miércoles, 26 de junio de 2013

La miopía de la comunicación.


Antes de opinar o decir cualquier cosa, debo llamar la atención sobre un hecho: Todo es falso. Incluido este mensaje. El lenguaje humano es imperfecto e impreciso, luego cualquier idea expresada mediante él es, por fuerza, errónea.
Este es un concepto que no resulta novedoso en absoluto. Todos nos hemos visto en situaciones en que "no sé cómo explicarlo" "Es como si...". En ocasiones lo atribuimos a deficiencias propias en el manejo de la herramienta que es el lenguaje. En los pocos momentos que nos percatamos de la propia deficiencia del mismo, lo vemos como algo anecdótico: la dificultad de una traducción o la inducción a error de una polisimia. Descartamos la importancia que tiene esa deficiencia.
Y su importancia es sustancial, dado que el lenguaje es el eje central de la Humanidad.
Para verlo con claridad, es necesario analizar la importancia del lenguaje en nuestra vida cotidiana: Está claro: para comunicarnos con los demás. Pero también para que los demás se comuniquen con nosotros. Y no es necesario contactar con nadie. Cuando ves la televisión, escuchas la radio o un disco, cuando lees, estás haciendo uso del lenguaje.
Pero además, el pensamiento consciente se elabora mediante lenguaje. Y aquí es donde comienza la sucesión de errores, puesto que hemos de adaptar un ente ilimitado y libre, como es el pensamiento, a una herramienta finita y reglada.
El primer ejemplo se ve en la expresión de los sentimientos. Todos sabemos lo difícil que es expresarlos. Es un hecho antiguo y el arte surge precisamente como intento de vencer esa dificultad. Rimas, ritmos, acordes, sonidos, colores, formas... buscan provocar una sensación para el que las palabras no son suficientes.
Otro caso clásico es el de la descripción de la realidad. Sabemos que una imagen vale más que mil palabras. Al igual que imagen, podríamos decir un sonido o cualquier otra sensación captable con nuestros sentidos.
Otro problema añadido es la inclusión de los demás elementos de comunicación: Transmitente, transmisor y receptor.
La importancia del receptor en la comunicación, es enorme. Todos alteramos nuestro lenguaje en función del que recibe el mismo. Así, no hablaremos del mismo modo a un colega profesional, a un allegado o a un encuentro casual. Tampoco dará lo mismo si nos dirigimos a uno varios receptores.
El transmisor influirá también, puesto que no da igual si el medio de transmisión del lenguaje es oral, visual, escrito.
Y por último, el transmitente se verá enormemente condicionado en su lenguaje por infinitos factores: cultura, estado de ánimo, influencias recientes...
La imprecisión se extiende a todo tipo de lenguaje, puesto que no hemos de pensar sólo en las palabras. El lenguaje visual, gestual, se halla también condicionado por los mismos factores.
¿Y el lenguaje matemático?
Esa es la solución que vieron los diseñadores de los proyectos Pionero y Voyager. Junto a mensajes de saludo en cincuenta idiomas, se diseñaron formas de comunicación matemática que fuera precisa y universal. Se basaban en que constantes universales, como la letra pi (?), dada por la relación entre una circunferencia y su diámetro, debían ser reconocibles por seres inteligentes. La Pioneer 10 mandaba un mensaje de saludo, nuestra situación en el espacio y establecía nuestro nivel de inteligencia mostrando que conocíamos el átomo. Posteriormente se han enviado mensajes más ambiciosos, pretendiendo "enseñar" el idioma matemático partiendo de constantes físicas y matemáticas "confiando" en que el ser inteligente se adapte rápidamente a nuestra cultura.
La intención es obvia: pasar por encima de las dificultades de la comunicación humana, intentando conseguir un sistema de comunicación sin esas deficiencias.
