jueves, 11 de julio de 2013

La imaginación.


Los psicólogos modernos echan en cara de los antiguos el desconocimiento que tenían de la unidad del espíritu humano, admitiendo varias facultades, unas de orden inferior y otras de orden superior: la razón, el entendimiento, la voluntad, la imaginación, la memoria, etc. Si por facultades se entienden fuerzas particulares que obran según leyes propias, el cargo que se les hace es fundado, por cuanto el espíritu es una fuerza única, completa, indivisible, y en él no pueden distinguirse más que las formas y las manifestaciones de su actividad. Pero es ciertamente muy útil clasificar con exactitud y precisión los caracteres de aquellas diversas manifestaciones. Debemos, pues, agradecer a la antigua escuela el habernos señalado el camino, esto es, a analizar el hombre en vez de limitarnos a contemplarlo con éxtasis como una maravilla. Sigamos las lecciones de nuestros antecesores y, sin renunciar a contemplar y admirar en su conjunto la facultad intelectual del hombre, estudiemos la acción de esta facultad en la diversidad de sus fenómenos.
Estos forman tres grupos diferentes y pueden clasificarse de la siguiente manera: facultad de pensar, facultad de sentir y facultad de querer. En la facultad de sentir suelen confundirse la imaginación y el sentimiento.
La vida intelectual tiene por alimento las ideas; por aire vital, los sentimientos; por ejercicios de su fuerza, los actos de voluntad. Examinemos, bajo ese triple aspecto, cómo se produce la acción del espíritu contra los sufrimientos materiales que amenazan al hombre.
Si en el dominio del espíritu se admite una escala graduada, hay que poner en la parte más baja la imaginación; en el centro, la voluntad, y en lo más alto, la razón. Este es el orden con que se desarrollan nuestras facultades durante la vida: el niño sueña, el adolescente desea, el hombre piensa. Y si es cierto que la Naturaleza, en su acción, procede de lo pequeño a lo grande, dicha gradación está probada. La Naturaleza empieza, como se ve, por la imaginación: imitemos, pues, a aquélla, porque la imaginación es como un puente tendido entre el mundo físico y el mundo intelectual. La imaginación es una fuerza maravillosa, variable, incoercible, de la cual no se sabe con certeza si hay que atribuirla al cuerpo o al espíritu; si la gobernamos nosotros o somos gobernados por ella, y esto precisamente es lo que la constituye como intermediaria entre lo moral y lo físico y lo que le da a nuestros ojos más importancia. En efecto, si examinamos atentamente los fenómenos que nos rodean, reconoceremos que ni el pensamiento ni el deseo ejercen en nosotros una acción inmediata, pues tanto el uno como el otro necesitan, para manifestarse, el auxilio de la imaginación. Esta es la fuerza motriz de todos los miembros aislados del organismo intelectual. Sin imaginación, todas las ideas resultan pálidas y estériles, todos los sentimientos son groseros y brutales. La imaginación es la madre de los ensueños, la fuente de la poesía, y sin poesía no hay nada puro ni elevado.
"En general (dice Herder), la imaginación es la facultad del alma menos estudiada y quizá la que menos puede estudiarse a fondo, porque estando enlazada con todo el sistema, y sobre todo con los nervios y el cerebro, como lo atestiguan tantas enfermedades raras, parece ser no sólo el ligamen y la base de todas las facultades superiores del alma, sino también el punto de unión del cuerpo con el espíritu. La imaginación es, por decirlo así, la flor de toda la organización material puesta al servicio de la facultad pensante".
Kant, el adversario de Herder, ha constado asimismo que la fuerza motriz de la imaginación es mucho más íntima y más penetrante que otra fuerza material cualquiera. El autor de la Crítica de la razón práctica ha dicho: "Un hombre que experimente el placer de una grata compañía, come más a gusto que si hubiera dado un paseo a caballo durante dos horas. Una lectura agradable es más útil para la salud que el ejercicio físico". En este sentido consideraba los sueños como una especie de movimiento determinado por la naturaleza para conservar el mecanismo orgánico. Kant explica el placer de la amistad como el efecto de una digestión feliz. Otro pensador ha dicho: "La imaginación es el clima del alma".
Las enfermedades mentales tienen toda su raíz en la imaginación. Si tuviesen su asiento en el espíritu, serían errores o vicios, pero no enfermedades. Si proviniesen del cuerpo, no serían enfermedades del alma. Para que se produzcan esos males que azotan a la humanidad, es preciso que el cuerpo y el alma estén en contacto, y ese contacto no puede verificarse sin el auxilio de la imaginación. Arrojar lejos y para siempre todas las enfermedades de este género es el fin supremo de la higiene mental.
La imaginación tiene su dominio fuera del mundo real; según sea el ejercicio, regular o desordenado, que hagamos de esta facultad caprichosa, alcanzaremos la dicha y la salud o la desgracia y la enfermedad. Cuando damos a la imaginación vuelos desmesurados, nos hace soñar despiertos y nos hallamos en los umbrales de la demencia. La mirada del poeta, extraviada en la contemplación del ideal, evoca muchas veces fantasmas terribles que le obsesionan, hasta tanto que sus ojos se dirigen, al fin, hacia la rutilante esfera de lo bello.
Aun en las condiciones ordinarias de la existencia, ¿no ejerce la imaginación sobre nosotros cierta clase de poder plástico? En el acto de la generación, según se ha podido comprobar, el estado imaginativo de los esposos contribuye eficazmente en las formas del hijo y en las facultades psíquicas. ¿No se ha escrito también lo mucho que influye la imaginación?, ¿no ha de constituir esta facultad un principio primordial del hombre? Puede decirse que la imaginación está en nosotros y aun antes que nosotros seamos nosotros mismos.
Lo que el mundo exterior, con todas sus influencias, es para el hombre externo, la imaginación, ese mundo interior que envuelve el fondo y la substancia de la vida, lo es para el hombre interior. La influencia que ha de ejercer la imaginación en la salud es, pues, decisiva.
Al haber dicho antes que el sentimiento y la imaginación se confunden en la misma facultad, no he querido rehuir el trabajo de dar una definición más precisa del uno y de la otra. Mi intención ha sido tan sólo hacer comprender que el sentimiento y la imaginación son, efectivamente, una misma facultad considerada ya como activa, ya como pasiva.
El trabajo de la imaginación supone un sentimiento: entonces sentimos lo que imaginamos. La imaginación, en este caso, es activa, y el sentimiento es pasivo. Si esto se reflexiona un poco, se reconocerá que no se trata de un simple juego de palabras. Mostrar al mundo el lado sensible de nuestro ser, es presentarse a pecho descubierto ante la espada del enemigo; oponer a la acción de las causas exteriores una imaginación activa, es armarse y defenderse. Así, pues, en esto como en lo demás, el placer y el dolor tienen idéntico origen.
Todos sabemos, por haberlo leído o por la experiencia, cuán saludable o cuán terrible puede ser la influencia de la imaginación en ciertos estados mórbidos. Por lo tanto, podemos hacer la siguiente deducción: si una fuerza es capaz de curar enfermedades, puede también evitarlas, y si la misma causa tiene el poder de agravarlas y hacerlas mortales, puede igualmente producirlas ¡Ved, pues, cuán profundos y funestos son los sufrimientos de aquellos desgraciados que se abisman en la idea fija de un mal imaginario, del cual se creen atacados o amenazados! Tarde o temprano, lo imaginario se convierte en realidad.
La causa fisiológica de este fenómeno es una tensión nerviosa continua hacia un mismo órgano, el cual termina por sentirse atacado en su esfera vegetativa. En casos de epidemia, se ha podido observar que muchas personas, en perfecto estado de salud, han sentido los efectos del cólera morbo, sin otras causas que las motivadas por las conversaciones y la lectura de los periódicos que reseñan los estragos de la peste. Y estas personas, a consecuencia de sus temores, puramente imaginarios, sienten los dolores de vientre precursores de la enfermedad y todos los síntomas que la acompañan.
Puesto que la imaginación puede ocasionar al hombre tantos peligros y sufrimientos, ¿no ha de tener asimismo la virtud de rechazar el mal y de hacernos dichosos? Si sólo por creerme enfermo, la enfermedad se apodera de mí, ¿no podré conservar la salud si me persuado firmemente de que estoy bueno? Las pruebas que apoyan esta opinión son verdaderamente abundantes. Dejando de lado los efectos maravillosos que producen en el ánimo del enfermo la confianza, los sueños agradables, las simpatías, la música, nos limitaremos a hacer esta observación: lo que tiene el poder de curar los órganos enfermos, tiene también la virtud de conservarlos sanos y fuertes.
Por el poder de la imaginación nos explicamos los efectos que vemos producir por ciertos caracteres enérgicos sobre las naturalezas más débiles y delicadas. El talento de un hombre superior no obra sobre nuestra razón si nuestra imaginación no le ha allanado antes el camino. La influencia que ejercen los hombres eminentes no proviene de que sean enseguida comprendidos, sino que tiene por causa la fama de que gozan, lo cual seduce a la imaginación.
Estos fenómenos son los símbolos de otros muchos hechos, de los hechos más importantes que se realizan en el mundo.
Existe una especie de atmósfera mental que envuelve al hombre, lo mismo que la atmósfera del mundo físico envuelve la Tierra. En aquella atmósfera, creada por la mente humana, se revuelven en un continuo flujo y reflujo un sin fin de ideas y sentimientos, que el hombre, sin darse cuenta de ello, respira, se asimila e influye en él.
Nadie se exime de la influencia que ejerce la opinión pública en las inteligencias más libres; pero el medio moral que obra en los individuos puede ser contrarrestado por la acción de una fuerza individual. El valor de un héroe se transmite como un fluido magnético; el miedo tiene una especie de poder contagioso; la risa y la alegría se comunican de una manera irresistible, apoderándose del hombre más taciturno; los bostezos y el fastidio se contagian igualmente con extraordinaria facilidad.
Mucho podría escribirse acerca de este punto, pero vuelvo a mi tema. Las personas que carecen de la fuerza de imaginación necesaria para aplicar los preceptos de la higiene mental, deben apoyarse en otra imaginación más poderosa que las sostenga y fortalezca. La debilidad de la imaginación es, una especie de tisis moral: "la imaginación es el pulmón del alma".
La esperanza constituye el primer origen de los planes y proyectos fantásticos y es el genio protector de la vida humana. El mismo Kant, el filósofo de la razón pura, proclamó ese poder benéfico de la esperanza. En efecto, ¿no es esta deidad protectora la hija de la imaginación y la hermana de todos los ensueños? Uno de los mejores medios de prolongar la existencia es dar a la imaginación una dirección agradable.
La vivificadora llama de la imaginación es alimentada por esta admirable facultad que llamamos ingenio. Una compañía agradable, en la que reine la jovialidad y el buen humor: he aquí lo que basta para curar el orgullo, la vanidad y el sentimiento enfermizo. La agudeza y el ingenio rigen al mundo con un cetro ligero y poderoso que mata los pesares, aplasta la soberbia y disipa los tormentos de las ilusiones vanas. La agudeza y el ingenio son los que dan a las almas enfermas la serenidad y el sosiego, bálsamo precioso y saludable, mucho más eficaz que todos los consuelos de la razón.
Entre las diversas partes del trabajo que constituye la vida intelectual del hombre, el arte es la que se refiere a la imaginación. Así como mientras dormimos los sueños reposan al alma de su fatigosa lucha contra el mundo material, así también, en el estado de vigilia, el arte, mediante sus concepciones ideales, reanima la vida próxima a sucumbir bajo el peso abrumador de la realidad.
La música, las artes plásticas, la poesía, etc., son el alimento que nutre el alma.
Un observador sutil ha dicho que el objeto final de la música es la salud, porque cuando un individuo se siente a sí mismo vivir dentro de su alma, con todas sus fuerzas y con todas sus aspiraciones, está plenamente sano. El canto y la música animan todos los órganos; las vibraciones se comunican al sistema nervioso, y el hombre, de pies a cabeza, se pone "unísono". Y así es, en efecto, pues el sentimiento no es otra cosa que la música del corazón, una especie de vibración externa, a la cual los sonidos musicales no hacen más que dar un cuerpo y una forma perceptibles.
Todas las artes tienen por principio, como la música, el sentimiento de la armonía; todas se convierten en guardianes de la salud y tienden a derramar sobre el alma la paz y el sosiego. Luego las bellas artes son el canto de la vida. Y en el seno mismo de la muerte, como ha dicho el místico Jacques Boehme, las almas transportadas a las esferas eternas están envueltas en luz y armonía.

