martes, 17 de septiembre de 2013

La vida exterior reflejo de la interior.


Se descubren muchas cosas curiosas, interesantes y sorprendentes cuan­do se realiza un trabajo interior, cosas que son sumamente efectivas cuando se entienden. Una de ellas es que la confusión y multiplicidad de nuestras circunstancias en el mundo, de las cosas que nos ocurren, de las situaciones que vivimos, no son otra cosa que la confusión y contradicción que hay en nuestro propio interior.
Todo lo que hay en nuestro interior tiende a materializarse en nuestro exterior. Y no se puede materializar de un modo distinto a como esté dispuesto en nuestro interior. Porque nuestro interior y nuestro exterior no son dos cosas distintas sino dos ver­tientes de la misma cosa. La vertiente interior, o subjetiva, y la vertiente exterior, u objetiva, son la cara y la cruz de la misma cosa.
Durante muchos años nos hemos habituado a que nuestro interior sea simplemente el reflejo de nuestra situación exterior. Si las circunstancias me han sido favora­bles, nos sentimos bien; si las circunstancias no nos han sido propicias, nos sentimos mal. Esto ha creado en nuestro interior, además de unos estados de confusión y duda constan­tes, una semilla de contradicción; y nuestra vida tiende a perpetuar esta contradicción.
Pero llega un momento en que uno se da cuenta de que no puede pasarse todo el tiem­po echando la culpa a las circunstancias, o confiando en las circunstancias. Llega un momento en que uno descubre que, de hecho, el problema que uno vive, la insatisfacción, las dificultades, lo vive por culpa de algo que hay dentro, por un modo de ser de uno, pues otras personas en similares circunstancias, y quizás en peores, consiguen vivirlo de un modo distinto y mejor.
Mientras nos pasemos la vida atribuyendo la culpa de nuestros problemas a las demás personas, o a las cosas exteriores, no hay para nosotros la menor esperan­za; es decir, sólo queda la esperanza de que un día descu­bramos que las cosas no son así. El echar la culpa al exterior puede ser una gran satisfacción para el amor propio: uno queda libre de responsabilidad, uno es la víctima, el héroe, etc. Pero esto no arregla, ni ha arreglado nunca, nada. Cuando uno se da cuenta de que el problema -aunque his­tóricamente está relacionado con circunstancias exteriores- es debido a un modo de ser que ha quedado en uno y que tiende a i perpetuar, entonces es cuando se hace posible que uno, cam­biando este modo interno de sentir, cambiando su actitud interior, pueda cambiar estas circunstancias exteriores.
Cuando las utopías socialistas han propuesto que se llevara a cabo un reparto equitativo de las riquezas, fácilmente se ha previsto que, aunque a todo el mundo se le diera la misma cantidad de dinero, y esto de momento pareciera solucionar los pro­blemas de muchas personas, al cabo de muy poco tiempo la situación volvería a ser la misma de antes; porque las personas, aunque recibieran dinero, no habrían cambiado su modo de ser y de hacer, y esto las conduciría a plasmar en el exterior el modo deficiente o contradictorio que tienen en su interior.
Pensemos que esto no se refiere sólo al uso del dinero, sino a las personas que nos rodean, a nuestras circunstancias económicas, a la situación profesional, a todo. En nuestra pequeña y limitada mente, nosotros hacemos unas distinciones muy claras entre lo que es el dinero, la familia, la vida íntima, nuestras creencias e ideales, etc. En realidad, todo está unido, todo son campos universales de energía, todo es un torbellino dentro de este océano de conciencia, y, según sea ese foco de conciencia en ese mar de conciencia, así serán las cosas que se mueven a su alrededor.
