viernes, 25 de octubre de 2013

El mundo interior.

Debemos aprender a enfatizar las posibilidades de nuestro mundo interno, pues es en nuestro mundo interno en el que estamos continuamente sumergidos. Este mundo nos pertenece: donde quiera que vayamos, lo llevamos con nosotros y podemos contar con él, mientras que el mundo externo siempre nos reserva alguna que otra decepción. Si lo que buscamos es nuestro verdadero camino, la plenitud, debemos saber que podemos encontrarlos en nosotros mismos. El problema es que no nos conocemos, no sabemos todo lo que poseemos, todos nuestros tesoros, y nuestro conocimiento se pierde irremediablemente en tesituras inertes, sin sentido y de vana erudición. debemos esforzarnos para sentir y utilizar todos nuestros recursos.

Sin importar las cosas que puedan estar sucediendo fuera de ti, lo único que reflejarás es lo que tengas en tu. mundo interior El mundo interior es el motor que te impulsa a hacer o no hacer las cosas que quieres, es lo que te caracteriza y lo que gobierna todas tus acciones; si estás bien adentro por ende estarás bien afuera, o sea que eso es lo que transmitirás. Por eso, desarrollar y concentrarse en mejorar las relaciones internas hará que tengas una vida mucho más fácil, agradable y amena para ti.
Hay personas que sólo se concentran en estar bien afuera, en su apariencia y a veces lo hacen de una manera equivocada: copiando descaradamente a otros sin importar la coherencia con su mundo interior; estas personas así lo único que hacen es vivir la vida de otros, podrás darte cuenta que internamente están destrozados. Es interesante observar cómo pueden actuar y ejecutar acciones sin importar o tener en cuenta su originalidad, su propia mente o su mundo interior. No importa lo que ese pequeño mundillo tenga, los demás nunca sabrán lo que en realidad está detrás de ese cuerpo, por eso es fácil mentir, muy pocas personas tenemos la habilidad para descifrar lo que en sí se está transmitiendo internamente en ese ser, o sea, ver su mundo interior aunque esté tapado con una exagerada apariencia; siempre habrá algo que lo delatará, el más mínimo detalle indicará su verdadero yo.
Tener ligado tu mundo interior con las acciones permitirá que vivas más relajado y a gusto, la vida será más amena para ti y las personas con las que trates se sentirán mucho más cómodas contigo y te admirarán, si mantienes ese contacto eso llevará a cabo una consecuencia: la originalidad, que es algo que se valora en demasía y practicarla es sólo cuestión de sabios. Ser original implica tener muchos cambios y un rico mundo interior, es tener dominada tu mente a tal punto que sólo genere ideas únicas con las que podrás tener éxitos oportunos y saber aprovechar esas cualidades que nos puede brindar el mundo interior sería bastante gratificante.
¿Te imaginas rindiendo en el trabajo, escuela, universidad sólo controlando tu mundo interior? Aunque no lo creas es algo complejo, para tener esa capacidad se requiere mucha concentración y paciencia, porque cuando aquí me refiero al mundo interior estoy hablando directamente de tu mente inconsciente, y establecer esa comunicación mente-cuerpo no es tarea fácil.
La mente inconsciente indica tu verdadero yo, esa es la que domina la mayor parte de tus acciones, si esta no le da la orden a la mente consciente de que haga tal cosa simplemente no lo hará, así de poderosa es. Ella es la que va guardando todos los recuerdos de tu infancia, adolescencia y hasta de cuando llegues a viejo. Es la que va recopilando toda esa información necesaria para organizar tus creencias y sacar tus propias conclusiones sobre la vida, el único trabajo de la mente consciente es observar a través de los sentidos la información que llega desde el mundo exterior para así traducirla a tu mente inconsciente, es decir, actúa como un filtro.
Hay personas que se preocupan por aprender a controlar su mente inconsciente con el objetivo de conocerse más, de aprender lo que en realidad son y para buscar el significado de esta vida, cosa que no te puede brindar tu consciencia. Por eso, aprender el manejo de cómo tu cerebro está manipulando toda esa información que llega desde el exterior es importante para tener una comunicación excelente con tu mundo interior.
Relájate, respira profundo y aprende a interpretar lo que te dice tu mundo interior, si vives con muchos problemas o si sientes que te detienen preocupaciones que tal vez no tengan mucho sentido, pues simplemente pídete consejos a ti mismo, pregúntate cuál sería la mejor decisión sobre una acción que te preocupa o qué camino deberías elegir si se te presenta x o y situación; espera un tiempo, confía en ti mismo y verás cómo empezarán a aparecer respuestas inteligentes y asertivas.
La vida está llena de sorpresas y de cosas interesantes, mirar más allá de lo que nos ofrecen los sentidos sería un reto que sólo es apto para personas que se atrevan a cambiar sus creencias, su mentalidad y sentir cosas que nunca se habrían imagino encontrar. Por eso te reto a que si eres de los que les gusta la aventura entres en tu maravilloso mundo interior a explorar todas las cosas que probablemente nunca conocías de ti mismo, te aseguro que te sorprenderás mucho más que cuando te preocupas en estar bien por fuera, mirando qué ropa ponerte o cómo actuar de tal manera que generes impacto, y no más poderosa es la sensación cuando entras en ti mismo y analizas tu mundo interior, eso te lo aseguro.
Uno de los trucos del éxito en la vida te lo estoy mostrando como aperitivo para que indagues más sobre este tema, me he quedado corto con todo este escrito porque lo que realmente debería interesarte es aprender el cómo explorar el mundo interior y cómo aprender a explotarlo de manera adecuada para que tu vida sea mucho más fácil; esto apenas fue una introducción sobre lo que acarrearía mirar el mundo desde la perspectiva de tu mundo interior. Teniendo la relación mente-cuerpo en un estado de equilibrio lo único que lograrás será traer éxito en tu vida y todo mejorará pues eso a su vez hará que las decisiones que tomes en las situaciones que se vengan sean más inteligentes y asertivas.


