jueves, 11 de julio de 2013

La inteligencia.


Hemos hecho el elogio de la fuerza de la voluntad y hemos insistido en la idea de que el hombre puede trazarse a sí mismo una dirección y laborar conscientemente sobre su propia felicidad. Para ello basta querer. Pero ¿qué es lo que debe querer y cómo debe querer? ¿Cural es el camino que debe elegir? A esta pregunta esencial responde el Conocimiento, la Inteligencia, fruto sublime y eterno del árbol de la humanidad, madurado a la bienhechora luz de la razón. Extraviada entre sus ensueños, la imaginación corre desbocada locamente, y si la razón no acude presurosa a socorrerla, la voluntad se abisma en un fondo vacío y sin límites.
La tarea más elevada, sin duda, de la higiene mental, es explicar el poder, la educación sobre las fuerzas obscuras de la naturaleza física, y mostrar la saludable influencia que en la salud del individuo y de las multitudes ejerce la cultura intelectual.
Para el filósofo que se ocupa en investigar la ciencia íntima del hombre, seguramente no hallará otro fenómeno tan notable como el poder que tiene la idea abstracta de obrar sobre el organismo físico por medio de lo que puede llamarse “sentimiento intelectual”. Es una prerrogativa distintiva del hombre el que en él las ideas puedan hacer nacer sentimientos, y el que, por medio de estos sentimientos intelectuales, el espíritu influye sobre el cuerpo, así como el cuerpo influye sobre el espíritu por medio de los sentimientos materiales propiamente dichos. Los seres inferiores al hombre no piensan lo que sienten; las inteligencias puras piensan y no sienten. Sólo en el hombre existe entre el cuerpo y el alma una conexión que se expresa por medio del sentimiento intelectual. El que una vez ha dado a su espíritu esta saludable dirección, siente la influencia de la idea en todo su ser.
Quien en sus investigaciones psicológicas se haya acostumbrado a considerar el hombre como un ser indivisible, comprenderá fácilmente nuestro modo de ver. Pero no así el que mire el espíritu y el cuerpo como dos fuerzas antagónicas, ni el que admita la opinión, bastante generalizada, de que todo goce de la naturaleza física es un atentado a la naturaleza superior, y de que no se puede cultivar el espíritu sin detrimento del cuerpo. Verdaderamente es ésta una opinión bien triste y desconsoladora, que no deja a los pobres mortales más que la angustiosa opción entre dos sacrificios inevitables. Al parecer, esa opinión, la justifica el ver tantos sabios desmedrados y tantos ignorantes rollizos, tantos hombres del campo sanos y robustos, y tantos hombres de ciudad débiles y enfermizos.
Es preciso, por lo tanto, poner en claro lo que se entiende por cultura intelectual. Tal sabio, tal erudito, ha dedicado quizá la mitad o más de su vida al estudio de la geometría, pero, entregado por entero a esta ciencia, ha olvidado la ciencia del vivir; tal otro se ha abismado en las profundidades de la historia, y no se ha preocupado del mundo actual o de su historia propia. Ambos han obrado imperfectamente. La sana cultura del espíritu es el desarrollo armónico de nuestras fuerzas, y esta cultura es la única que puede hacernos buenos, felices y sanos. Ella nos enseña cómo debe obrar cada cual según sus aptitudes; ella nos enseña a conocer nuestras fuerzas y debilidades, ejercitándolas o corrigiéndolas, y ella, fatalmente, nos hace subordinar, sin destruirlas, la imaginación de la infancia y la voluntad de la juventud a la inteligencia y el discernimiento de la edad madura. Esta es, pues, en higiene mental, la parte que directamente habla con la sólida madurez en la edad viril.
La voluntad y el sentimiento, y, por consiguiente, la alegría y la tristeza, dependen del punto de vista desde el cual contemplamos el mundo y nos contemplamos a nosotros mismos. Este punto de vista se determina por la cultura de nuestro espíritu. Cada cual encuentra en sí mismo o consuelo o desaliento; cada cual lleva consigo o el paraíso o el infierno. Si nuestra mente está límpida, límpido se nos aperecerá cuanto nos rodea. Nuestras ideas influyen soberanamente sobre nuestro humor, e igualmente obran sobre nuestro bienestar.