El humor.


Contemplar la vida, gélidamente, con los ojos del alma. Ver la esencia de las cosas desvestida de toda apariencia es, en efecto, una actitud vedántica. Pero no resulta tan aburrida como engañosamente pudiera parecer. Al contrario, asomarse al mundo desde ángulo tan singular propicia ese elixir secreto y maravilloso que llamamos sentido del humor, y sin el cual nadie puede disfrutar realmente de la vida.
Para el yogui, esta es como un sueño mágico en el que todo parece real, o, mejor, como una inconmensurable representación teatral, sin ensayos ni argumento, en la que cada personaje sigue una trama distinta que modifica constantemente con la improvisación, ajeno por completo a su condición de mero actor. El universo infinito presta su decorado de estrellas y esferas. El escenario es un pequeño planeta azul sobre el que se mueven seis mil millones de actores (en número crece gradualmente), cada uno convencido de ser el protagonista de la creación y empeñado en convencer de ello también a los otros.

El hombre común vive su papel a conciencia, encendido unas veces por el fuego de la pasión, aplanado otras por la melancolía y distraído las mas en cosillas de poco más o menos. A veces riendo, a veces llorando. Impulsado, de pronto, por la brisa del entusiasmo o varado en la calma chicha del desencanto. Todo le afecta. Todo es real porque lo vive como tal. Para este hombre el sentido del humor es forzosamente limitado. Sólo es capaz de aplicarlo a otros. No sabe reírse de sí mismo.

Hay un humor nacido en la ignorancia que consiste en reírse de otros y está cargado con las emociones, impurezas, frustraciones, resentimientos, complejos o estulticia de quien se ríe. Es un humor que puede ser ingenuo, malicioso, corrosivo, sarcástico, superior... pero nunca puro.

Existe otro, sin embargo, el humor por antonomasia, que nace en la sabiduría, el distanciamiento y el desapego y consiste en situarse uno enfrente de sí mismo para verse como algo ajeno. Es tener presente nuestra condición de actores y no identificarse con el personaje que se representa.

Es este un humor vedántico, serio, inteligente, compasivo, filosófico y didáctico. No se expresa en risotadas, ni siquiera en sonrisas de melón, pero produce un regocijo íntimo y se nota en la mirada.

La actitud vedántica de entender que las cosas no son como parecen, que todo es un fuego de artificio, un juego fantástico creado por la mente y condenado a desvanecerse como un sueño cuando esta se apague, permite al yogui hacer el drama comedia y así no abrasarse con el ardor de la pasión, ni abatirse cuando menguan las luces de la esperanza y el mundo se cubre de sombras asustadoras. Ser espectador, saber mirar, no identificarse con los avatares de la comedia, eso es lo que propicia en ángulo adecuado para ver las cosas con humor.

En las personas hay un devenir y un ser. Quién se identifica con lo primero es un actor, quién lo hace con lo segundo es un espectador. Si se tiene en cuenta que el humor no es una manera de actuar, sino un modo de percibir, resulta fácil concluir que el sentido del humor es privilegio de quién sabe situarse enfrente de las cosas y no dentro de ellas. ¿Cómo captar, si no, los guiños cómplices de la Deidad?


La ética.