viernes, 18 de octubre de 2013

LA PERSONA HUMANA

El Ser Humano Es Un Servicio Social, es el pecado Servicio histórico, Es Un Ser encarnado DE UNA REALIDAD Y ES ALLÍ DONDE Cuando de Se Manifiesta de Como Posibilidades de servir. Abarca La Realidad físico-Química, mas él here Espiritual.

 La Persona humana Goza De Un Carácter singular de Me convierte en Entidad unica e irrepetible, Por Esto Mismo, la Persona humana Goza de unas cualidades que  constituye la definen y le distinguen. 

DEFINIR el Ser Humano constituye Tener en Cuenta las Distintas cualidades Que es el. 
Sí destacan. La Persona humana es pecado subsistente en el Orden del Espíritu, Tiene Una profunda anterioridad, es auto cociente, libre y Florerias auto determinarse  Goza de Una corporalidad, posee COMO Dimensiones Que lo caracterizan la coexistencia, la alteridad y la comunicabilidad, y Su dimensión trascendente de La Libertad Como

 Elemento fundamental y la Dignidad de Como valor el Absoluto Humano . El Ser Humano Es Un Ser Social Por Naturaleza, trascendente e irrepetible, se diferencia? Sí!! de los animales Por Su Inteligencia y Razón, los animales tienen Reacciones instintivas Que los obligan a ciertas HACER Cosas y les impide HACER OTRAS. Los Seres Humanos Por el contrario Vivimos conformes a las Reglas y Normas. El hombre en Su devenir no ha dejado de inventar Cosas Nuevas. 

Los Seres Humanos TENEMOS Razón ademas de instintos, el hombre es el único Servicio posee Que la Palabra, posee el SENTIDO de lo bueno y lo malo y es Capaz de Participar en Comunidad, Como decía Aristóteles "El hombre es el pecado Los Animales Político". El Ser Humano es libre, TIENE CONCIENCIA DE SU grandeza y de Sus limitaciones y Lucha Por Cada Vez Mas y Mejor Vivir. Las Ciencias Humanas Han constituído pequeño avance en la Medida Que Estudian al Ser Humano en la Sociedad.

jueves, 17 de octubre de 2013

DESIDERATA palabra Latina que Significa “Cosas Que se Desean”


Palabra Latina que Significa Cosas Que se Desean”
Camina Plácidamente Entre el Ruido Y las Prisas, y Recuerda la Paz que Puede Haber En el Silencio.
Siempre Que sea Posible, Sin Rendirte, LLévate Bien con Todas las Personas.
Di Tu Verdad Claramente Y con Serenidad; y Escucha a Los Demás, Incluso al Torpe Y al Ignorante; Él También Tiene Una Historia Que Contar.
Evita A las Personas Ruidosas y Agresivas; Son Vejaciones Para el Espíritu.
Si te Comparas Con los Demás, Puedes Volverte Vanidoso o Amargado, Pues Siempre Habrá Personas Mejores y Peores que Tú.
Disfruta de Tus Logros tanto Como de Tus Planes.
Conserva el Interés en Tu Profesión, Por Humilde Que ésta Sea; Es una Posesión Real en Los Turbulentos Cambios De la Fortuna.
Sé Precavido En los Negocios, Porque el Mundo Está LLeno de Astucias.
Pero que Esto no Ciegue Tus Ojos Ante la Virtud que Existe; Muchas Personas Luchan por Altos Ideales, Y en Todas Partes la Vida Está LLena de Heroísmo.
Sé Tú Mismo. Sobre Todo, No Finjas Afecto. Tampoco Seas Cínico Con el Amor; Porque, Ante la Aridez Y el Desencanto, El Amor, Es Tan Perenne Como La Hierba.
Acepta Mansamente el Consejo De la Edad, y Renuncia Con Elegancia a Las Cosas De la Juventud.
Nutre la Fortaleza de Tu Espíritu Para que Sea Tu Escudo Ante la Desgracia Inesperada.
Pero No te Turbes con Negras Fantasías. Muchos Miedos Nacen del Cansancio Y la Soledad.
Más Allá de Una sana Disciplina, Sé suave Contigo Mismo.
Eres una Criatura del Universo, No Menos que Los Árboles Y las Estrellas; Tienes Derecho a Existir.
Y tanto Si lo Ves Claramente Como si No, El Universo Evoluciona Tal como Debe. Por lo Tanto, Vive en Paz con Dios, No Importa Cómo Lo Concibas.
Con Todos sus Fraudes, Su Rutina Y sus Sueños Rotos … Es un Mundo Hermoso
Y sean Cuales Sean Tus Afanes y Aspiraciones, En la Ruidosa Confusión de La Vida, Vive en Paz con Tu Alma.
¡¡¡ Lucha Por Ser Feliz !!!
Sé Alegre Y …

