jueves, 1 de octubre de 2015

Demagogia, una condena social



Cada sociedad es un grupo humano caracterizado por una forma de vida humana, y aunque cada sociedad comprende varios grupos de individuos con características menos generales en cada sub-grupo, lo que cuenta es que la vida social es la forma natural de nuestra existencia. Los diferentes círculos sociales a que puede pertenecer cada individuo corresponden a la familia, la religión, los amigos, los compañeros de estudio o de trabajo. Las sociedades que agrupan individuos con más generalidades son los países, las ciudades, las razas y el origen de procedencia. Toda sociedad ejerce una influencia de poder sobre sus miembros, basada en la memoria colectiva que la sociedad conserva como parte de su experiencia a través del tiempo, fijando según esa experiencia normas no escritas de conducta que los individuos acatan con naturalidad y a las que cada cual sólo puede renunciar con actos de conciencia individuales.
La experiencia social nunca permanece estancada, a pesar de la voluntad de sus miembros más conservadores; pero tampoco acepta los cambios inmediatos, a pesar de la voluntad de sus miembros más reformistas y de la razonabilidad de sus argumentos. Cada sociedad tiene su propio dinamismo basado en los resultados de los cambios que ha experimentado y que continúa experimentando a través del tiempo. Tampoco las sociedades, por primitivas que se consideren, dictan normas basadas en la ignorancia. Lo hacen según el resultado de sus experiencias como negativa a repetir errores. Sin embargo; los resultados distan de ser conocimiento científico, e incluso a veces pueden resultar anticientíficos, pero en general sus normas corresponden a lo que el cuerpo social considera bueno o útil, sin que se defina la realidad de lo que corresponde a estos términos.
Esta forma de conocimiento social es más apropiado considerarla como creencias; pero las mismas sociedades pueden cambiarlas a través de nuevas experiencias, y de hecho así lo hacen. Para ello ya si se puede contar con conocimientos científicos que vaya aceptando la generalidad de los individuos y los conceptos filosóficos que vayan calando en la mentalidad de ellos. Es la forma como se logran las reformas sociales, después del período de experimentación práctica que por lo general resulta lento y difícil.
Ejemplo histórico de la lentitud en reformas sociales fue el paso del poder absoluto a la democracia en Inglaterra. Esta reforma tuvo origen en el Siglo XIII con una revolución de los nobles contra el rey Juan Sin Tierra, la cual impuso un poder parlamentario, lo que moderó pero no logró acabar el poder absoluto. Cuatro siglos después, en la revolución de 1642, con el triunfo de Oliver Cromwell contra Carlos I, se logró fortalecer el parlamento, y finalmente en 1689, en una revolución sin derramamiento de sangre, la llamada la Revolución Gloriosa, logró imponerse definitivamente, cambiando la soberanía del rey por la soberanía del pueblo y haciendo operante la democracia.
Las creencias impuestas por la sociedad ofrecen a los individuos cierta forma de seguridad pero como contrapartida imponen prejuicios, emociones, miedos y esperanzas, cuyo contagio social da mayor fuerza a estos sentimientos que cuando son originados individualmente. Son éstas las debilidades humanas que utilizan los demagogos para buscar poder y lograr ventajas para sí y para el círculo que lo secunda. Los demagogos potencian y convierten en armas a su favor las debilidades que crea la sociedad, agregando temores nuevos a peligros que sólo existen en la fantasía estratégica de los demagogos. Mejor que acudir a la historia en busca de un ejemplo, observemos el caso actual de Venezuela con Maduro y su antecesor Chávez, quienes han culpado de todos los males y de sus errores a las “oligarquías”, a la oposición y al “imperialismo yankee”. Los demagogos crean estrategias que despojan de su transparencia y ventajas a la democracia, en su afán de mantenerse en el poder.
El mayor o menor grado de practicar la demagogia es lo que hace la diferencia entre malos y peores a los gobiernos de nuestro mundo actual. Todos se atribuyen su calidad de demócratas, y la democracia, aun reconociendo que es la mejor forma de gobierno que la humanidad ha encontrado, conlleva su tendencia a la demagogia, como lo comprendió Aristóteles desde la antigüedad, por lo cual él se oponía a esta forma de gobierno, “porque llevaba a la corrupción de la república”, ya que para él la demagogia no era sólo el origen de la corrupción sino la corrupción misma.
Quienes han contribuido en la formación del sistema democrático no han ignorado desde un principio las amenazas que la debilitan y han buscado soluciones. Al voto popular que la constituye se ha agregado la división del poder en tres ramas independientes, la legislativa, la ejecutiva y la judicial. Otra práctica creada para evitar un creciente poder centralista es la división de la rama ejecutiva en poderes estatales, provinciales y locales.
En nuestra América Latina que, como todo el mundo presume de demócrata, siguen surgiendo algunos burdos caudillos, que aunque no vistan casacas y uniformes militares sino prendas civiles y a veces hasta trajes originales o indígenas, no ocultan su inclinación caudillista de demagogos que se aferran al poder como garrapatas, succionando con antídotos la sangre de sus presas. Son tan burdos en su estrategia demagógica que no tienen pudor para acallar la libertad de prensa en nombre de la libertad misma.
Nuestros políticos incapaces que por engaños o golpes de suerte llegan al poder, y para sostenerse en él, a falta de realizaciones, disponen siempre de la demagogia. Apelan constantemente al pueblo para liberarse de las corrientes intelectuales y las políticas económicas modernas que son incapaces de digerir. Así en su lenguaje limitado pero fuerte y lleno de consignas populares todo lo justifican como lo más apropiado para las mayorías más sufridas de la sociedad, como inspiradoras de sus actos. Incapaces de ofrecer beneficios generales a prueba de tiempo ofrecen beneficios limitados y cortoplacistas. En vez de favorecer la economía general, destruyen logros hechos a base de tiempo y esfuerzo. Se exceden estableciendo medidas de control y su esfuerzo queda reducido a las estrategias demagógicas y a encontrar medios de apariencia legal para acallar a sus adversarios.
Ni el socialismo ha sido enemigo de la democracia ni el capitalismo su sinónimo. La verdadera enemiga de la democracia es la demagogia que enmascara la ambición egoísta por el poder y se incrusta en la democracia para convertirla en feudos de poder. La demagogia antepone las ventajas de unos pocos al bienestar social y se niega a su incapacidad atrincherada en ideologías trasnochadas, porque estas son las que ofrecen un terreno más abonado para combatir el sentido práctico de que dispone la democracia actual, cuya experimentación desde el siglo XVIII le ha llevado a ceder en su ideología ante el razonamiento de sentido práctico. Pero la demagogia no puede ceder sin perder argumentos, reconociendo que la democracia y sus prácticas económicas, a pesar de errores pasados, han evolucionado a nuevas ideas de un mundo intercomunicado y en progreso.