Hay cosas que parecen y otras que son. Distinguir cabalmente la apariencia de la esencia, la imagen de la ética, no es tarea fácil, pero sí provechosa.
¿Es posible diferenciar la crítica honesta de la vituperación maliciosa, la indignación de la ira, el desdén de la envidia o el rechazo legítimo de los celos? A estas actitudes las distingue únicamente la textura del alma, porque la acción es siempre mecánica y responde a una fuerza soberana que la anima. Así lo que en un hombre íntegro es sana indignación, en el mezquino puede ser cólera impotente. Todo se reduce a un juego de intenciones.
No hay espectáculo más patético que el que ofrece quien pretende ser lo que no es. Condenándose a la hipocresía y a la mentira se exilia de sí mismo para errar de por vida en un universo ficticio, desconectado de su propia realidad y carente de toda consistencia.
No es fácil el oficio de vivir dignamente, no. Uno ha de crear su propio personaje y dotarle de verosimilitud y altura, lo que implica una renuncia constante a la ventaja en aras de la ética, que es algo así como el "fair play" del espíritu. Desde luego, resulta mucho más tentador revestirse de una ética aparente y jugar sucio tras el parapeto de la imagen.
Muchos son los males de nuestra sociedad y muchas las soluciones que se aportan en el mayor despliegue de frivolidad que han conocido los siglos, pero hay un paso esencial que dar para recuperar la dignidad y la autoestima de la especie y terminar con el nefasto culto a la imagen, es el rearme ético.
¿Y en qué consiste la ética? Ante todo, en la autenticidad. ¿Y qué es la autenticidad? La transparencia del espíritu, la verdad, Satia. Hay que ser idénticos en el pensamiento, la palabra y la obra. No es posible convivir pensando de una manera, hablando de otra y actuando de una tercera.
Habría que citar también la no violencia, Ahimsa, como estilo ético de vida. No puede haber ética en la violencia, que es la grosera reacción del ego desairado, como tampoco la hay en las formas engañosamente blandas con que muchos esconden su pavor a aceptar responsabilidades y mantener unos principios. La no violencia requiere la mayor bravura porque implica no deponer la firmeza del criterio y la postura, aún ante la injusticia, la intransigencia y la provocación. Para muchos, hoy, la no violencia se reduce a otra moda, a una mera cuestión estética, pero para quien bien la entiende llega mucho más lejos; es el resultado de una ecovisión en la que nada ni nadie se considera aislado del resto ni, por tanto, es susceptible de ser juzgado, condenado y destruido con abstracción del contexto. Es la sabiduría de deshacer los nudos contra la furia de romper las cuerdas.
Finalmente, la continencia, brahmacharia, es la virtud que modera la pasión y encauza el empuje desbordante de los deseos. Si estos no se frenan, toda ética es ficticia. Nadie está libre de impulsos acuciantes, cuyo oscuro y primitivo origen se esconde en las profundidades del subconsciente. Esa posesividad que nos empuja a apropiarnos de cuanto nos place (¿tal vez porque albergamos un Rey Supremo en lo más recóndito del Ser?) debe ser templada con el ejercicio de la discriminación. Dar rienda suelta a las fuerzas desatadas del hombre sólo lleva al caos y a la destrucción. La civilización consiste precisamente en domeñar las fuerzas inferiores con el desarrollo de la razón y otras facultades superiores.
De acuerdo, la represión a ultranza es traumática e indeseable, pero una convivencia ética obliga a un esfuerzo razonable para someter los oscuros instintos egoístas y potenciar las actitudes generosas.
Nuestra sociedad permisiva ya está dando suficientes muestras de hastío y alarma ante la hecatombe que ha supuesto la necia implantación de una ética descabellada y acomodaticia, tal vez como reacción pendular a la hipócrita represión sufrida en recientes tiempos pretéritos. ¿Habremos aprendido ya que la ética no puede imponerse, puesto que es una actitud soberana e individual?
No es preciso escuchar sólo la voz de las Instituciones. Todo individuo es plenamente libre y capaz para reconciliarse consigo mismo y renunciar al desasosiego de un espíritu a la deriva, tomar las riendas de su propia existencia e imponerse la disciplina ética que canalice su esfuerzo hacia metas generosas de bienestar individual y colectivo, recuperando así su dignidad humana.
Paralelamente, el culto a la imagen, la hipocresía y la apariencia mentirosa que blanquean muchos sepulcros han de quedar, finalmente, de manifiesto y morir por sí solos.

La inteligencia.


Hemos hecho el elogio de la fuerza de la voluntad y hemos insistido en la idea de que el hombre puede trazarse a sí mismo una dirección y laborar conscientemente sobre su propia felicidad. Para ello basta querer. Pero ¿qué es lo que debe querer y cómo debe querer? ¿Cural es el camino que debe elegir? A esta pregunta esencial responde el Conocimiento, la Inteligencia, fruto sublime y eterno del árbol de la humanidad, madurado a la bienhechora luz de la razón. Extraviada entre sus ensueños, la imaginación corre desbocada locamente, y si la razón no acude presurosa a socorrerla, la voluntad se abisma en un fondo vacío y sin límites.
La tarea más elevada, sin duda, de la higiene mental, es explicar el poder, la educación sobre las fuerzas obscuras de la naturaleza física, y mostrar la saludable influencia que en la salud del individuo y de las multitudes ejerce la cultura intelectual.
Para el filósofo que se ocupa en investigar la ciencia íntima del hombre, seguramente no hallará otro fenómeno tan notable como el poder que tiene la idea abstracta de obrar sobre el organismo físico por medio de lo que puede llamarse “sentimiento intelectual”. Es una prerrogativa distintiva del hombre el que en él las ideas puedan hacer nacer sentimientos, y el que, por medio de estos sentimientos intelectuales, el espíritu influye sobre el cuerpo, así como el cuerpo influye sobre el espíritu por medio de los sentimientos materiales propiamente dichos. Los seres inferiores al hombre no piensan lo que sienten; las inteligencias puras piensan y no sienten. Sólo en el hombre existe entre el cuerpo y el alma una conexión que se expresa por medio del sentimiento intelectual. El que una vez ha dado a su espíritu esta saludable dirección, siente la influencia de la idea en todo su ser.
Quien en sus investigaciones psicológicas se haya acostumbrado a considerar el hombre como un ser indivisible, comprenderá fácilmente nuestro modo de ver. Pero no así el que mire el espíritu y el cuerpo como dos fuerzas antagónicas, ni el que admita la opinión, bastante generalizada, de que todo goce de la naturaleza física es un atentado a la naturaleza superior, y de que no se puede cultivar el espíritu sin detrimento del cuerpo. Verdaderamente es ésta una opinión bien triste y desconsoladora, que no deja a los pobres mortales más que la angustiosa opción entre dos sacrificios inevitables. Al parecer, esa opinión, la justifica el ver tantos sabios desmedrados y tantos ignorantes rollizos, tantos hombres del campo sanos y robustos, y tantos hombres de ciudad débiles y enfermizos.
Es preciso, por lo tanto, poner en claro lo que se entiende por cultura intelectual. Tal sabio, tal erudito, ha dedicado quizá la mitad o más de su vida al estudio de la geometría, pero, entregado por entero a esta ciencia, ha olvidado la ciencia del vivir; tal otro se ha abismado en las profundidades de la historia, y no se ha preocupado del mundo actual o de su historia propia. Ambos han obrado imperfectamente. La sana cultura del espíritu es el desarrollo armónico de nuestras fuerzas, y esta cultura es la única que puede hacernos buenos, felices y sanos. Ella nos enseña cómo debe obrar cada cual según sus aptitudes; ella nos enseña a conocer nuestras fuerzas y debilidades, ejercitándolas o corrigiéndolas, y ella, fatalmente, nos hace subordinar, sin destruirlas, la imaginación de la infancia y la voluntad de la juventud a la inteligencia y el discernimiento de la edad madura. Esta es, pues, en higiene mental, la parte que directamente habla con la sólida madurez en la edad viril.
La voluntad y el sentimiento, y, por consiguiente, la alegría y la tristeza, dependen del punto de vista desde el cual contemplamos el mundo y nos contemplamos a nosotros mismos. Este punto de vista se determina por la cultura de nuestro espíritu. Cada cual encuentra en sí mismo o consuelo o desaliento; cada cual lleva consigo o el paraíso o el infierno. Si nuestra mente está límpida, límpido se nos aperecerá cuanto nos rodea. Nuestras ideas influyen soberanamente sobre nuestro humor, e igualmente obran sobre nuestro bienestar.
Una convicción fuerte y razonada por el discernimiento se convierte en el individuo que la posee, como una parte integrante de su persona. Para el hombre fatigado es un apoyo; un sedante para el que sufre, y un escudo para el que se encuentra satisfecho. Representaos al mundo en su conjunto y en su encadenamiento, y os tranquilizaréis; no perdáis de vista el objetivo final, y los males pasajeros os parecerán más leves y soportables. No solicitéis los aplausos de los hombres, y os será fácil prescindir de ellos.
El egoísta es más sensible que nadie a los ataques de la adversidad, porque permanece encerrado en un círculo estrechísimo, su egoísmo es su propio verdugo. Es necesario, pues, ensanchar el círculo de nuestros sentimientos y de nuestras ideas, entrever horizontes más dilatados. Es preciso comprender que la vida no es un regalo de los dioses, sino más bien una misión que hemos de desempeñar, y que si nos confiere derechos, también nos impone deberes.
Puesto que la causa principal de un estado enfermizo es la atención exagerada que se presta a todo lo concerniente al cuerpo, resulta que el mejor remedio que se puede oponer a ese mal consiste en las altas concepciones del espíritu, que le apartan de las preocupaciones materiales. Da lástima ver a esos hombres que se ocupan de una manera minuciosa e incesante de su existencia física, sin darse cuenta de que la minan lentamente con su continua inquietud. Esas gentes se mueren por demasiadas ganas de vivir. Y ¿por qué? Pues porque les falta la cultura del espíritu, que es la única capaz de hacer que el hombre domine esa debilidad, dando libre carrera a la mejor parte de su ser, y confiándole un poder real sobre la materia.
No hablemos ya de los memorables ejemplos que nos suministra el estoicismo, pues en ellos vemos más bien el efecto de la voluntad del individuo que de la doctrina. Y ¿quién ha colmado la medida de la existencia otorgada al hombre sobre la tierra, sino los espíritus elevados, consagrados con ardor a las ideas más sublimes, desde Pitágoras hasta Goethe? Contemplar serenamente el conjunto de las cosas es una condición necesaria de la salud, y sólo la inteligencia de la mano del discernimiento puede dar al hombre esta serenidad indispensable. El gran pensador que más profundamente ha penetrado en el fondo del alma, y que por su contemplación serena ha sabido prolongar su vida, ha dicho lo siguiente: “La serenidad no puede pecar por exceso, porque siempre está del lado del bien; la tristeza, al contrario, puede pecar por exceso, porque está del lado del mal.”
La felicidad no es más que una idea y, por lo mismo, no puede residir sino en el espíritu. Y creed que esto no es un sencillo juego de palabras, sino una verdad (de las muchas que hay y debemos encontrar en el camino) profundamente meditada. Y lo confirman todos los que han podido comparar el sentimiento de un bienestar puramente material con los goces inefables del discernimiento.
El resultado más importante de una acertada cultura intelectual es el CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO. Tal es el sentido de la célebre inscripción del templo de Delfos. Todo ser humano posee una suma determinada de fuerzas que se mueven en un círculo trazado de antemano, en un estadio entrevidas físicas. La salud, la tranquilidad y el bienestar consisten en el justo equilibrio de esas fuerzas.
El egoísmo es un agente destructor del equilibrio de esas fuerzas bienhechoras. El egoísta podrá, por su inteligencia o su audacia, realizar con éxito sus especulaciones mercantiles, amasar una fortuna, pero no conseguirá esa paz interior, esa satisfacción saludable y ese placer que sólo pueden proporcionar una conciencia límpida y una mente iluminada por la luz de una idealidad elevada y generosa.
Siempre estamos a tiempo de abrir el espíritu a las ideas nobles y generosas, de quitarnos las vendas que cubren nuestros ojos, de rasgar el velo que amortaja nuestro corazón; en una palabra, de iluminar el espíritu.