La persona que interiormente tiene miedo, tiene angustia, de un modo inevi­table estará atrayendo situaciones de miedo, situaciones angustiosas, y, mientras no cambie, se pasará la vida repi­tiendo esas situaciones, sean cuales sean las circunstancias o el medio ambiente en que se encuentre. La persona que, dentro de ese miedo, tiene resentimiento, tiene hostilidad, por la razón que sea, estará provocando y atrayendo inevi­tablemente circunstancias agresivas contra ella, que tende­rán a justificar una vez más su hostilidad y su resentimien­to, las cuales, a su vez, provocarán nuevas situaciones de dificultad, de injusticia, de maldad, y de este modo se irá reforzando su círculo. Y el círculo nunca se rompe en lo exterior, porque es la persona, desde su foco de concien­cia, quien lo está creando y manteniendo.
En la medida en que nosotros seamos capaces de cambiar el contenido de nuestro foco, de nuestra conciencia interior, en esta misma medida cambiará lo que nos rodea. Y esto ocurre de un modo ine­vitable. Esto es muy interesante, ya que, si se puede intuir que realmente es así, entonces uno se da cuenta que tiene en sus propias manos la responsabilidad de su vida, que depende de uno el elegir que su mundo gire de un modo o de otro, sea de un color o de otro.
Y el mundo alrededor de uno girará de un modo o de otro, según sea el mundo in­terior real, no el supuesto, no el teórico. Si uno interiormen­te se obliga a vivir una conciencia de fuerza, de amor, de comprensión, no un poco de amor o de comprensión o de fuerza, sino a vivir profundamente esto hasta la raíz, si hacemos de esto nuestra consigna, si nos obligamos a instalarnos en esto, veremos como, al cabo de muy poco tiempo, de muy pocas sema­nas, o días, nuestras circunstancias exteriores cambian. La gen­te a nuestro alrededor cambia; tal vez no lo haga ella, en sí, sino sólo en relación con uno. Y los que no puedan cambiar en relación con uno mismo, cambiarán... de sitio; es decir, dejaremos de estar en contacto con esas personas.
Es imposible que la persona viva en el exterior algo distinto de lo que vive en el interior. Y, por esto, aprender a tomar la dirección, apren­der a afirmar la realidad por uno mismo, es aprender a to­mar una parte activa dentro de este juego exterior de la vida, de la manifestación.
Claro que esto no tiene ninguna importancia si lo que uno está buscando es la propia Realidad más allá de toda forma, más allá de toda idea. Pero esto es algo que cada uno ha de decidir: es decir, si realmente a uno le es del todo indiferente vivir de una manera o de otra en su mundo, en su existencia. Si a uno realmente le da igual, entonces no tiene por qué modificar nada y puede tratar de abrirse a ese Centro último que está más allá de lo bueno, de lo malo, de lo agradable, de lo desagradable.
Pero mientras la persona esté dando valor a su modo de vivir, mientras la persona esté luchando por solucionar dificultades, por mejorar circuns­tancias, entonces la persona no se ha de engañar diciendo que busca otra cosa. Aquello que nos hace sufrir, o aque­llo que nos hace reír, aquello es lo que tiene valor real para nosotros. No lo que un sector de nuestra mente diga, sino lo que en nuestra vida diaria tenga peso.
Cuando la persona comienza a ser consciente es natu­ral que esta gran ley de que lo interior es la causa de lo exterior se pueda aplicar a todos los estados de la vida inte­rior; no sólo a las circunstancias familiares, económicas, profesionales, etc., sino también a los estados de vida interior. Si, por ejemplo, estamos haciendo oración -en el su­puesto de que siga la línea religiosa- pidiéndole a Dios una serie de cambios en nuestra vida, o en la vida de los que nos ro­dean, pero en nuestro interior hay miedo, lo que se perpetua­rá en el exterior será el miedo, porque la ley de materializa­ción es una ley que obedece a la profundidad y continuidad del estado subjetivo, no a la intensidad emocional de la ora­ción, sino a la profundidad, a la sinceridad de lo que pro­fundamente se siente, se desea, se espera, se aspira. Por eso, el problema de la persona en la vida de oración consis­te en llegar a querer, a amar, a Dios de tal manera que se elimine su miedo, su duda. Porque, mientras la persona esté haciendo oración manteniendo subconscientemente el temor de que su demanda, como tantas otras veces, no será contestada, ese temor que está detrás de lo que uno dice es lo que da vigencia al fracaso.