martes, 15 de octubre de 2013

Cuando todos están equivocados, todos tienen razón?


¿Mucha gente le está llamando la atención? ¿Demasiados enemigos? ¿Demasiados amigos que le abandonan? ¿Demasiados controles para que la gente ingrese a su país? ¿Demasiadas quejas? Puede ser que entonces usted no tenga razón.
No hay superhombres ni superpaíses; nadie es imprescindible en la naturaleza. Podemos ser mejores o peores para algunas cosas, pero no mejores o peores en todo, y pensar que somos el centro de atención de todos los demás, y que todos nos deben pleitesía y por otra parte, todos pueden conspirar para tratar de sacarnos algo, es simplemente un razonamiento idiota pero más común de lo que parece a simple vista.
Los romanos se creían muy superiores al resto y al final de su historia fueron destruidos por los bárbaros. Estados Unidos es un país que piensa en exportar democracia pero sus soldados son derrotados todos los días por iraquíes que no están de acuerdo en que su país fuera invadido en una guerra de conquista y sin ningún motivo justo. Incluso los tensitas argentinos que se creen mejores que el resto son derrotados cada vez que llegan a las finales de la Copa Davis.
¿Y por qué hay que pensar en estas cosas para desarrollar un pensamiento ecológico? Es muy simple: Porque ser presumidos, presuntuosos, arrogantes y soberbios nos lleva a creer que no tenemos que mirar alrededor y eso es justamente lo contrario que hay que hacer para pensar ecológicamente, en el ambiente. Si nos creemos mejores que todos los demás, entonces nos iremos acostumbrando a no escuchar a los otros porque ¿quién podría contradecirnos? Si al mismo tiempo que nos cerramos tanto vamos ganando poder, caemos en una de las peores trampas mentales que hay en el universo. Los humanos no pueden ser controlados totalmente, Las personas no funcionan en base a software que algún poderoso puede programar; todos somos influenciables en mayor o menor medida pero nunca dejamos de tener libre albedrío y podemos o no estar de acuerdo con los demás. La gente poderosa puede disfrutar de un mayor acuerdo de otros que siguen su liderazgo pero ahí termina todo porque la popularidad no es un cheque en blanco.
Así que cuando usted vea que todos le critican, que pareciera que hay confabulaciones en contra suya, si nadie le entiende, si hay"idiotas" por todas partes, si su país incrementa los controles sobre la gente que entra o que sale, quizás sea aconsejable tomarse unos minutos y pensar que cuando todos parecen estar equivocados, puede ser porque todos tienen razón. 

La autenticidad y nuestra verdadera naturaleza


Lo que no es autenticidad.
Ante todo, podemos ver que no es autenticidad el automatismo. El automatismo, sea el que sea, por adornado que esté, está ya por definición en oposición con la autenticidad. Automatismo quiere decir que algo está actuando en virtud de un principio de funcionamiento en circuito ce­rrado, es decir que se trata de algo adquirido, algo extraño a uno mismo, aunque esté incorporado a nosotros. Por lo tanto, queda fuera de la noción de autenticidad.
Tampoco es autenticidad, aunque a veces se suele con­fundir con ella, la impulsividad. Esas personas que creen que lo auténtico es dar salida a los impulsos en el momento en que se presentan están en un error. La impulsividad es simplemente la expresión de algo de lo que hay dentro, pero no de lo que es más central, más esencial, sino de un aspecto o de una tendencia desordenada. El impulso tiene una finalidad propia, pero una finalidad que satisface sólo un aspecto de la personalidad. Por lo tanto, tampoco cae den­tro de este sentido más amplio, profundo y completo que queremos exponer al hablar de la autenticidad.
Ni siquiera la sinceridad es lo mismo que la autenticidad. Sinceridad significa que una persona, al expresarse, no engaña, que habla de acuerdo con lo que siente, con lo que ve. Pero esto no basta para que la persona sea auténtica.

Características de la autenticidad.