LA PACIENCIA




La paciencia no es pasividad ante el sufrimiento, no reaccionar o un simple aguantarse: es fortaleza para aceptar con serenidad el dolor y las pruebas que la vida pone a nuestra disposición para el continuo progreso interno.
A veces las prisas nos impiden disfrutar del presente. Disfrutar de cada instante sólo es posible con unas dosis de paciencia, virtud que podemos desarrollar y que nos permitirá vivir sin prisas. La paciencia nos permite ver con claridad el origen de los problemas y la mejor manera de solucionarlos.

La paciencia es la virtud por la que soportamos con ánimo sereno los males y los avatares de la vida, no sea que por perder la serenidad del alma abandonemos bienes que nos han de llevar a conseguir otros mayores.
La paciencia es una virtud bien distinta de la mera pasividad ante el sufrimiento; no es un no reaccionar, ni un simple aguantarse: es parte de la virtud de la fortaleza, y lleva a aceptar con serenidad el dolor y las pruebas de la vida, grandes o pequeñas. Identificamos entonces nuestra voluntad con la de esa “chispa” divina de la que procedemos, y eso nos permite mantener la fidelidad en medio de las persecuciones y pruebas, y es el fundamento de la grandeza de ánimo y de la alegría de quien está seguro de hacer lo que le dicta su propia conciencia.

La paciencia es un rasgo de personalidad madura. Esto hace que las personas que tienen paciencia sepan esperar con calma a que las cosas sucedan ya que piensan que a las cosas que no dependen estrictamente de uno hay que darles tiempo.
La persona paciente tiende a desarrollar una sensibilidad que le va a permitir identificar los problemas, contrariedades, alegrías, triunfos y fracasos del día a día y, por medio de ella, afrontar la vida de una manera optimista, tranquila y siempre en busca de armonía.

Es necesario tener paciencia con todo el mundo, pero, en primer lugar, con uno mismo.

Paciencia también con quienes nos relacionamos más a menudo, sobre todo si, por cualquier motivo, hemos de ayudarles en su formación, en su enfermedad. Hay que contar con los defectos de las personas que tratamos –muchas veces están luchando con empeño por superarlos-, quizá con su mal genio, con faltas de educación, suspicacias... que, sobre todo cuando se repiten con frecuencia, podrían hacernos faltar a la caridad, romper la convivencia o hacer ineficaz nuestro interés en ayudarlos. El discernimiento y la reflexión nos ayudará a ser pacientes, sin dejar de corregir cuando sea el momento más indicado y oportuno. Esperar un tiempo, sonreír, dar una buena contestación ante una impertinencia puede hacer que nuestras palabras lleguen al corazón de esas personas.


Paciencia con aquellos acontecimientos que llegan y que nos son contrarios: la enfermedad, la pobreza, el excesivo calor o frío... los diversos infortunios que se presentan en un día corriente: el teléfono que no funciona o no deja de comunicar, el excesivo trafico que nos hace llegar tarde a una cita importante, el olvido del material del trabajo, una visita que se presenta en el momento más inoportuno. Son las adversidades, quizá no muy trascendentales, que nos llevarían a reaccionar quizá con falta de paz. En esos pequeños sucesos se ha de poner la paciencia.