jueves, 16 de mayo de 2013

Las impresiones


Las impresiones son imprescindibles para nuestra existencia. No podríamos vivir ni un segundo si no existieran las impresiones. Si el aire no hiciera impresión en los pulmones no podríamos vivir. Si la comida no lograra impresionar al aparato digestivo tampoco podríamos vivir. Todos los acontecimientos de la vida llegan al cerebro y a la mente en forma de impresiones. La alegría, la tristeza, la esperanza, las preocupaciones, los problemas, la desesperación, etc., cualquier circunstancia, cualquier acontecimiento, por insignificante que parezca, llega a la mente en forma de impresiones.

El ser humano siente, es un ser sensible, y vive muchas impresiones como sensaciones. Todo organismo vivo experimenta sensaciones. Existen cinco clases de sensaciones físicas, las correspondientes a los cinco órganos sensoriales además de las sensaciones que recogen los órganos sutiles cuando estos se encuentran desarrollados. Cada vez que un órgano entra en contacto con un estímulo se produce la sensación, sea esta táctil, olfativa, visual o de otro orden. Sólo existen tres clases de sensaciones, agradables, neutras y desagradables. Las agradables suelen despertar deseo y, por consiguiente, apego; las desagradables suelen desencadenar aversión y, por ello, rechazo.

De las cosas que nos resultan desagradables normalmente intentamos huir, las apartamos o tratamos de cambiar las causas externas que la producen; hacemos lo que sea para librarnos de lo que nos parece incómodo. A pesar de todo, no hay forma de librarnos de la incomodidad hasta que no nos hayamos liberado del deseo. Hagamos lo que hagamos con nuestro cuerpo, lo movamos como lo movamos, la incomodidad aparecerá de nuevo, porque estamos deseando la comodidad. Evidentemente, desear constantemente la comodidad es un modo de pensar defectuoso y no tiene mucho sentido. Se debe a que cerramos los ojos ante la realidad y tratamos de ver solamente lo que nos agrada. Habitualmente tratamos de culpar siempre a otros de lo que nos parece desagradable; algunos llegan incluso a culpar al diablo. Pero da igual a quien se culpe, al vecino o al diablo, la verdad de la vida es la impermanencia total y tenemos que comprenderlo para obrar de acuerdo con ella.

Normalmente, las impresiones hieren a la mente y ésta, entonces, reacciona contra el impacto que proviene del mundo exterior. Las respuestas de la mente a las impresiones, cuando no se vive conscientemente, son automáticas. En tal caso, si nos pegan pegamos, si nos insultan insultamos, si nos invitan a beber bebemos, etc. Se debe evitar tal reacción, y esto sólo es posible interponiendo la consciencia entre la mente y las impresiones.

A no ser que nos demos cuenta de lo que ocurre en nuestra mente y en nuestros sentimientos cuando aparecen estas sensaciones, caeremos una y otra vez reaccionando según la norma de nuestros viejos hábitos. Lo que pensamos constantemente, aquello ante lo que reaccionamos una y otra vez, marca surcos en nuestro interior. Como en un camino fangoso en el que un coche patina y se hunde cada vez más, así ocurre en nuestro interior. El surco se hunde más y más, hasta que al final es tan hondo que parece casi imposible poder salir de él y seguir avanzando.

Estamos en contacto con las cosas exteriores, las sentimos y reaccionamos. Sentimos el dolor y deseamos automáticamente huir de él. Pero en vez de querer huir de él, si somos conscientes del punto en donde se encuentra la sensación y percibimos su naturaleza cambiante, la sensación cambiará de lugar o de intensidad. La impermanencia, la insatisfacción y la falta de entidad propia son las tres características que podemos encontrar en todo lo que existe; mientras no las veamos con absoluta claridad no podremos andar el camino espiritual.

Cada día tratamos de liberarnos de las sensaciones desagradables librándonos de las personas y de las situaciones que las producen, culpando a las demás personas en vez de observar la reacción y comprender que ha aparecido, que permanecerá un momento y desaparecerá; que nunca nada permanece igual, que si la observamos detalladamente, aunque sólo sea un momento, estamos siendo atentos antes que reactivos. Nuestra reacción, que pretende que conservemos lo agradable y nos desprendamos de lo desagradable, es la razón de nuestro continuo vagabundeo alrededor de la vida sin dirección alguna. Este es un movimiento circular del que normalmente no se sabe salir, ya que es casi imposible salir de ese surco, pues nos encontramos como en un tiovivo en el que damos vueltas y más vueltas tratando de conservar lo agradable y liberarnos de lo desagradable. Lo único que nos puede sacar de este tiovivo es observar consciente y atentamente nuestras reacciones y por la comprensión de lo que es dejar de reaccionar automáticamente y empezar a obrar adecuadamente. Si, aunque sea por un momento, comprendemos esto, a través de la misma comprensión nos desenvolveremos en la vida cotidiana con gran ventaja para todos.