miércoles, 10 de julio de 2013

Temperamentos y pasiones.

Incompletas serían nuestras observaciones si no hablásemos, aunque sea someramente, de los temperamentos y de las pasiones. Los temperamentos difícilmente pueden templarse, y en cuantos a las pasiones, mucho se ha hablado de ellas, puesto que siempre nos están dominando. A lo sumo no existen más de dos temperamentos, pero con modificaciones infinitas: el temperamento activo y el temperamento pasivo.

Hipócrates, el venerable autor del libro Del régimen, y asimismo Lavater, Zimmermann y otros, admiten igualmente dicha clasificación. 

Así como el carácter representa la suma de las fuerzas de la voluntad en el individuo, así también el temperamento es la resultante de las inclinaciones naturales. La inclinación sirve de materia a la voluntad.

Si la voluntad domina la inclinación, ésta se transforma en carácter.

Si la inclinación domina la voluntad, la inclinación pasa a ser pasión.

El temperamento es, pues, la fuente de las pasiones, y como son dos las especies generales de temperamento, también pueden clasificarse en dos grupos todas las pasiones, comprendiendo bajo este mismo nombre las diversas emociones y afectos morales.

Los temperamentos sanguíneo y bilioso designan lo que llamamos temperamento activo; el linfático y el flemático constituyen el temperamento pasivo.

No es cierto, como muy a menudo se dice, que los temperamentos inertes, perezosos y pasivos se dejan fácilmente amoldar por la filosofía práctica. La inercia es la fuerza mayor que se encuentra en la Naturaleza, y se vence más difícilmente que la vivacidad.

La higiene mental tiene por base el sometimiento de las fuerzas físicas y morales a la voluntad, pero esa sujeción consiste en saber dirigir esas fuerzas, más no en detener su movimiento. Lo más importante consiste en determinar la exacta medida del desarrollo señalado al individuo, medida que debe aplicarse sin excederse de sus límites; de lo contrario, sería en perjuicio de la salud. Todo hombre, según su temperamento, necesita excitarse o calmarse. La indiferencia sería la muerte.

Combatimos fuertemente la preocupación de aquellos seudomoralistas que quieren ahogar toda pasión en su misma cuna. Esa cuna es la inclinación; sin inclinación no hay interés, y sin interés no hay vida. Los antiguos, por una bella ficción, hicieron nacer las Musas del recuerdo, y el recuerdo es el hijo del Amor. Antes que la sabiduría pueda trazar un sendero a la inclinación, ésta es necesario que exista.

El amor y el odio: he aquí los elementos más profundos de la vida. No se trata ahora de poner en claro si el odio es un amor oculto. Para nuestro propósito nos basta comprender que ambas manifestaciones de personalidad son necesarias para nuestra existencia. En general, las pasiones son fuerzas. El valor no se adquiere con demostraciones filosóficas: para excitarlo basta a veces un simple movimiento de indignación. Jamás deben desdeñarse las fuerzas naturales, y mucho menos destruirlas; al contrario, es preciso estudiarlas, exaltarlas y reglarlas. ¿No habla Lessing, el filósofo sosegado, de la pasión que se tiene por la verdad? ¿No es la pasión un entusiasmo? Y ¿No es asimismo el entusiasmo la llama que alimenta la vida del hombre?

Se me puede objetar, sin duda, que toda pasión gasta y consume lentamente al hombre; que ciertos insectos se conservan durante muchos años debajo la capa de la segunda metamorfosis; que la marmota vive meses y meses sumida en un dulce sueño, y que el sapo vive dichoso encerrado en el corazón de una piedra, a veces durante muchos años. Pero yo contestaré que esto no es vivir, y que el hombre no es un sapo.

Además, aun cuando las pasiones no fuesen tan útiles como pretendemos, siempre servirían para combatirse unas a otras. La reflexión, por sí sola, no basta para anonadar una afección muy arraigada, todo lo más conseguirá calmarla. En cambio, una inclinación violenta puede ser el contrapeso de otra; así el orgullo y el amor, la amistad y la indignación, la risa y la cólera, se neutralizan recíprocamente. La naturaleza misma, que nos instruye con sus sabias lecciones, dirige al hombre por medio de sus inclinaciones. Una alegría brusca, excita y agota; una alegría habitual, mantiene el bienestar; la primera obra como un remedio estimulante, y la segunda como un remedio tónico.

Idénticas observaciones pueden hacerse respecto de la cólera y de la indignación. La llama voraz de la cólera obra de una manera perjudicial sobre el organismo; la chispa de la indignación produce a veces efectos saludables. La cólera es un arrebato grosero que nos rebaja al nivel de la causa que lo ha provocado; cuando nos irritamos, nuestro adversario ha conseguido su objeto: hemos caído en su poder. La indignación es un movimiento moral, una pasión noble, que nos pone muy por encima de los objetos bajos y groseros, haciendo que nos apartemos con asco de su miserable presencia. La indignación es una cólera sosegada y muda.

Platón llamaba "fiebres morales" a las pasiones. En efecto, las pasiones obran sobre el alma como las fiebres propiamente dichas obran sobre el cuerpo físico, constituyéndose en crisis que curan los males más inveterados y purifican todo el organismo.

La utilidad que se atribuye a las afecciones reconocidas por malas, con mayor razón se ha de atribuir también a las buenas y legítimas.

Permítasenos añadir solamente que, entre todos los afectos del corazón, la esperanza es la que más anima y, por lo mismo, la más importante para el cultivo de la higiene mental.
La esperanza es una especie de presentimiento celeste, una parte delicadísima de nuestro "yo" un "yo" encantador que no se deja nunca anonadar.

No queremos, sin embargo, se nos tenga por apologistas de las pasiones; añadiremos, pues, que los efectos favorables que les hemos atribuido, únicamente se producen en cuanto no traspasan ciertos grados, esto es, mientras son activas; éstas, al salirse de los límites de la moderación, se tornan pasivas. Y solamente es activo lo que está sujeto a la razón humana, pues fuera de ese discernimiento, el hombre no puede ejercer libremente su actividad. Todo lo que se encuentra sometido al dominio exclusivo de los sentidos, es esencialmente pasivo, porque en este caso el hombre sucumbe bajo la presión brutal de la Naturaleza. A nosotros toca el contener las pasiones dentro de sus justos límites con el uso necesario y vital de la sabiduría práctica.

Una emoción es vivificadora mientras se mantiene dentro de los límites de la admiración; en cuanto se cambia en piedad, nos rebaja y debilita.

Una cólera violenta no es activa, cual creen algunos. El hombre encolerizado sufre en la porción mejor de su ser. En su grado más alto, la cólera se hace pasiva, hasta en sus manifestaciones. Por paradójica que parezca semejante opinión, sostenemos que las pasiones violentas son un signo de debilidad. Atraen comúnmente la desgracia, la cual abate en el hombre su verdadera fuerza, que es el espíritu. El niño llora y patalea, mientras que el hombre grave reflexiona con calma y obra conforme los dictados de su razón.