El problema, empero, sigue igual. Continúa dependiendo del receptor para que el mensaje cobre sentido. De hecho la paleoastronomía pretende ver mensajes semejantes a los que hemos enviado al espacio en muchos restos de civilizaciones antiguas: desde los megalitos de Stonehenge a los pictogramas mayas pasando por todo tipo de relaciones matemáticas entre las construcciones primitivas. El mensaje, de existir, sigue estando oculto a nosotros como sin duda lo estaría el nuestro de encontrar una inteligencia que lo recibiera.
Pero bueno. Esto no era más que un inciso para demostrar que las matemáticas no nos pueden ayudar en nuestro problema. Por otro lado, la capacidad de expresión humana con el lenguaje matemático es, como mínimo, más limitada que las demás.
¿Cuál es, pues, la causa de la imperfección del lenguaje humano? Se podrían mencionar muchas pero la fundamental es el ahorro, tratar de englobar conceptos distintos en un solo término por la dificultad que conlleva manejar un lenguaje cuasinfinito.
El resultado es que los conceptos, las ideas, quedan inexorablemente encajonadas en la palabra o expresión que lo define, quedando en ocasiones amputadas algunas de sus connotaciones y en otras adquiriendo algunas impropias de ella.
La mejor manera de verlo es mediante los colores. Tenemos unas palabras limitadas para definir los colores. Sin embargo existen infinidad de ellos, puesto que cada matiz es un color distinto. Cada longitud de onda de la luz es un color distinto, pudiendo, aprovechando la paradoja de Zenon, elaborar infinitos colores.
¿Cuál es el color azul? Todos tenemos en la mente un azul. Si digo Turquesa, tendremos otro color. Si digo azul marino, uno más. Si digo cyan, o zafiro o celeste elaboraremos distintos tonos de azul.
¿Y si digo blanco? Ah, entonces ya no hay dudas ¿verdad? Sólo hay un blanco. Y sin embargo el pueblo esquimal tiene más de trescientas palabras para el color blanco...
Del mismo modo podemos coger una palabra como "AMAR". Y veamos qué conceptos contiene: Amor conyugal, enamoramiento pasional, amor filial, amor paternal, amor hacia uno mismo, amor a todos, amor sacrificado, amor egoísta, amor temporal, amor eterno... Podemos darle tantos matices como queramos.
Y pasamos a otra palabra que identificamos con conceptos distintos pero cercanos: GUSTAR.
Hemos definido dos escalones. Pero ahora acudimos a Zenon y pensamos. ¿Y entre estos dos conceptos, no debería haber uno identificable con su propio nombre? Y le pondríamos una palabra. Y luego pensaríamos ¿Y entre este término medio y AMAR, no habrá otro término medio?... Y así seguiríamos infinitamente.
Pero no lo hacemos y es sensato puesto que el coste de añadir otra palabra puede no ser rentable para el matiz que precisa.
El problema que nos da la deficiencia del lenguaje es cuando el pensamiento humano pasa a depender de él. Si somos incapaces de manejar nuestras ideas o conceptos sin las palabras que las delimiten, estaremos perdiendo tal cantidad de matices que la adición de los errores proporciona un resultado absolutamente distinto al original mental.
Piensa en un recuerdo agradable. Nárralo. Ahora no lo narres. Cierra los ojos. Siéntelo . Esfuérzate por sentir lo que sentías. Huele lo que olías, oye lo que oías. ¿Se asemejan ambos recuerdos?
Es un hecho antropológico el que el ser humano elabora herramientas para facilitarle la labor, pero es un hecho constatado que la dependencia excesiva en las herramientas malforma el elemento al que la herramienta pretendía ayudar.
La mente que descanse en herramientas como el lenguaje, las matemáticas, las esquematizaciones o resúmenes sin emplearlas exclusivamente como un instrumento más, quedará confinada al límite más próximo de todas ellas y jamás alcanzará su propio potencial.
Seamos también conscientes de que todo aquello que aprehendamos proveniente del o a través del lenguaje esta borroso, impreciso y confuso y que su empleo debe estar supeditado a la relativización.
Todo es incorrecto. Incluida esta afirmación.