La autenticidad es una respuesta inmediata, directa, inteligente, sencilla, ante cada situación. Es una respuesta que se pro­duce instantáneamente desde lo más profundo del ser, una respuesta que es completa en sí misma, y que, por lo tanto, no deja residuo, no deja energía por solucionar, no deja emociones o aspectos por resolver. Es algo que, por el hecho de ser acción total, una acción en que la persona lo expresa y lo da todo, liquida la situación en el mismo instante.
La autenticidad es la sencillez. Es lo más sencillo que hay, porque es lo que surge después de que se ha eliminado lo complejo, lo compuesto, lo adquirido.
La autenticidad es la expresión más genuina de la liber­tad interior, libertad ésta que está en oposición a todo con­dicionamiento, que es la expresión directa de nuestro ser más profundo, podríamos decir más primario.
Otro aspecto de la autenticidad es que proporciona la evidencia, la certeza, la claridad, en cada momento, para valorar toda situación. En realidad, la situación implica, ya en sí misma, nuestra respuesta, porque la situación y nuestra respuesta no son dos cosas distintas, sino que cons­tituyen una sola cosa. Esto solamente es posible verlo cuan­do la mente no está dividida, cuando la mente no separa al sujeto del objeto, cuando la mente está abierta y percibe, en un solo campo de visión, todo lo que está sucediendo en aquel instante, lo que acontece en uno como sujeto, como perceptor y reactor, y lo que está ocurriendo en el exte­rior como estímulo, como reactivo; todo es y forma un único campo.
Esta libertad interior se traduce en una disponibilidad. Disponibilidad significa que la persona no está encerrada dentro de una línea, de una estructura prefijada, que no tiene que hacer un esfuerzo para trasladarse de una estruc­tura a otra. La autenticidad es ser y estar en el Centro, por lo tanto en el punto óptimo para encaminarse en cualquier dirección. La autenticidad es, al mismo tiempo, una expe­riencia constante de satisfacción, de gozo, de felicidad, porque se está viviendo ese contenido profundo, ese contenido de plenitud.

¿Cómo vivimos la autenticidad?

Todo esto parece un poco algo así como un sueño, en unos tiempos en que estamos viviendo en un mundo lleno de reglamentos, lleno de obligaciones. Hoy casi no se conoce la autenticidad, e incluso sabemos que no es posible o tal vez deseable esa autenticidad. Desde jóvenes se nos ha educado, no tratando de que nosotros descubriéramos lo que somos en nosotros mismos, sino valorándonos siem­pre en función de nuestras actividades, de nuestro rendi­miento, siempre en comparación con los demás. Tanto es así que prácticamente éste parece, a simple vista, el único modo de conocernos: yo soy bastante honrado (bastante es un término comparativo); yo soy muy activo, yo soy más rico, yo soy muy emprendedor. Más, menos, es decir, siem­pre en relación con algo. En todo momento nos estamos definiendo respecto a los demás. Se nos ha dicho que un ser humano vale lo que es capaz de hacer, vale el valor que se le da, y, como este valor depende de su éxito, de su presti­gio, de su valoración social, esto ha hecho que nosotros, desde pequeñitos, nos apoyemos en querer que los demás nos juzguen bien, nos valoren, en que estemos siempre pendientes de estos esquemas de valoración social.
Y, así, organizamos nuestra conducta, nuestros valores, y estima­mos a las personas según que nos valoren, que nos reco­nozcan más o menos. Estamos viviendo en virtud de una valoración comparativa constante. Nunca se nos ha valora­do, nunca se nos ha educado para que nosotros tratemos de descubrir qué somos nosotros mismos, en nosotros mis­mos, por nosotros mismos.
De este modo, nos sentimos satisfechos cuando nues­tro valor queda afirmado, confirmado, aceptado o recono­cido por los demás, y nos sentimos insatisfechos cuando no se nos reconoce, cuando se nos critica. Tanto es así que, si unos nos valoran y otros nos critican, llega un momento en que no sabemos si valemos o no; estamos a merced de nues­tra cotización social.
Y esta necesidad de aparecer de un modo, para merecer unos juicios determinados, nos aleja cada vez más de nues­tra posibilidad de ser. Hemos de cuidar las apariencias ante los demás y ante nosotros mismos.
Cuando uno hace algo que va en contra de su valoración exterior, uno mismo se siente indispuesto, uno mismo se siente deprimido. Estamos tan pen­dientes de esta valoración que hemos hecho de nosotros mismos, del yo triun­fante, del yo victorioso que, cuando algo de nuestra experiencia contradice esa valoración, nos sentimos disminuidos; vivimos más en nuestra idea que en la experiencia genuina que podamos te­ner de lo que uno realmente es. Hemos trasladado nuestra vida desde un plano vivencial directo a un plano de inter­pretación intelectual constante. De este modo estamos edi­ficando un sistema de valores completamente falso, com­pletamente artificial, que nos aleja de nosotros mismos.
Se ha llegado a decir que esto es inevitable, que esto es lo normal, lo natural, y que las cosas son de este modo y hay que seguir el juego y nada más.

Nuestra verdadera naturaleza.