Las pasiones suaves dilatan y embellecen el horizonte de la existencia; excitan sin fatigar, calientan sin consumir, y transforman gradualmente la llama que arde en cada corazón en una luz quieta y fecundante. Asimismo las pasiones suaves son indicio de la verdadera fuerza, la que jamás abdica su imperio.

Los medios de combatir los temperamentos y las pasiones son tres: el hábito, la razón y las pasiones mismas. Habituarse a lo que es justo, constituye la quinta esencia de la moral más elevada, y es al propio tiempo un ejercicio soberano para la higiene mental.
La razón no obra en el instante mismo en que estalla la pasión, pero su influencia es grande en el hombre adoctrinado por sus lecciones, pues fija la dirección y desarrollo que han de tomar los efectos del ánimo. A verdadera calma no se encuentra en la inmovilidad absoluta, sino en el equilibrio de los movimientos.

Ya hemos explicado antes cómo las pasiones se amortiguan las unas por medio de las otras; y ahora añadimos que también se excitan mutuamente. Haced vibrar en el individuo la cuerda de la pasión que mejor corresponda a su disposición actual, y veréis como poco a poco las cuerdas de las demás pasiones vibrarán al unísono, y el instrumento entero se pondrá en el diapasón conveniente. Entonces se producirá la armonía, que es la vida misma, porque la vida no es el silencio.

RELACIONES DE AMOR/ODIO

A menos que accedas a la frecuencia de tu presencia consciente, al Ser aquí y ahora, todas las relaciones, y en particular las relaciones íntimas, acabarán fracasando y siendo disfuncionales. Puede que parezcan perfectas durante un tiempo, mientras estás «enamorado», pero esa perfección se altera invariablemente a medida que van produciéndose discusiones, conflictos, insatisfacciones y violencia emocional o incluso física..., momentos de tensión que suceden con creciente frecuencia.
Parece que la mayoría de las «relaciones amorosas» pasan a convertirse muy pronto en relaciones de amor/odio. En ellas, el amor puede dar paso en un abrir y cerrar de ojos a una agresividad salvaje, a sentimientos de hostilidad o a la total ausencia del afecto. Esto se considera normal. La relación oscila un tiempo, unos meses o años, entre las polaridades de «amor» y odio, y produce tanto placer como dolor. Es bastante habitual que las parejas se hagan adictas a estos ciclos.
La carga dramática hace que los miembros de la pareja se sientan vivos. Cuando se pierde el equilibrio entre lo positivo y lo negativo, y los ciclos destructivos se presentan con mayor frecuencia e intensidad —algo que acaba ocurriendo antes o después—, la relación no tarda en colapsar.
Puede parecer que todo estaría bien y la relación florecería estupendamente si lograras eliminar los ciclos negativos o destructivos; pero eso es imposible. Las polaridades son interdependientes. No se puede tener una sin la otra. Lo positivo ya contiene en sí la semilla de lo negativo. Ambos son, de hecho, aspectos de la misma disfunción. Aquí estoy hablando de lo que suele conocerse como relaciones románticas; no del verdadero amor, que no tiene opuesto porque surge de más allá de la mente. El amor, como estado continuo, aún es muy raro y escaso, tan escaso como un ser humano consciente. No obstante, puede haber breves y elusivos vislumbres de amor cuando se producen discontinuidades en la corriente mental, espacios en la cadena de pensamientos en los que "únicamente" hay silencio y una Presencia total del Ser.
Resulta más fácil reconocer como disfuncional el lado negativo de una relación que el positivo. Y también es más fácil que veas el origen de la negatividad en tu compañero o compañera que en ti mismo. La disfuncionalidad puede manifestarse de muchas maneras: posesividad, celos, control, retraimiento y resentimiento no manifestado, necesidad de tener razón, insensibilidad y ensimismamiento, exigencias emocionales y manipulación, tendencia a discutir, criticar, juzgar, culpar o atacar, rabia y venganza inconsciente por el daño sufrido en el pasado a manos de un padre, ira y violencia física.
En el aspecto positivo, estás «enamorado» de tu compañero o compañera. Al principio, éste es un estado muy satisfactorio. Te sientes inmensamente vivo. Tu existencia adquiere repentinamente significado porque alguien te necesita, te quiere y te hace sentirte especial, y tú haces lo mismo por ella o por él. Cuando estáis juntos, os sentís completos. El sentimiento puede llegar a ser tan intenso que el resto del mundo parezca insignificante.
No obstante, quizá te hayas dado cuenta de que esta intensidad tiene una cualidad de necesidad y apego. Te vuelves adicto a la otra persona. Él o ella actúa sobre ti como una droga. Cuando la droga está disponible te sientes muy bien, pero la posibilidad o el simple pensamiento de que esa persona pueda no estar disponible provoca celos, posesividad, intentos de manipulación mediante chantaje emocional, culpas y acusaciones; en resumen: miedo a la pérdida. Si la otra persona te abandona, ese hecho puede dar lugar a la mayor hostilidad o a la pena y a la desesperación más hondas. La ternura amorosa puede convertirse en una agresividad salvaje o en un dolor horrible. Y en tal caso, ¿adonde ha ido el amor? ¿Puede el amor transformarse instantáneamente en su opuesto? ¿Fue amor lo que hubo en primer lugar o sólo un apego adictivo?

DE LAS RELACIONES ADICTIVAS A LAS RELACIONES ILUMINADAS

¿Podemos convertir una reacción adictiva en una relación iluminada?
Sí. Estando presente e intensificando progresivamente tu presencia mediante la atención al ahora. Tanto si vives solo como si vives en pareja, ésta es la clave. Si quieres que florezca el amor, la luz de tu presencia debe ser lo suficientemente intensa como para no verte arrollado por el pensador o por el cuerpo-dolor, -vease el espacio que hablo sobre el cuerpo-dolor- confundiéndolos con quien eres. Conocerse como el Ser que está detrás del pensador, la quietud que está detrás del ruido mental, el amor y la alegría por detrás del dolor, eso es libertad, salvación, iluminación. Desidentificarse del cuerpo-dolor es llevar la presencia al dolor y así transmutarlo. Desidentificarse del pensamiento es poder ser el observador silencioso de tus pensamientos y de tu conducta, especialmente de los patrones repetitivos de tu mente y de los roles que representa tu ego.
Si dejas de ensuciar la relación con el ego, de investirla de «yoidad», la mente pierde su cualidad compulsiva. Esta cualidad de la mente, en la que se comporta de forma inconsciente y compulsiva, está formada básicamente por la constante tendencia a juzgar y a resistirse a lo que es, creando así conflicto, drama y más dolor. De hecho, en el momento en que dejas de juzgar y aceptas lo que es, eres libre de la mente. Has creado espacio para el amor, para la alegría, para la paz. Primero dejas de juzgarte a ti mismo; después dejas de juzgar a tu pareja. El mayor catalizador del cambio en las relaciones es la aceptación total de tu pareja tal como es, dejando completamente de juzgarla y de intentar cambiarla. Eso te lleva inmediatamente más allá del ego. A partir de entonces todos los juegos mentales y el apego adictivo se acaban. Ya no hay víctimas ni verdugos, ni acusadores ni acusados. La aceptación total también supone el final de la codependencia; ya no te dejas arrastrar por el patrón inconsciente de otra persona, y de este modo se termina continuidad de un ser y un obrar inconscientes. Entonces, o bien os separáis —con amor—, o bien entráis juntos más profundamente en el ahora, en el Ser. ¿Es así de simple? Sí, es así de simple.

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El amor es un estado de Ser. Tu amor no está fuera; está en lo profundo de ti. Nunca puedes perderlo, no puede dejarte. No depende de otro cuerpo, de otra forma externa. En la quietud de tu presencia puedes sentir tu propia realidad informe e intemporal: es la vida no manifestada que anima tu forma física. Entonces puedes sentir la misma vida en lo profundo de los demás seres humanos y de las demás criaturas. Miras más allá del velo de la forma y la separación. Esto es alcanzar la unidad. Esto es amor.
¿Qué es Dios? La eterna Vida Una que subyace a todas las formas de vida. ¿Qué es el amor? Sentir la presencia de esa Vida Una en lo profundo de ti y dentro de todas las criaturas. Ser esa Vida Una. Por lo tanto, todo amor es el amor de Dios.