Cuando una sensación desagradable aparezca en el cuerpo no tenemos que culpar a nadie, pues nadie tiene la culpa de las sensaciones aparecidas, sólo son sensaciones que aparecen y desaparecen. Hay que observar las sensaciones y aprender, pues si no miramos las sensaciones desagradables sin rechazarlas nunca podremos vivir espiritualmente. Esta vida nos ofrece la situación ideal para aprender que las sensaciones desagradables son sólo sensaciones, que no tenemos que aceptarlas ni identificarnos con ellas porque no las hemos invitado a aparecer en nuestra vida. Si no las invitamos tampoco tenemos que pensar que son nuestras.

Todo es transformación. El proceso de la vida, en sí misma y por sí misma, se fundamenta en la transformación. Cada criatura del Universo vive mediante la transformación de una sustancia en otra. Un vegetal, por ejemplo, transforma el aire, el agua y las sales de la tierra en nuevas sustancias vitales, en elementos útiles. En los seres humanos el alimento común entra en el aparato digestivo, donde se transforma para ser utilizado por el organismo; y el aire se transforma en el aparato respiratorio para ser igualmente utilizado. Las impresiones, cuando se experimentan de manera consciente, también se digieren por la consciencia y nutren al ser humano. Entonces le alimenta el cuerpo físico y le aporta también los componentes necesarios para la creación y el sustento de los cuerpos existenciales que son más sutiles que el físico.

Se debe ser consciente de las impresiones. Si uno es consciente y vive en un estado de alerta percepción, de instante en instante, de momento en momento, sin duda se va volviendo cada vez más consciente. Ser consciente significa interponer la consciencia entre la mente y las impresiones.

Al ego se le alimenta con impresiones no digeridas, no transformadas. Esa energía, que son las impresiones, o se utiliza para fortalecer la consciencia y la vida espiritual o alimenta al ego. Muy pocas personas viven siendo conscientes de lo que sucede en su “interior” y en su “exterior”, y por eso las impresiones llegan a sus mentes y permanecen así, sin transformar, dando origen y alimentando al ego.
Actualmente, en este pequeño planeta, cuando alguien vive conscientemente origina fuerzas totalmente diferentes a las de sus semejantes, fuerzas distintas, fuerzas que la hacen una persona completamente diferente a las demás. Quienes crean tales fuerzas se vuelven distintos, superiores, se transforman de tal modo que hasta su potencial de vida se multiplica. Si se colocaran a dos personas en un lugar inhóspito, con mala alimentación, mal ambiente, etc., uno que no viviera conscientemente, que vive una ida mecánica y el otro que vive una vida consciente, de momento en momento, podríamos estar casi seguros que el primero moriría antes y que el segundo viviría más tiempo a pesar del ambiente inhóspito, porque está compuesto y rodeado de fuerzas diferentes.

Necesitamos dejar de reaccionar y de vivir como robots. Pero, para ello, debemos ser conscientes, obrar adecuadamente y, con ello, permitir que se disuelvan todos los agregados psíquicos y dejar de crear otros nuevos. Diariamente los estamos creando al no digerir las impresiones. Necesitamos digerir las impresiones, transformarlas en fuerzas distintas para no crear nuevos egoísmos. Y necesitamos digerir las viejas impresiones, las que dieron origen a hábitos, emociones inferiores, pensamientos negativos, instintos depravados, etc., las que originaron el egoísmo que actualmente tenemos.

No existe, en realidad, algo como la vida externa. Casi todo el mundo cree que lo físico es lo real. Pero si reflexionamos sobre ello nos daremos cuenta que lo que realmente estamos recibiendo a cada instante, en cada momento, son meras impresiones. La vida es una sucesión de impresiones, no es como muchos creen una cosa sólida, física, de tipo exclusivamente material. La realidad de la vida son las impresiones que cada uno recibe. Éstas llegan a la mente a través de las ventanas de los sentidos. Si no tuviéramos, por ejemplo, ojos para ver, ni oídos para oír, ni tacto para tocar, ni olfato para oler, etc., ni aún siquiera gusto para saborear los alimentos que entran en nuestro organismo, eso que se llama el mundo físico no existiría para nosotros. La vida nos llega en forma de impresiones y es ahí, precisamente ahí, donde existe la posibilidad de trabajar sobre nosotros mismos.

El mundo físico no es tan externo como creen aquellos que carecen de conocimiento. Lo exterior resulta ser lo interior y es ahí, sobre lo interior, donde se debe trabajar. Las impresiones son interiores. Todos los objetos, las cosas, todo lo que vemos existe en nuestro interior en forma de impresiones. Pero esta idea es muy difícil de comprender porque es muy poderoso el hipnotismo que provocan los sentidos. Aunque sea difícil de entender, casi todos los seres humanos se hallan en una especie de hipnosis colectiva. La lujuria, la codicia, el odio, el orgullo, la envidia, etc., existen en forma de impresiones dentro de la mente y condicionan la consciencia. La mente se encuentra tan enfrascada en el mundo de los cinco sentidos que cree firmemente que éstos le muestran la realidad. Pero el ser humano debe conocer que vive en el propio mundo que crea con sus pensamientos y sentimientos.