¿Cuál es la fuente, cuál es el fundamento, para que nosotros tratemos de ser auténticos, o es que acaso somos la suma de las cosas que han ido entrando en nosotros, es de­cir, un producto del ambiente?
Nosotros, en nuestra esencia más profunda, no somos nada de lo que viene del exterior. En nuestro interior se encuentra esa capacidad de vivir, esa capacidad de crecer, de existir, y utilizar los datos, los hechos, para desplegar esta capacidad que hay en nosotros.
Vamos asimilando nuestra capacidad a través del desarrollo de nuestra potencia interior, a través de unas experiencias y unos hechos, y así transformamos un compuesto que está constituido de nues­tra capacidad y potencialidad real, más una serie de aspectos formales, de datos, de hechos, de modos de conducta, que hemos asimilado del exterior. Del interior surge la fuerza, el potencial; del exterior viene la forma, los datos. Pero no hemos de confundirnos con estos datos, no hemos de confundirnos con ese compuesto.
Con­siderando la personalidad de un modo global, sí somos ese compuesto, ese producto, en tanto que personalidad glo­bal. Pero, si tratamos de buscar lo que es nuestra verdad genuina, lo que nosotros queremos decir cuando decimos “yo”, entonces nos daremos cuenta de que esos compuestos son variables, y que hay una noción de identidad que no depende de los compuestos, sino que es permanente. En todo ser humano hay algo genuino detrás de esos procesos de asimilación, detrás de sus propias operaciones vitales, afectivas y mentales, que le está diciendo que “es” en tanto que su­jeto que está viviendo, que está asimilando, que está creciendo, que se está actualizando.
Este “yo” es la fuente de donde surge toda nuestra capacidad energética, toda nuestra energía vital, toda nuestra fuerza moral. Nuestra vida es un desplegamiento progresivo de esa fuerza que hay dentro, y lo exterior no es otra cosa que un medio para que esa fuerza se actualice, se ponga en acción, se convierta en ex­periencia completa.
La vida no es una incorporación de fuera hacia dentro, sino, sobre todo, un desplegamiento de dentro hacia fuera. Esto podemos comprobarlo, por­que si este desplegamiento de dentro hacia fuera fracasa, por más que se produzcan elementos y situaciones exterio­res, no tiene lugar la respuesta del ser vivo. Un ser vivo se caracteriza por este principio “centrífugo”, por este principio de crecimiento que tiende a extenderse siempre a partir del núcleo.
Nuestro “yo” es la fuente de toda capacidad de conciencia, de conocimiento. Todo lo que uno es capaz de compren­der, de entender, no le viene producido por el exterior. El exterior nos da los datos, nos presenta los hechos, pero la capacidad de comprender la verdad que pueda haber allí es siempre un proceso interno que surge de lo más profun­do de uno mismo; y significa una actualización de la inteligencia.
No he­mos de confundir la inteligencia con las formas ya comple­jas, compuestas, que produce esa inteligencia al asimilar unos datos concretos. El hecho de comprender, el hecho de entender, viene de una capacidad interior. Por lo tanto, todo lo que somos capaces de llegar a comprender en con­diciones óptimas surge de este mismo ”yo” central. Nuestra inteligencia está dentro y necesita solamente unos estímu­los, unos medios, para irse actualizando. También el “Yo” central es la fuente de toda nuestra capacidad de goce, de satisfacción, de alegría, de paz, de felicidad. Todo esto no es algo que nos dé el exterior, aunque nosotros lo creamos así y, en virtud de esta creencia, lu­chemos por unos beneficios exteriores y nos sintamos desgraciados cuando estos beneficios se frustran.
Creemos que la felicidad nos vendrá en consecuencia del éxito, de la correspondencia en el amor, de la obtención de un cargo determinado, de lo que sea, siempre del exterior. No obstante, es muy claro que toda nuestra capacidad de goce surge solamente cuando algo dentro de nosotros contesta a algo externo. Es nuestra respuesta interior la que produce el goce; el exterior lo provoca, lo despierta, lo estimula, pero no lo produce.
Los seres humanos acostumbramos confundir esto, porque nos sentimos felices cuando tenemos una ventaja más; cree­mos que la felicidad nos la proporciona esta nueva ventaja. Y no es cierto; no hay un nexo necesario de causa y efecto. La prueba de ello está en que muchas personas poseen ventajas iguales o mucho mayores y no son por ello felices. No es la cosa lo que da la felicidad; la cosa sirve de reactivo para que algo en nuestro interior responda. Siempre es nuestra res­puesta interior lo que produce el estado de felicidad.
Debemos entender que, al hablar de este “yo”, no estamos hablando de una entelequia, de algo sin substancialidad, sino de algo que es la fuente de todo lo que estamos valorando en nuestra vida concreta. Se trata de un potencial extraordinario, fantástico, fabuloso.
La autenticidad no es nada más ni nada menos que el aprender a tomar contacto con esa Realidad Central, con este “yo” central, con esta fuente de la que estamos hablan­do, para poderla expresar en todo momento con inteligen­cia, de acuerdo a cada situación. Cuando en un ser humano se produce esta conexión con su centro, y puede entonces responder directamente desde allí, es el momento en que la res­puesta es auténtica, es lo suyo, es lo más verdadero que hay en él, lo más completo, lo más total. En ese momento es cuando uno es realmente auténtico.