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El amor no es selectivo, del mismo modo que la luz del Sol no es selectiva. No hace a una persona especial. No es exclusivo. La exclusividad no tiene que ver con el amor de Dios, sino con el «amor» del ego. No obstante, la intensidad con la que se siente el verdadero amor puede variar. Puede haber una persona que te refleje el amor más claramente y con más intensidad que las demás, y si esa persona siente lo mismo hacia ti, se puede decir que estás en una relación de amor con él o con ella. El vínculo que te conecta con esa persona es el mismo vínculo que te une con la persona que se sienta a tu lado en el autobús, o con un pájaro, con un árbol o una flor. Lo único que varía es su grado de intensidad.
Aun en una relación adictiva, puede haber momentos en los que brille algo más real, algo más allá de las mutuas necesidades adictivas. Son momentos en los que tanto tu mente como la de tu pareja desaparecen brevemente y el cuerpo-dolor se queda temporalmente adormecido. A veces esto ocurre durante los momentos de intimidad física, o cuando ambos estáis contemplando el milagro del nacimiento de un niño, o en presencia de la muerte, o cuando uno de vosotros esté gravemente enfermo..., cualquier ocasión en que se ponga de manifiesto la impotencia de la mente. Cuando sucede esto, tu ser, que generalmente está enterrado debajo de la mente, se revela, y eso hace posible la verdadera comunicación.
La verdadera comunicación es comunión: la realización de la unidad, que es amor. En general, este estado vuelve a perderse rápidamente a menos que puedas estar lo suficientemente presente como para dejar de lado la mente y sus viejos patrones. En cuanto regresa la mente y tu identificación con ella, dejas de ser tú mismo y pasas a ser una imagen de ti mismo, vuelves a jugar los juegos y a representar los papeles que satisfacen las necesidades de tu ego. Vuelves a ser una mente humana pretendiendo ser un ser humano, interactuando con otra mente y representando un drama llamado «amor».
Aunque es posible tener breves atisbos, el amor no puede florecer a menos que estés permanentemente liberado de la identificación mental y tu presencia sea lo bastante intensa como para haber disuelto el cuerpo-dolor, o hasta que puedas, al menos, mantenerte presente como observador. De ese modo, el cuerpo-dolor no podrá arrebatarte el control y destruir el amor.

martes, 9 de julio de 2013

Valor real del éxito y del fracaso

Éxito y fracaso son dos evaluaciones finales y opuestas de una tarea emprendida.
En cualquier acto que se real¡za existen básicamente tres fases:
Propósito. En la que tiene lugar el deseo y la intención de realizarla, decidiéndose de un modo más o menos consciente la conveniencia o no de actuar. El propósito tendrá una duración y complejidad relativas a la importancia de la tarea a realizar y va en función de la voluntad del sujeto.
Acción. En esta fase se pone en práctica el propósito. El individuo ejecuta la actividad deseada persiguiendo unos objetivos. Está en función de la capacidad personal e influida por los condicionamientos internos o anímicos y ambientales.
Fin. Fase en la que se consigue o no el objetivo buscado. Se manifiesta el resultado final del propósito y de la acción y tiene lugar un juicio valorativo del proceso.

Generalmente se juzga la actuación en función de sus objetivos: si se consiguen los fines pretendidos con ese propósito, se dice que la tarea ha sido un éxito. Si no se logran, se dice que ha sido un fracaso.
Por lo regular, el fracaso puede suceder por error en el propósito: intención equivocada, pretensiones ilusorias, objetivos inalcanzables, etc., o por error en la actuación, hecho que no depende exclusivamente del sujeto; existe una notable, y a veces decisiva, influencia de los condicionantes y circunstancias ambientales.

La valoración del éxito o fracaso de una empresa se realiza desde dos puntos de vista:
Análisis objetivo. Mediante la observación desde el exterior de la acción realizada por el sujeto y, sobre todo, del logro final de los objetivos.
Análisis subjetivo. Realizado por el propio sujeto y en función de la satisfacción personal conseguida.

Ambas evaluaciones no tienen por qué coincidir necesariamente. No es rara la disparidad de criterios entre ejecutante y observador ante una labor realizada. El primero puede sentirse muy satisfecho de su obra y en cambio no recibir la aprobación general, y viceversa. Esto se observa habitualmente en el terreno artístico. Cuando la intención del individuo es tan sólo buscar la aprobación general, obviamente el análisis objetivo y subjetivo deben coincidir para conseguir el éxito.
El valor real del éxito o el fracaso se debe buscar en la integración mental y en la repercusión afectiva que ambos conceptos tienen en el sujeto protagonista de la acción, ya que los dos enjuiciamientos pueden determinar la sucesiva forma de actuar, bien como estímulo (el éxito) o bien como freno (el fracaso).
El éxito incita a la acción en busca de nuevos éxitos, condicionándola positivamente. El fracaso, en cambio, induce a la paralización para prevenir y evitar otros posibles fracasos.
Éste es un fenómeno de aprendizaje que debe tenerse muy en cuenta cuando se persiguen fines educativos: premiar una labor bien realizada tiene mucha más influencia en la conducta que el castigo por la labor fracasada. Un premio es un incentivo que anima a actuar al resaltar el éxito. Con el castigo se inhibe la acción por miedo al mismo.
Por algo parecido, algunas personas se mueven en su vida siguiendo la ley del «todo o nada». Poseen un perfeccionismo exagerado, junto a una capacidad nula para asumir el fracaso. Por tal motivo viven paralizadas en sus acciones y decisiones, pues piensan que es mejor no actuar que actuar con el riesgo del fracaso: «Como seguramente no lo haré bien, mejor, no lo hago.» No son conscientes de que tomar decisiones y actuar es algo que encierra posibilidades tanto de éxito como de fracaso, mientras que el no actuar es objetivamente un fracaso siempre, porque nunca se alcanzará fin alguno.
En toda conducta existen probabilidades de éxito o de fracaso, tan válido uno como el otro para poder modular dicha conducta. Y ha de tenerse en cuenta que la satisfacción plena tras una tarea realizada se consigue pocas veces, y que, tal vez, sea más positivo sentirse «satisfecho pero sabiendo que todo es mejorable», para mantener un espíritu de superación.
 


domingo, 7 de julio de 2013

Enfermedades psicosomáticas

Al paciente, tras mucho deambular de médico en médico, le han mandado al psiquiatra, por un acné, una úlcera de estómago, asma o un dolor sin causa aparente. ¿Cómo es posible? Por algo que parece enteramente una enfermedad orgánica le remiten al «especialista de los nervios» y le dicen que padece un trastorno psicosomático.
Como su mismo nombre indica, en las enfermedades psicosomáticas se combinan lo psíquico y lo somático. Mente y cuerpo forman una unidad indivisible en permanente diálogo y que mantiene intercambios constantes con el exterior; los estímulos psíquicos pueden en un momento dado alterar la armonía de esta estructura. Esta idea es el punto de partida y apoyo de la medicina psicosomática, rama de la medicina a caballo entre la psiquiatría y la medicina general. En los problemas psicosomáticos se parte de un conflicto puramente psicológico, que, al no ser elaborado de forma correcta, hace surgir una enfermedad somática con toda su sintomatología, como una úlcera gastroduodenal, un eczema o una hipertensión, apareciendo una lesión orgánica evidente y demostrable. En esto se distingue de un proceso neurótico que también tiene como partida un conflicto psíquico y una manifestación somática, pero que, sin embargo, no cuenta con una lesión orgánica, ni una expresión física cuantificable que justifique los síntomas corporales.
En la aparición de estos procesos intervienen factores psicológicos, biológicos, sociales y de aprendizaje. Tensión, miedo y angustia, junto al exceso de trabajo y actividad, generan el estrés que va produciendo cambios en el organismo. Se alteran las hormonas, aparecen descargas de adrenalina, el organismo se resiente y, en un momento dado, un órgano lanza una señal de alarma. Surge una enfermedad somática en respuesta a la inquietud psicológica, es una consecuencia del estrés. En la elección del órgano no se actúa al azar, sino que siempre se afecta al más débil. Es la teoría de la inferioridad de los órganos: ante un problema psicológico que tiene que aflorar por algún sitio, se aprovecha el punto más débil para la somatización. Esta respuesta se puede repetir; cuando el sujeto se ve envuelto en conflictos y tensiones, aparece el mismo problema orgánico que en situaciones similares. Se produce también un fenómeno de conversión que consiste en que un síntoma psicológico se convierte en otro orgánico con el que de alguna manera tiene una relación simbólica. Por ejemplo, ante un problema de relación con otras personas el inconsciente se manifiesta a través de un problema en la piel.
Las enfermedades psicosomáticas se relacionan con la capacidad de expresión verbal condicionada por factores socioculturales. A medida que ésta es más baja, la persona tiende a expresarse más con un lenguaje corporal y el mismo camino siguen sus conflictos psicológicos. Apunta una personalidad psicosomática al estilo de las personalidades neuróticas, con un yo superestructurado incapaz de comunicar los conflictos del subconsciente, pero que, ante la necesidad de expresarlos, los materializa al corporizarlos.
Finalmente, hay que anotar lo que en psiquiatría se llama la «ganancia secundaria»; a través de la enfermedad, el enfermo puede obtener una serie de beneficios más o menos valorables, como más atención por parte de quienes lo rodean, consideraciones especiales en el trabajo, en la familia, una baja... Así, de forma consciente o inconsciente, el enfermo puede querer seguir siéndolo.
Hay una serie de puntos a tener en cuenta en las enfermedades psicosomáticas:
— Pueden independizarse de la causa psicológica que las originó e ir avanzando en el plano orgánico, transformándose en un proceso patológico independiente.
— Pueden manifestarse por fases, de acuerdo a las crisis de la biografía del enfermo.
— Pueden cambiarse de un trastorno psicosomático a otro, sin reglas fijas, y dependiendo de las situaciones ambientales y personales que concurran en cada momento.
— Pueden asociarse a otros procesos psicopatológicos, como la depresión o la crisis de angustia.