Una convicción fuerte y razonada por el discernimiento se convierte en el individuo que la posee, como una parte integrante de su persona. Para el hombre fatigado es un apoyo; un sedante para el que sufre, y un escudo para el que se encuentra satisfecho. Representaos al mundo en su conjunto y en su encadenamiento, y os tranquilizaréis; no perdáis de vista el objetivo final, y los males pasajeros os parecerán más leves y soportables. No solicitéis los aplausos de los hombres, y os será fácil prescindir de ellos.
El egoísta es más sensible que nadie a los ataques de la adversidad, porque permanece encerrado en un círculo estrechísimo, su egoísmo es su propio verdugo. Es necesario, pues, ensanchar el círculo de nuestros sentimientos y de nuestras ideas, entrever horizontes más dilatados. Es preciso comprender que la vida no es un regalo de los dioses, sino más bien una misión que hemos de desempeñar, y que si nos confiere derechos, también nos impone deberes.
Puesto que la causa principal de un estado enfermizo es la atención exagerada que se presta a todo lo concerniente al cuerpo, resulta que el mejor remedio que se puede oponer a ese mal consiste en las altas concepciones del espíritu, que le apartan de las preocupaciones materiales. Da lástima ver a esos hombres que se ocupan de una manera minuciosa e incesante de su existencia física, sin darse cuenta de que la minan lentamente con su continua inquietud. Esas gentes se mueren por demasiadas ganas de vivir. Y ¿por qué? Pues porque les falta la cultura del espíritu, que es la única capaz de hacer que el hombre domine esa debilidad, dando libre carrera a la mejor parte de su ser, y confiándole un poder real sobre la materia.
No hablemos ya de los memorables ejemplos que nos suministra el estoicismo, pues en ellos vemos más bien el efecto de la voluntad del individuo que de la doctrina. Y ¿quién ha colmado la medida de la existencia otorgada al hombre sobre la tierra, sino los espíritus elevados, consagrados con ardor a las ideas más sublimes, desde Pitágoras hasta Goethe? Contemplar serenamente el conjunto de las cosas es una condición necesaria de la salud, y sólo la inteligencia de la mano del discernimiento puede dar al hombre esta serenidad indispensable. El gran pensador que más profundamente ha penetrado en el fondo del alma, y que por su contemplación serena ha sabido prolongar su vida, ha dicho lo siguiente: “La serenidad no puede pecar por exceso, porque siempre está del lado del bien; la tristeza, al contrario, puede pecar por exceso, porque está del lado del mal.”
La felicidad no es más que una idea y, por lo mismo, no puede residir sino en el espíritu. Y creed que esto no es un sencillo juego de palabras, sino una verdad (de las muchas que hay y debemos encontrar en el camino) profundamente meditada. Y lo confirman todos los que han podido comparar el sentimiento de un bienestar puramente material con los goces inefables del discernimiento.
El resultado más importante de una acertada cultura intelectual es el CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO. Tal es el sentido de la célebre inscripción del templo de Delfos. Todo ser humano posee una suma determinada de fuerzas que se mueven en un círculo trazado de antemano, en un estadio entrevidas físicas. La salud, la tranquilidad y el bienestar consisten en el justo equilibrio de esas fuerzas.
El egoísmo es un agente destructor del equilibrio de esas fuerzas bienhechoras. El egoísta podrá, por su inteligencia o su audacia, realizar con éxito sus especulaciones mercantiles, amasar una fortuna, pero no conseguirá esa paz interior, esa satisfacción saludable y ese placer que sólo pueden proporcionar una conciencia límpida y una mente iluminada por la luz de una idealidad elevada y generosa.
Siempre estamos a tiempo de abrir el espíritu a las ideas nobles y generosas, de quitarnos las vendas que cubren nuestros ojos, de rasgar el velo que amortaja nuestro corazón; en una palabra, de iluminar el espíritu.