Una expresión total.

La autenticidad lleva a un descubrimiento pleno de la naturaleza de uno mismo. Pero la persona que vive únicamente vertida hacia un modo corriente de vivir, difícilmente puede llegar a esto. Solamente puede llegar a realizar esta autenticidad aquella persona que tiene una absoluta necesidad de ella, aquélla para la que es absolutamen­te preciso llegar a vivir su propia Verdad Central, aquella persona para la que esto es lo más importante, más importante que su personaje social, más importante que el llegar a triunfar en cualquier circunstancia de la vida. Cuando esta persona descubre que aquí está la base de toda realidad, que en esto está el sentido, que esto es lo único que puede dar realmente sentido a nuestra existencia, entonces puede estar dispuesto a pagar el precio, la entrega, el trabajo necesario para esta Realización Central.
En segundo lugar, la persona necesita situarse en un am­biente especial, salirse temporalmente de la vida usual, según la propia necesidad, du­rante algunos días “especiales”, durante horas, durante cuartos de hora, hacer pequeños pa­réntesis en su vida habitual, para crecer y desarrollarse en aquellas direcciones en que no se ha desarrollado interior­mente. Nuestra vida corriente nos desarrolla hacia fuera, pero nosotros tenemos otras dimensiones que desarrollar. Y esto solamente lo podemos hacer efectuando un pequeño paréntesis, un pequeño alto, en esta constante proyección hacia fuera, situándonos en ese ambiente ideal en el que se puede trabajar de un modo ideal, de un modo concreto, bajo una dirección, para desarrollar todo lo que es nuestro proceso dinámico natural.
Nuestra vida está hecha de acción. Acción significa ex­presión. En nuestra vida estamos expresando constante­mente, expresamos impulsos, aspiraciones, necesidades. Nuestra vida está hecha de un intercambio constante; este intercambio es esencial, es inherente al mismo existir. ¿Por qué, pues, no aprovechar todo esto como un medio de realización interior?
Lo que nos hace falta es aprender a expresarnos de un modo total. Hemos aprendi­do a expresar algo, pero no a expresarnos del todo en cada algo. Es necesario que aprendamos a expresar aquello que no expresamos, que aprendamos a convertirnos por com­pleto en expresión, porque cuando todo uno se expresa, todo uno se objetiva y de este modo queda vacío y dispues­to para descubrir al sujeto. Mientras uno mantenga conteni­dos dentro de sí, contenidos con los que uno se encuentra confundido, mientras uno crea que “es” estos sentimiento ín­timos, o esta historia que le ocurrió, o estas ideas, y todo esto lo guarde constantemente para sí, como un tesoro o como un peligro, mientras uno esté reteniendo algo dentro de sí, esto que retiene le impedirá ser él mismo.
Sola­mente cuando soltemos todo esto -y lo soltamos cuando lo damos, cuando lo sacamos o lo expresamos- más y más llegamos a ser “yo” de veras. La expresión disciplinada como técnica, como es­fuerzo sistemático, es un medio directo para acercarnos cada vez más a esta Realidad Central; pero la expresión ha de ser una expresión que abarque todos nuestros niveles, una expresión a nivel mental, a nivel afectivo, a nivel cor­poral y a nivel espiritual.
Todo lo que está viviente en nosotros, todo lo que está diná­mico en nosotros, debemos dinamizarlo, no debemos guardarlo, no debemos mantenerlo; todo lo que tenemos lo tenemos para darlo, todo lo que existe, existe dinámicamente, existe para darlo, no para retenerse, no para cristalizarse.
La vida es movimiento, es fluidez. Siempre que estamos reteniendo algo, sea lo que sea y en nombre de lo que sea, estamos yendo en contra de la verdad de la existencia, en contra de la verdad de uno mismo. En la medida en que uno es capaz de entregarse, de des­prenderme, de fusionarme dinámicamente con todo, en la medida en que uno es capaz de darse del todo con inteligencia, con plena consciencia, con pleno centramiento, en esta medida es cuando uno empiezo a ser “yo”.
Cuando me quedo sin nada, es cuando yo soy realmente lo que soy; mientras creo ser esto o lo otro, no soy “yo”. El camino de la autenticidad gasa por un despojamiento de lo que no es auténtico. Mientras no demos todo lo que ha entrado, todo lo que se ha elaborado en nosotros, no volveremos a ser “yo”, es de­cir, ser lo que está detrás de todo lo adquirido, detrás de todo. La entrega total es el encuentro real con uno mismo. Es aquí donde tienen sentido esas ideas sobre la abnegación, sobre el sacrificio: es el retornar las cosas a su sitio, devol­ver lo que no es de uno, devolver lo que no soy “yo”.