Enfermedades psicosomáticas:
Aparato digestivo:
— Úlcera gastroduodenal.
— Colitis ulcerosa.

Aparato respiratorio:
— Asma.
— Alergia respiratoria.
— Síndrome de hiperventilacíón.
— Síndrome de retención respiratoria.
— Rinitis vasomotora.

Piel:
— Eczema.
— Psoriasis.
— Acné.
— Hiperhidrosis.
— Alopecias.

Aparato cardiovascular:
— Hipertensión arterial.
— Síndromes algoriodes, enfermedades coronarias.
— Arritmias cardíacas.
Cefaleas.

Enfermedades ginecológicas:
— Síndrome de Tensión Premenstrual.
— Dismenorrea (regla dolorosa).
— Trastornos menopáusicos.

Disfunciones sexuales:
— Impotencia.
— Frigidez.
— Vaginismo.

Enfermedades del sistema endocrino:
— Obesidad.

Enfermedades psiconeurovegetativas.

El espectro de las enfermedades psicosomáticas es ciertamente amplio, incluye más aún de las que aparecen en este cuadro, pero hay que tener en cuenta que, aunque estas enfermedades pueden ser psicosomáticas, no siempre lo son. A la hora del diagnóstico, lo primero es descartar que no se trate de un proceso orgánico (una cefalea, dolor de cabeza, puede deberse a una lesión cerebral y no tener nada que ver con la situación psicológica). Existe el riesgo de convertir la patología psicosomática en un cajón de sastre donde todo puede ir a parar. Esto es grave, puede poner en peligro la vida de una persona y por supuesto retrasar el diagnóstico y el tratamiento de lo que verdaderamente le ocurre.
En el tratamiento hay que combinar la asistencia del médico general o especialista con el psiquiatra. Entre ambos se tratan las vertientes orgánicas y psicológicas de la enfermedad. Uno trata la úlcera, el acné o la hipertensión. El otro se encamina al origen en sí del problema psicosomático y, posiblemente, de otros cuadros acompañantes, como la angustia o la depresión. Existen dos armas fundamentales para el psiquiatra: la psicoterapia y los psicofármacos, que combina a la hora de afrontar este problema.
 


miércoles, 3 de julio de 2013

Las frustraciones


El ser humano goza de una energía motora gracias a la cual adopta una postura, más o menos dinámica, ante la vida. Esta energía vital está canalizada por una especie de resortes —los impulsos— que son los encargados de dar una dirección y un objetivo a esta postura (que puede ser tanto activa como pasiva) para que tenga un sentido.
El impulso sería el equivalente al instinto de los animales irracionales. Al igual que éste, está determinado genéticamente; la gran diferencia es que el impulso humano tiene un fuerte componente racional.
Cuando se activa un impulso se produce un estado de tensión o excitación psíquica. Esta tensión impulsa a la persona a actuar para liberar dicha tensión, que no se extinguirá totalmente hasta que no se haya realizado el acto al que impulsa.
Si surge un impulso y la persona no es capaz de satisfacerlo, aparece lo que llamamos frustración, que se manifiesta como un estado de vacío o anhelo insaciado.
Obviamente, el grado de frustración irá en función del grado de intensidad del impulso malogrado. Es como si toda la energía emitida para conseguir un objetivo, al no lograrlo, rebotara contra el mismo sujeto que la ha generado. A mayor acción impulsora, mayor reacción frustrante.
Esto no quiere decir que haya una proporcionalidad directa entre el objetivo a conseguir y la sensación de frustración que produce el no lograrlo. El grado de intensidad de la frustración depende, sobre todo, de la fuerza del deseo, más que del objetivo en sí (y, por supuesto, desde el punto de vista de su repercusión en la psique, es mucho más importante la mayor o menor intensidad de la frustración, que el hecho que la ha originado).
Pongamos un ejemplo: Un joven desea estudiar una carrera determinada, pero no aprueba el examen de ingreso en la Universidad y, lógicamente, esto le hace sentirse frustrado. La misma joven va luego a comprarse unos pantalones que le han gustado mucho y que ha visto anunciados en un escaparate, pero al probárselos, no le sirve la talla, sintiéndose nuevamente frustrado. Puede, entonces, darse el caso de que la segunda frustración sea para este joven, más profunda y decisiva que la primera. Obviamente, unos pantalones son menos importantes que una carrera universitaria, pero para alguien que le concede mayor importancia a su aspecto físico que a la posesión de un título superior, son, subjetivamente, más importantes.
Las frustraciones comienzan a aparecer ya desde las primeras etapas de la vida. El recién nacido depende absolutamente de su madre, que lo atiende, cuida y alimenta (fase oral de la vida); al finalizar el período de la lactancia, nota un cierto distanciamiento por parte de la madre, que ya no colma el cien por cien de sus necesidades, se siente abandonado, brotando de ese sentimiento la primera frustración. Este hecho provoca una pequeña reacción de agresividad en el niño, que, al mismo tiempo, comienza a darse cuenta de la fuerza que puede ejercer sobre sus padres con sus funciones corporales (fase anal).
Posteriormente, aparece el deseo de vencer su situación de dependencia ante el adulto, dirigiendo sus impulsos hacia la búsqueda de seguridad, afirmación, dominio y amor propio. Con ello inicia su autorrealización, que culminará con la madurez.
Pero, realmente, todo este proceso no es más que una larga «carrera de obstáculos». A lo largo de nuestro desarrollo vital nos encontramos con innumerables barreras que dificultan o impiden la realización de nuestros deseos e impulsos.
La auténtica madurez y fortaleza del Yo se consigue cuando asumimos nuestras limitaciones. Cuando sabemos convivir con las frustraciones producidas ante acontecimientos insuperables. Cuando nuestras metas y objetivos se asientan sobre un plano real, relegando nuestras fantasías al campo de la ensoñación, y sabiendo, en todo momento, que no somos ni dioses ni superhombres.
Gran parte de la patología neurótica se nutre del mundo de las frustraciones, que desencadenan en la persona conductas agresivas, tanto hacia el exterior como hacia el interior, transformando al individuo en un ser antisocial o autodestructivo.


martes, 2 de julio de 2013

La concentración.


La mente puede ser muy poderosa. Todo se experimenta en última instancia a través de la mente. En el escenario de la mente se vivencia la propia íntima y relativamente privada realidad psíquica. La mente tiene la capacidad de amplificar o minimizar, es el órgano de la percepción y del conocimiento, y en ella se encuentran las funciones de la imaginación, la memoria, la atención, el juicio, el discernimiento y la consciencia. En la mente ocurren todos los procesos de raciocinio como medir, comparar, analizar, diferenciar, inducir o deducir. La mente, pues, es un instrumento vital que acompaña al ser humano desde el nacimiento hasta la muerte. Pero no es lo mismo una mente dispersa y fragmentada que una mente estable y bien gobernada, una mente caótica y confusa que una mente clara y penetrativa, una mente difusa y agitada que otra encauzada y sosegada.

La mente dispersa crea muchas dificultades, entendimiento incorrecto, tensiones y alimenta sus propios errores. La mente unificada, establecida con firmeza, bien sujeta bajo el mando de la consciencia y la voluntad, es una herramienta valiosísima y fiable. Por todo ello es necesario tener en la medida de lo posible una buena mente, y esto significa tener una mente que nos obedece, que reflexiona con claridad y precisión, que sabe dejar de pensar y sosegarse. Muy pocas personas tienen una mente así. Los seres humanos, hasta que no vivimos espiritualmente, somos como una hoja a merced del vendaval de nuestros automatismos mentales y no podemos decir en justicia que pensamos, sino que la mayoría de las ocasiones somos pensados por nuestros pensamientos mecánicos.

