martes, 12 de marzo de 2013

Cómo superar la culpa, el rencor y el odio

El odio es un sentimiento oscuro que nos daña y nos lleva a dañar a otros personas. Para vivir de una manera positiva, conviene evitarlo o superarlo pues sus efectos suelen ser devastadores.
De la amplia gama de emociones y sentimientos que experimentamos los seres humanos, el odio es uno de los estados más nocivos y limitantes para nuestro bienestar y para el logro de nuestro más valiosos objetivos.

Puede describirse como un estado intenso, caracterizado por manifestaciones de antipatía y aversión hacia personas, situaciones o cosas, cuyo mal podemos llegar a desear apoyándonos en ideas que vemos como razones válidas y justificadas. El odio suele asociarse con actitudes como: aversión, repulsión, encono, rencor, saña o enemistad.


El odio tiene una funcion de autoprotección de la dignidad, de defensa del ego, es la valvula de escape del resentimiento o la respuesta a una injusticia notable o reiterada. Pero pese a las formas de justificación que encontremos para darle espacio, es negativo en muchos aspectos pues afecta la salud, especialmente el sistema inmune, el hígado y el corazón. Numerosas investigaciones han encontrado relación entre algunos tipos de cáncer y odios profundos no perdonados. En el marco de las relaciones personales, el odio es un veneno mortífero que impide el encuentro, la comunicación, la armonía y la convivencia basada en la comprensión, el acuerdo, el aprecio y el respeto. En el ámbito laboral odiar puede causar estragos. Verse abrazado por las llamas del odio afecta la productividad, pues impide la expresión de la creatividad, al mantener a quien lo padece, atado a pensamientos obsesivos de venganza, agresividad y violencia.

La génesis del odio puede estar en los contextos psicológicos del nacimiento y la crianza, en los que los golpes a la autoestima son caldos de cultivo de reacciones y sentimientos ruines. Muchos de quienes expresan odio, afirman haber sido ignorados, rechazados, maltratados o abandonados. A veces ese odio es dirigido hacia la propia persona en forma de culpa por no haber hecho o logrado ciertas cosas. Ese odio autodirigido, impulsa la autodestrucción: enfermarse y suicidarse, sonrespuestas que en ocasiones nacen del odio por sí msimo.

Así como puede odiarse a una persona, puede odiarse una idea o una deidad. Por ejemplo, muchos revelan odio hacia Dios por haberlos privado de sus seres queridos, o por "haberles quitado" salud, oportunidades, belleza o juventud.

El odio puede tener un lado bueno, como cuando odiamos la mediocridad o la ignorancia y nos vemos empujados a mejorar nuestra vida. Esta es, quizás, el mejor uso del odio. Aunque muchas veces consideramos que nuestra actitud está justificada, quien odia vive más cerca de la venganza que de la justicia.

Odiar es muy fácil. Para hacerlo, basta con pensar que somos los buenos, los adecuados, las víctimas, y sentirse seguro de tener la razón omitiendo todo lo que contradiga nuestras cogniciones. Entonces, casi espontáneamente brotan desde nuestra sombra, chorros calientes de lava gris, lista para bañar a cualquiera que señalemos como objeto de nuestra frustración.

Menos fácil es dejar de odiar. Se requieren mente abierta y corazón dispuesto, para enfrentar el veneno. No hay mucha ciencia en quejarse, morder, gritar, insultar, maldecir y golpear. Para eso sólo basta seguir el instinto animal; tener una excusa, elegir un enemigo y verter en la sangre un poco de adrenalina. Pero ¿qué hacer para vencer este sentimiento destructor, enemigo de la buena vida?

Podemos evitar convertirnos en blanco de los arranques de odio, tratando a los demás con aprecio, consideración y respeto.

En toda acción percibida como crítica, injusta, violenta, intervienen tres elementos:

• La herida o daño o perjuicio causado con la acción violenta.
• La deuda, dolor o sentimientos negativos (ira, frustración, amargura, odio, rencor, culpa) que acompañan el recuerdo de la experiencia y que nos engancha emocionalmente al que nos causó la herida. 
• La cancelación o anulación de la deuda o liberación, que deviene de la satisfacción, reparación, reconciliación, devolución o el olvido y el perdón.

No son los hechos los que nos hacen sufrir sino el significado que le dimos al acontecimiento. Es el cómo cada quien percibe, ve, oye y siente la experiencia y como lo graba en su memoria, junto a las reacciones corporales y de conducta que acompañan a esas emociones, lo que nos hace sufrir y nos “engancha” con la situación y con aquel que nos hizo o que creemos nos hizo daño.