Cuando devolvemos toda la vida, cuando lo hacemos circular todo, cuando no retenemos nada, porque no nos confundimos con nada, entonces es cuando estamos realizando el Gran Sacrificio, que, en realidad, no es un sacrificio sino una restitución, un volver las cosas a su sitio, un ordenar nuevamente las cosas. En este momento es cuando “yo”, eso que soy, esa realidad que soy y se expresa en mí, aparece de nuevo de modo claro.
Este proceso de expresión va inevitablemente acompa­ñado del proceso de impresión. Impresión quiere decir que uno sea capaz de dejar que la vida entre, es decir, no so­lamente que uno la exteriorice, la dé, sino que uno sea capaz de recibir, de admitir. Debemos abrirnos a las experiencias. No estar siguiendo siempre una táctica de escamoteo res­pecto a las situaciones de las cosas. Pero solamente po­dremos abrirnos si nos sentimos fuertes, y sólo nos sentiremos fuertes cuanto más seamos “yo mismo”, cuanto más nos acerquemos a nuestro fondo. Entonces nos podremos abrir, y, al hacerlo, las expe­riencias, los impactos, entrarán hasta el fondo de mí, y, desde ahí, se producirá una respuesta auténtica, una res­puesta total.
Pero, mientras mantengamos un filtrado a través de nuestra mente, a nivel superficial, estaremos constantemente juz­gando, interpretando, en función de nuestros deseos y de nuestros temores, todas las experiencias, y así no podremos vivir de un modo completo, total, ninguna experiencia; nos quedaremos en esquemas, en críticas, pero nunca con la verdad total de la experiencia, con la verdad total del instante.
Esa impresión es un proceso totalmente necesario. Es lo mismo que ocurre con el proceso de respiración en determinadas prácticas de respiración: cuando somos capaces de dejar que todo el im­pulso vital se exprese sin trabas, entonces la expresión de este impulso produce una entrada de aire, y esa entrada de aire nos renueva. Entonces responde todo nuestro ser a esta renovación, es nuestra nueva respuesta, respuesta creadora en cada instante.
Pode­mos ver los problemas o el grado de realización de la persona observando la capacidad que tiene de recepción o dé impresión; una cosa es inseparable de la otra. Cuando existe miedo en el dar, hay también miedo en el recibir. Cuando uno se protege, se protege del todo, lo mismo que, cuando uno tiene miedo, no puede respirar profundamente. En la vida misma, observando nuestra dinámica natural, tene­mos el medio para realizar un trabajo de ahondamiento, de desprendimiento, de autodescubrimiento constante de nosotros mismos.
Y esos dos movimientos: inspiración/espiración, recibir/expresar, tienen un tiempo de silencio, momento en que uno ni expresa ni recibe, instante en el que uno no hace nada, lapso de tiempo en el que parece como si la existencia se suspendiera por un momento, como si por un instante se detuviera el proceso del devenir. Esto que normalmente pasa inadvertido es la puerta de entrada a una Realidad Superior.
Cuando estamos vertidos en el movi­miento de entrar y salir, nos realizando horizontalmente; pero, cuando aprendemos a estar despiertos, presen­tes, en el Silencio, en aquel momento en que no hay acción -pero que no hay acción de un modo natural, no una falta de acción que uno haya producido forzando y acallando su mente, sino un silencio que es el producto de haberlo dado todo, de haberlo entregado todo, de haber vivido del todo el instante-, entonces este silencio que ocurre es un silencio realizador, un silencio que nos conduce, no a nuevos conocimientos, sino a la conciencia de lo que es el eje de toda la experiencia, a lo que es la Persona Profunda, la Persona Central, este “yo” Espiritual del que estamos hablando.
El ejercitamiento físico, la respiración, todas las prácticas que se ha­gan, son ayuda, son medios de trabajo. Pero, cuanto más profundamente lleguemos a comprender que nuestra realización depende de nuestra entrega total en el instante, de este abrirnos a la situación de un modo pleno, sea cual sea la situación, tanto si son en las prácticas, como en los negocios, como en la situación familiar, cuanto más veamos que el secreto de esta realización está en que todo “yo” me exprese en cada instante del todo, entonces es cuando convertiremos cada momento de la vida en un instante de trabajo, en un instante de Realización.
Hasta que llega un momento en que ya no hay que romper resistencias, porque hemos ido sintonizando con esa dinámica que desarrolla todo cuanto existe, un momento en que ya podemos vivir dinámica-mente  pero en un silencio profundo, porque hemos descubierto que el Silencio y la Acción Exterior son dos planos distintos del mismo Ser, un silencio profundo que lo envuelve todo y una expresión de ese silencio que es lo que llamamos Manifestación.