De la misma manera que la dispersión mental debilita, neurotiza, confunde y desarmoniza, la concentración mental nos cohesiona psíquicamente, nos protege contra pensamientos inadecuados e insanos y de estados mentales perniciosos, os permite un juicio más profundo y esclarecido, potencia la memoria y nos permite hacer todo con mayor precisión, cordura y habilidad.

Una mente concentrada es una bendición. La concentración es la fijación de la mente en un soporte, la capacidad de que la mente se estabilice en el objeto que la ocupa. Así como toda fuerza canalizada gana en potencia, también la mente canalizada obtiene mayor penetración y hace posible una comprensión más enriquecedora y profunda.

Hasta que comenzamos a conocer la mente y empezamos a ejercitarnos en su saludable dominio, esta es fluctuante como la llama de una vela expuesta al viento. La mente del ser humano suele ser caótica y tiende a crear muchas dificultades innecesarias. Sólo mediante el ejercicio de una vida espiritual se va aprendiendo a concentrar la mente, sólo cuando nacen la benevolencia, la compasión y la ecuanimidad, la mente vive la estabilidad. Una mente menos zarandeada por el apego y la aversión también es más segura y menos fluctuante.

En la vida espiritual la concentración juega un papel fundamental, porque de la virtud de la concentración surge la sabiduría que libera e ilumina. Una mente concentrada es una mente que se vigila y se custodia mejor a sí misma y que no se deja alterar por lo banal y por lo superfluo. Una mente concentrada puede contemplar, imperturbable, la dinámica de la existencia y no se deja confundir por las apariencias. Es necesario aprender a mantener la mente más atenta en la propia vida cotidiana, encontrarse presente en lo que se está haciendo y evitar el automático y atosigante parloteo mental.

Una mente concentrada es necesaria en la senda espiritual. Hay que ser paciente en el ejercicio de la concentración, que gana en intensidad y pureza con la práctica perseverante y gradual, pues al principio la mente se escapa una y otra vez al control de la persona, pero, con paciencia, se debe una y otra vez también, regresar al objeto de la concentración. Una mente dispersa es como una casa mal techada en la que entran el granizo, la lluvia y la nieve, pero una mente concentrada es como una casa bien techada donde no penetran esos elementos. La mente concentrada adquiere estabilidad, energía y fuerza, y se convierte en una aliada en cualquier momento y circunstancia. Ayuda a vencer las dificultades y libera de toda esa agitación mental que produce lo que se toma por desdicha e inquietud. Una mente concentrada está capacitada para penetrar en cualquier tema o aspecto y excluye todos los pensamientos inútiles y parásitos.

 
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Concentrarse es fijar la mente en un punto con exclusión de cualquier otro.
En la naturaleza, las múltiples manifestaciones de la energía son fuerzas poderosísimas, pero ciegas, que necesitan ser controladas por la inteligencia del hombre, quien obtiene así de ellas un fruto positivo. El agua, por ejemplo, puede resultar una fuerza destructora que arrasa y asola, y también, debidamente canalizada, puede convertirse en una fuente extraordinaria de vida y de riqueza. Hasta ahora, la humanidad ha tratado de someter y utilizar con propósitos constructivos algunas de estas fuerzas a medida que ha descubierto su poder.
La concentración es la técnica para canalizar y someter a la más sutil y poderosa de todas las fuerzas de la naturaleza: la energía mental o pensamiento.
La mente tiende siempre a manifestarse en forma de hábitos, a recorrer caminos que le son gratos y conocidos, desperdiciando así la mayor parte de su potencial, que podría muy bien utilizarse en fecundar e iluminar las espesas tinieblas de lo desconocido.
La práctica de la concentración tiene por objeto adiestrar a la mente para que pueda dirigirse a lugares u objetos determinados a voluntad y conscientemente. Así como un invidente que ha de aprender a moverse en una ciudad desconocida necesita un entrenamiento previo, la mente, antes de familiarizarse con un nuevo camino, necesita un adiestramiento largo y específico.
Esta práctica comienza con el control de los sentidos. Sabido es que los sentidos son como grandes boquetes por los que se escapa en torrente nuestro flujo mental, creándose así una corriente hacia lo exterior, que inestabiliza la mente e impide la concentración. El flujo mental, una vez rebasado el boquete de salida, se precipita hacia la nada por los innumerables cauces del hábito, arrastrando consigo, inútilmente, un enorme caudal de energía. Para controlar esta fuga constante de energía es preciso colocar un juego de válvulas o compuertas que regulen el paso de los sentidos, dejando salir solamente aquella cantidad de energía que sea precisa en determinados momentos y teniendo, en otros, la posibilidad de cerrar completamente la salida al exterior y concentrar toda la energía en propósitos introspectivos.
Este juego de válvulas que regula el paso de la mente hacia lo exterior es la disciplina de los sentidos. Es el quinto paso en el camino del Raya Yoga y recibe el nombre sánscrito de Prathyahara(entrenamiento para hacer la mente introspectiva).
Cuando los sentidos pueden cerrarse a voluntad a lo exterior, uno se encuentra con el vasto mundo de lo interior, poblado de recuerdos e imaginaciones y tan tentador y seductor como el exterior. Es preciso entonces retirar la atención de este juego ilusorio de la mente y fijarla conscientemente en un solo punto. Aquí comienza la concentración.
Es muy difícil, al principio, mantener la mente apartada de sus cauces habituales, pero la práctica constante va imprimiendo un nuevo surco en la sustancia mental por el que la atención discurre cada vez con mayor facilidad. Cuando este nuevo cauce es lo suficientemente profundo, la corriente mental, arrastrada por la atención, fluye intensamente por él, de un modo suave, regular y uniforme. En este momento se ha producido la concentración. Una sola idea ocupa la mente y toda la energía está concentrada en esa idea única.
Todo el mundo posee cierta capacidad de concentración, pero para la evolución espiritual es preciso desarrollar esta facultad hasta un grado muy alto. Un científico concentra su mente e inventa muchas cosas nuevas. A través de la concentración, perfora las capas más gruesas de la mente y penetra profundamente en las regiones más elevadas donde obtiene un conocimiento más profundo. El investigador proyecta su intelecto sobre los materiales que analiza y descubre sus secretos.
Toda nuestra vida es un constante ejercicio de concentración. Igual que solamente somos capaces de hacer una cosa a la vez, deberíamos tener siempre una sola idea en la mente: la idea de aquello que estamos haciendo en un momento determinado. Eso nos convertiría en genios. La única diferencia entre un genio y una persona ordinaria es su capacidad de concentración. Quien es capaz de concentrar y proyectar todas sus energías en una disciplina cualquiera se convierte en un genio. Los santos concentran su pensamiento en Dios y adquieren un magnetismo divino que intoxica espiritualmente a cuantos entran en contacto con ellos.
La concentración es necesaria para hacer nuestra vida fecunda. Uno debe elegir un ideal y concentrarse plenamente en él. Sin distracciones. Solamente así puede obtenerse éxito en la vida. Los inestables, los eternos buscadores, los que prueban un poco de aquí y un poco de allá, sin decidirse jamás por un camino u otro, son perfectos ejemplos de dispersión. Tales personas pueden pasarse horas enteras sentadas tratando de concentrar su mente, pero todo lo que pueden hacer es construir castillos en el aire. La mayor parte de sus energías las gastan en la murmuración y el regalo de los sentidos. Pretenden buscar la verdad, pero lo único que quieren es un método maravilloso y exclusivo que les conduzca rápidamente a la realización sin ninguna disciplina y sin verse obligados a prescindir de aquello que atrae a sus sentidos y dispersa su mente. ¿Cómo pueden disfrutar de paz quienes albergan tal inquietud y desasosiego? ¿Cómo pueden tales personas alcanzar logro alguno, temporal o espiritual?
La más elevada de las tareas del hombre, la única que puede liberarle de todas sus miserias, la que constituye el objeto de toda existencia, es la concentración en lo divino. Llevar una vida espiritual no es otra cosa que entrenarse en este ejercicio glorioso de concentrar la mente en lo divino y apartarla, gradualmente, de lo mundano. Todas las demás prácticas y ejercicios tienen como finalidad última capacitarnos para llevar a cabo con éxito este alto cometido.
La concentración puede ser interna o externa; abstracta o concreta, dependiendo de que la atención se enfoque en un punto exterior o interior; en un objeto concreto o en un concepto abstracto. Cada uno puede elegir para su práctica aquel objeto con el que se sienta más identificado: una imagen, un chakra o centro de energía espiritual, la llama de una vela o una idea abstracta (Paz, Dios, Amor). Lo verdaderamente importante no es el objeto elegido, sino que exista concentración y que ésta se emplee inteligentemente con propósitos evolutivos y espirituales.

Aprovecha lo que tienes

Cuánto tienes a tu alcance para hacer algo no es ni por asomo tan importante como lo que decidas hacer con ello. Muchísima gente que se volv...