden ser innumerables, aunque, generalizando, podemos clasificarlas en:
— Motivaciones primarias. Son las más fundamentales, y las que tienen que ver con un fondo biológico. También son las más primitivas, pues, al fin y al cabo, siguen un patrón instintivo de supervivencia. Entre ellas destacan: el hambre, la sed, la atracción sexual, el sueño (necesidad de dormir), la agresividad, el rechazo del dolor. Naturalmente, hay varías más; en definitiva basta con aplicar al ser humano el patrón de conducta de los animales para enumerarlas.
— Motivaciones secundarias. Son aquellas más racionales, y las que atañen al ser humano en cuanto a ser emocional y social. Digamos que no tratan de cubrir necesidades biológicamente tan vitales como las primarias, pero que para el ser humano, a diferencia de los animales, pueden tener suma importancia. Entre otras muchas destacan: la necesidad de seguridad, de afecto, de autoestima, de sabiduría y de gozo. Su importancia radica en que de ellas depende el ejercicio de la vida civilizada, al tiempo que modulan en cierto modo la consecución de las primarías.
Algunas teorías afirman que las motivaciones secundarias no actúan mientras no estén cubiertas las primarias. En cierto modo es así: una persona hambrienta buscará antes alimento que un libro donde satisfacer su ansia de saber. Aunque, naturalmente, en el comportamiento humano siempre hay excepciones. Y lo real es que tanto unas motivaciones como otras pueden ir entrelazadas, necesitando satisfacerse al mismo tiempo.
En muchas ocasiones es difícil, por no decir imposible, marcar una separación entre motivaciones secundarias e intereses.
Cuando hablamos de interés nos referimos a un grado de motivación secundaria a la que añadimos un matiz gratificador que supera la simple necesidad de satisfacerla.
Normalmente, cuando se satisface una necesidad, se percibe con ello un cierto grado de placer que determina la satisfacción. En cambio, en el interés, tal vez no exista esa sensación de saciedad plena y el individuo sigue motivado para conseguir más de aquello que le interesa.
Un interés bien encauzado puede ser productivo y enriquecedor de la persona, sobre todo si tiene lugar en el ámbito de lo abstracto y creativo, como el arte, el estudio y las sanas aficiones. Cuando llevan otros derroteros materiales, o no tan sanos, desembocan en la ambición, entendida aquí como interés exagerado.
Sobre el mecanismo de acción de las motivaciones se han hecho múltiples estudios. En general, se piensa que cuando el individuo tiene una carencia o una necesidad se produce un desequilibrio dentro de su organismo. Según las leyes de la biología, toda perturbación interior tiende a autoequilibrarse; de ahí que surja la motivación en forma de inquietud motora que incita a la búsqueda de lo que se carece. Esto explicaría con claridad las motivaciones primarias; por ejemplo: la disminución o desgaste del líquido corporal despierta el instinto de la sed, que nos incita a buscar agua.
Pero este mecanismo no es tan sencillo cuando analizamos las motivaciones secundarias o los intereses. El principio es el mismo: tiene lugar un desequilibrio que hay que corregir; pero ahora es psíquico y se manifiesta en forma de ansiedad. Cuando, mediante la búsqueda o la casualidad, nos topamos con la solución o posible satisfacción del ansia, tiene lugar lo que llamamos resonancia afectiva, que no es más que la puesta en marcha de nuestros mecanismos volitivos, es decir, del deseo. Naturalmente, este proceso es muy personal, por lo que a veces no comprendemos ciertos deseos ajenos.
Cuando la resonancia afectiva consigue sus fines se calma la ansiedad y sobreviene un cierto placer. Pero cuando no lo logra aparece la frustración.