Modo de lograr la fuerza interior


¿Cómo conseguir, pues, esa confianza, esa fuerza interior? Hay varias maneras. Es decir, se trata en realidad de una sola manera, pero existen varias formas de enfocar esa única manera.
Tomemos, por ejemplo, la vía religiosa. Dios es la fuen­te, la raíz, el centro de todo lo que está existiendo, es el centro actual, la potencia actual de todo cuanto está exis­tiendo. Si tratamos de entender qué quiere decir que Dios es la Potencia Absoluta, única, nos daremos cuenta de que esta Potencia Absoluta nos incluye a nosotros mismos. Porque uno, tanto si es importante como si no lo soy, está dentro del Absoluto, no puede estar aparte. Por lo tanto, toda forma de potencia, de fuerza, de energía que haya en uno es esa única potencia.
Si uno intenta entender qué quiere decir Poten­cia Absoluta, y trata de estar en silencio frente a esto que entiende al decir Potencia Absoluta, entonces se produci­rá un vacío interior, un silencio interior, que será vacío y silencio del propio miedo. Es por ausencia de miedo, de lo acos­tumbrado, que sentiremos el vacío, porque, claro está, el vacío no existe; sólo existe el Absoluto. Pero la ausencia de nuestro miedo, al poder contemplar y al poder abrir nuestra mente y corazón a esa intuición del Poder Absoluto, eliminará nuestra creencia en el poder opuesto al Absoluto: en el miedo. Y, entonces, en este silencio que se produce es cuando podemos tratar de sembrar esa actitud interior que será la se­milla que se manifestará luego, que fructificará en nuestra vida exterior.
Experiencias que se tienen con profundidad, a veces siendo muy jóvenes, mar­can de una manera tan fuerte al individuo que persisten durante toda su existencia y van fijando modos reiterati­vos, no sólo de sentir, sino también de actuar y de provocar situaciones en el exterior. Por esto hoy en día se habla de la persona que tiene predisposición a los accidentes, y no sólo respecto a aquellos accidentes motivados por su mala habilidad personal, sino incluso a los que pueden ser producidos por causas aparentemente fortuitas. En cam­bio, de algunas personas decimos que las acompaña la buena suerte, que respiran prosperidad; está clarísimo que esta persona prosperará, porque pensamos que en ella hay algo que está exhalando este sentido positivo.
Todo esto son manifestaciones más o menos pequeñas de esta gran ley de la que estamos hablando: aquello que nosotros seamos capaces de vivir profundamente y mantener profundamente, aquello y no otra cosa es lo que se manifestará, lo que se concretará en nuestra vida total.
Quizás alguien se pregunte qué sentido tiene modifi­car las cosas. Bien, en realidad nosotros ya las estamos modificando siempre. El sentido de nuestra vida es vivir las cosas de un modo. Nosotros somos un modo; y a través de este modo hacemos pasar las cosas, hacemos pasar esa vida, esa conciencia. Nosotros estamos aquí para dar un modo a las cosas. Sólo que llega un momento en que podemos elegir el modo.
Nosotros no podemos inhibirnos del modo como son las cosas, las personas, las circunstancias. Esto puede ser el ideal de la persona que busca una paz celes­tial, una liberación -con la que sueña- de todo lo que es ilusión, donde no hay ningún problema, donde todo es felicidad. A esta persona le importará muy poco cómo sean las cosas y lo que pese en las cosas.
Existe, sí, existe ese país de hadas que llaman “ananda”; existe realmente, y es nuestro patri­monio. Y lo tenemos que vivir, porque es la Realidad. Pero debemos vivirlo conjuntamente con todos los modos; no podemos dejar aparte nada. En este estado de felicidad y paz supremas se encuentran los modos más concretos, más elementales de la existencia. La Paz, la Realización está en contacto con los ambientes más des­graciados, más limitados de la existencia. Y mientras uno quiera buscar una “ananda”, una felicidad, una beatitud, dejando de mirar unos problemas, unas limitaciones, aunque estos se encuentren en el último rincón del mundo, uno simplemente está haciéndo­me trampa a sí mismo, está refugiándose en una reali­dad ficticia. Ese estado superior de Ser es, siempre, inclusivo.
Pero, claro, mientras nosotros estemos viviendo las cosas con este contraluz, con este contraste tan enorme entre lo que es desgraciado y lo que es dichoso, es lógico que tratemos de elegir lo que es dichoso y tratemos de re­chazar lo desgraciado.
En la medida en que en nuestro interior haya un foco realmente positivo, todo alrededor nuestro se irá convirtiendo en algo positivo. Inevitablemente. Aquí tenemos la consigna: debemos de vivir lo positivo, porque eso es lo que somos. Y eso positivo lo hemos de ir integrando, lo hemos de ir viviendo frente a todo lo aparentemente negativo. Y, gracias a esta presencia de lo positivo en nuestro interior frente a lo negativo que pueda existir, o aparecer, en lo exterior, se irán cambiando las cosas.
Gracias a la luz interior que podamos mantener clara, despierta, alta, frente a las tinie­blas exteriores, éstas se irán transformando en luz, y se irán iluminando las antorchas interiores de las demás personas.