miércoles, 10 de julio de 2013

DE LAS RELACIONES ADICTIVAS A LAS RELACIONES ILUMINADAS

¿Podemos convertir una reacción adictiva en una relación iluminada?
Sí. Estando presente e intensificando progresivamente tu presencia mediante la atención al ahora. Tanto si vives solo como si vives en pareja, ésta es la clave. Si quieres que florezca el amor, la luz de tu presencia debe ser lo suficientemente intensa como para no verte arrollado por el pensador o por el cuerpo-dolor, -vease el espacio que hablo sobre el cuerpo-dolor- confundiéndolos con quien eres. Conocerse como el Ser que está detrás del pensador, la quietud que está detrás del ruido mental, el amor y la alegría por detrás del dolor, eso es libertad, salvación, iluminación. Desidentificarse del cuerpo-dolor es llevar la presencia al dolor y así transmutarlo. Desidentificarse del pensamiento es poder ser el observador silencioso de tus pensamientos y de tu conducta, especialmente de los patrones repetitivos de tu mente y de los roles que representa tu ego.
Si dejas de ensuciar la relación con el ego, de investirla de «yoidad», la mente pierde su cualidad compulsiva. Esta cualidad de la mente, en la que se comporta de forma inconsciente y compulsiva, está formada básicamente por la constante tendencia a juzgar y a resistirse a lo que es, creando así conflicto, drama y más dolor. De hecho, en el momento en que dejas de juzgar y aceptas lo que es, eres libre de la mente. Has creado espacio para el amor, para la alegría, para la paz. Primero dejas de juzgarte a ti mismo; después dejas de juzgar a tu pareja. El mayor catalizador del cambio en las relaciones es la aceptación total de tu pareja tal como es, dejando completamente de juzgarla y de intentar cambiarla. Eso te lleva inmediatamente más allá del ego. A partir de entonces todos los juegos mentales y el apego adictivo se acaban. Ya no hay víctimas ni verdugos, ni acusadores ni acusados. La aceptación total también supone el final de la codependencia; ya no te dejas arrastrar por el patrón inconsciente de otra persona, y de este modo se termina continuidad de un ser y un obrar inconscientes. Entonces, o bien os separáis —con amor—, o bien entráis juntos más profundamente en el ahora, en el Ser. ¿Es así de simple? Sí, es así de simple.

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El amor es un estado de Ser. Tu amor no está fuera; está en lo profundo de ti. Nunca puedes perderlo, no puede dejarte. No depende de otro cuerpo, de otra forma externa. En la quietud de tu presencia puedes sentir tu propia realidad informe e intemporal: es la vida no manifestada que anima tu forma física. Entonces puedes sentir la misma vida en lo profundo de los demás seres humanos y de las demás criaturas. Miras más allá del velo de la forma y la separación. Esto es alcanzar la unidad. Esto es amor.
¿Qué es Dios? La eterna Vida Una que subyace a todas las formas de vida. ¿Qué es el amor? Sentir la presencia de esa Vida Una en lo profundo de ti y dentro de todas las criaturas. Ser esa Vida Una. Por lo tanto, todo amor es el amor de Dios.

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El amor no es selectivo, del mismo modo que la luz del Sol no es selectiva. No hace a una persona especial. No es exclusivo. La exclusividad no tiene que ver con el amor de Dios, sino con el «amor» del ego. No obstante, la intensidad con la que se siente el verdadero amor puede variar. Puede haber una persona que te refleje el amor más claramente y con más intensidad que las demás, y si esa persona siente lo mismo hacia ti, se puede decir que estás en una relación de amor con él o con ella. El vínculo que te conecta con esa persona es el mismo vínculo que te une con la persona que se sienta a tu lado en el autobús, o con un pájaro, con un árbol o una flor. Lo único que varía es su grado de intensidad.
Aun en una relación adictiva, puede haber momentos en los que brille algo más real, algo más allá de las mutuas necesidades adictivas. Son momentos en los que tanto tu mente como la de tu pareja desaparecen brevemente y el cuerpo-dolor se queda temporalmente adormecido. A veces esto ocurre durante los momentos de intimidad física, o cuando ambos estáis contemplando el milagro del nacimiento de un niño, o en presencia de la muerte, o cuando uno de vosotros esté gravemente enfermo..., cualquier ocasión en que se ponga de manifiesto la impotencia de la mente. Cuando sucede esto, tu ser, que generalmente está enterrado debajo de la mente, se revela, y eso hace posible la verdadera comunicación.
La verdadera comunicación es comunión: la realización de la unidad, que es amor. En general, este estado vuelve a perderse rápidamente a menos que puedas estar lo suficientemente presente como para dejar de lado la mente y sus viejos patrones. En cuanto regresa la mente y tu identificación con ella, dejas de ser tú mismo y pasas a ser una imagen de ti mismo, vuelves a jugar los juegos y a representar los papeles que satisfacen las necesidades de tu ego. Vuelves a ser una mente humana pretendiendo ser un ser humano, interactuando con otra mente y representando un drama llamado «amor».
Aunque es posible tener breves atisbos, el amor no puede florecer a menos que estés permanentemente liberado de la identificación mental y tu presencia sea lo bastante intensa como para haber disuelto el cuerpo-dolor, o hasta que puedas, al menos, mantenerte presente como observador. De ese modo, el cuerpo-dolor no podrá arrebatarte el control y destruir el amor.