Cómo percibimos los hechos depende de nuestra personalidad, de nuestras experiencias, del control que tengamos sobre nuestras emociones, de la forma como enfrentamos y resolvemos nuestros problemas y de la decisión, voluntad y esfuerzo que realizamos para cambiar el recuerdo de esa experiencia vivida.

Buscar la satisfacción, reparación, reconciliación o devolución inmediata es con frecuencia imposible (o se tarda demasiado o nunca se logra). La herida permanece abierta, nuestro dolor no se cura y nos convertimos en personas angustiadas, frustradas, amargadas, malhumoradas, temerosas, pesimistas, solitarias, obsesivas, culpables, agresivas, conflictivas y enfermas, pues el recuerdo y las emociones negativas, nos causan problemas físicos y psicológicos.

Para liberarnos de la pesada carga del recuerdo que lastima y limita debemos primero olvidar y luego perdonar.

Olvidar es una de las funciones de la memoria que nos permite liberar de nuestra conciencia, el dolor que acompaña las experiencias penosas. 

El tiempo para olvidar es muy personal y es involuntario. No se pueden cambiar los hechos, pero si la experiencia de los mismos. Es decir, podemos esforzarnos por transformar el recuerdo y acelerar el proceso del olvido.

Transformar el recuerdo significa recordar y contemplar los hechos a distancia, neutralizando las emociones, colocándonos inclusive, en el lugar de otras personas, sin juzgar, sin criticar, sin comparar, sin compadecerse, sin pena ni culpas, eliminando toda emoción negativa que está en nuestra memoria y que determina como hemos percibido la experiencia, para así estar en capacidad de perdonar. 

Perdonar es liberar de la deuda o neutralizar (olvidar) las emociones ligadas al recuerdo de la experiencia o de aquel que nos causó el dolor.

Sin embargo, el perdonar no borra el daño, no exime de responsabilidad al ofensor, ni niega el derecho a hacer justicia a la persona que ha sido herida. Perdonar es un proceso complejo que sólo nosotros mismos podemos hacer. 

Perdonar no es aceptar pasivamente la situación, dejar hacer a la otra persona o culparse porque piensa que lo provocó.

Perdonar no es olvidar o negar la ofensa y dejar que el tiempo o Dios se hagan cargo. Tampoco es culpar a otros, a las circunstancias o al destino.

Perdonar no es justificar, entender o explicar por qué la persona actúa o actuó de esa manera. 

Perdonar no es esperar por la restitución, por una satisfacción, por alguna explicación a la conducta violenta.

Perdonar no es obligar al otro a que acepte tu perdón o decirle “te perdono” para hacerlo sentir “humillado” . Tampoco es buscar u obligar a la reconciliación. 

Perdonar es, en primer lugar, reconocer nuestros errores y perdonarnos a nosotros mismos. Esto es, aceptar lo que no podemos cambiar, cambiar lo que podemos y aprender a establecer diferencias, sin remordimientos, sin culpas, sin odios ni rencores.

Perdonar es buscar la solución a los conflictos, apartando de nosotros todo sentimiento negativo como el rencor, odio, culpa, rechazo, deseos de venganza, pues son sentimientos inútiles que esclavizan y crean mayor frustración, mayor desesperanza. 

Cuando no perdonamos no tenemos alegría ni paz. Nos volvemos impacientes, poco amables, nos enojamos fácilmente causando rivalidades, divisiones, partidismos, envidias. 

Cuando no perdonamos, nuestras ideas y pensamientos se vuelven destructivos, pesimistas, erróneos; perdemos la confianza y respeto por nosotros mismos, desarrollamos conductas que crean mayores conflictos y nuestro modo de vida y nuestras relaciones con los demás, quedan afectadas. 

Cuando no perdonamos estamos permitiendo que nuestra salud, nuestro crecimiento personal, nuestro desarrollo y nuestra vida, esté gobernada por la decisión y la conducta de alguien o algo que no nos agrada o que nos ofendió o nos perjudicó.

Olvidar y perdonar nos permite, en primer lugar, controlar nuestras emociones y reacciones. Eleva la autoestima, nos da mayor seguridad y confianza. Facilita la recuperación de la habilidad para aprender, discriminar y seleccionar nuestras respuestas ante situaciones futuras. Aprenderemos, además, a actuar con madurez y sabiduría frente a la adversidad.


Olvidar, perdonar y perdonarnos, aunque doloroso, es deshacernos de la pesada carga de la culpabilidad, la amargura, la ira que nos embarga cuando nos sentimos heridos. Es abrir caminos hacia la esperanza de nuevas oportunidades. Es crecer y desarrollarnos como personas positivas, libres para vivir en paz y armonía con nosotros mismos y con los demás.

“Perdonar es el valor de los valientes.
Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar." (Mahatma Gandhi)