viernes, 28 de junio de 2013

Nuestra verdadera naturaleza.

¿Cuál es la fuente, cuál es el fundamento, para que nosotros tratemos de ser auténticos, o es que acaso somos la suma de las cosas que han ido entrando en nosotros, es de­cir, un producto del ambiente?
Nosotros, en nuestra esencia más profunda, no somos nada de lo que viene del exterior. En nuestro interior se encuentra esa capacidad de vivir, esa capacidad de crecer, de existir, y utilizar los datos, los hechos, para desplegar esta capacidad que hay en nosotros.
Vamos asimilando nuestra capacidad a través del desarrollo de nuestra potencia interior, a través de unas experiencias y unos hechos, y así transformamos un compuesto que está constituido de nues­tra capacidad y potencialidad real, más una serie de aspectos formales, de datos, de hechos, de modos de conducta, que hemos asimilado del exterior. Del interior surge la fuerza, el potencial; del exterior viene la forma, los datos. Pero no hemos de confundirnos con estos datos, no hemos de confundirnos con ese compuesto.
Con­siderando la personalidad de un modo global, sí somos ese compuesto, ese producto, en tanto que personalidad glo­bal. Pero, si tratamos de buscar lo que es nuestra verdad genuina, lo que nosotros queremos decir cuando decimos “yo”, entonces nos daremos cuenta de que esos compuestos son variables, y que hay una noción de identidad que no depende de los compuestos, sino que es permanente. En todo ser humano hay algo genuino detrás de esos procesos de asimilación, detrás de sus propias operaciones vitales, afectivas y mentales, que le está diciendo que “es” en tanto que su­jeto que está viviendo, que está asimilando, que está creciendo, que se está actualizando.
Este “yo” es la fuente de donde surge toda nuestra capacidad energética, toda nuestra energía vital, toda nuestra fuerza moral. Nuestra vida es un desplegamiento progresivo de esa fuerza que hay dentro, y lo exterior no es otra cosa que un medio para que esa fuerza se actualice, se ponga en acción, se convierta en ex­periencia completa.
La vida no es una incorporación de fuera hacia dentro, sino, sobre todo, un desplegamiento de dentro hacia fuera. Esto podemos comprobarlo, por­que si este desplegamiento de dentro hacia fuera fracasa, por más que se produzcan elementos y situaciones exterio­res, no tiene lugar la respuesta del ser vivo. Un ser vivo se caracteriza por este principio “centrífugo”, por este principio de crecimiento que tiende a extenderse siempre a partir del núcleo.
Nuestro “yo” es la fuente de toda capacidad de conciencia, de conocimiento. Todo lo que uno es capaz de compren­der, de entender, no le viene producido por el exterior. El exterior nos da los datos, nos presenta los hechos, pero la capacidad de comprender la verdad que pueda haber allí es siempre un proceso interno que surge de lo más profun­do de uno mismo; y significa una actualización de la inteligencia.
No he­mos de confundir la inteligencia con las formas ya comple­jas, compuestas, que produce esa inteligencia al asimilar unos datos concretos. El hecho de comprender, el hecho de entender, viene de una capacidad interior. Por lo tanto, todo lo que somos capaces de llegar a comprender en con­diciones óptimas surge de este mismo ”yo” central. Nuestra inteligencia está dentro y necesita solamente unos estímu­los, unos medios, para irse actualizando. También el “Yo” central es la fuente de toda nuestra capacidad de goce, de satisfacción, de alegría, de paz, de felicidad. Todo esto no es algo que nos dé el exterior, aunque nosotros lo creamos así y, en virtud de esta creencia, lu­chemos por unos beneficios exteriores y nos sintamos desgraciados cuando estos beneficios se frustran.
Creemos que la felicidad nos vendrá en consecuencia del éxito, de la correspondencia en el amor, de la obtención de un cargo determinado, de lo que sea, siempre del exterior. No obstante, es muy claro que toda nuestra capacidad de goce surge solamente cuando algo dentro de nosotros contesta a algo externo. Es nuestra respuesta interior la que produce el goce; el exterior lo provoca, lo despierta, lo estimula, pero no lo produce.
Los seres humanos acostumbramos confundir esto, porque nos sentimos felices cuando tenemos una ventaja más; cree­mos que la felicidad nos la proporciona esta nueva ventaja. Y no es cierto; no hay un nexo necesario de causa y efecto. La prueba de ello está en que muchas personas poseen ventajas iguales o mucho mayores y no son por ello felices. No es la cosa lo que da la felicidad; la cosa sirve de reactivo para que algo en nuestro interior responda. Siempre es nuestra res­puesta interior lo que produce el estado de felicidad.
Debemos entender que, al hablar de este “yo”, no estamos hablando de una entelequia, de algo sin substancialidad, sino de algo que es la fuente de todo lo que estamos valorando en nuestra vida concreta. Se trata de un potencial extraordinario, fantástico, fabuloso.
La autenticidad no es nada más ni nada menos que el aprender a tomar contacto con esa Realidad Central, con este “yo” central, con esta fuente de la que estamos hablan­do, para poderla expresar en todo momento con inteligen­cia, de acuerdo a cada situación. Cuando en un ser humano se produce esta conexión con su centro, y puede entonces responder directamente desde allí, es el momento en que la res­puesta es auténtica, es lo suyo, es lo más verdadero que hay en él, lo más completo, lo más total. En ese momento es cuando uno es realmente auténtico.
 


La vida exterior reflejo de la interior.


Se descubren muchas cosas curiosas, interesantes y sorprendentes cuan­do se realiza un trabajo interior, cosas que son sumamente efectivas cuando se entienden. Una de ellas es que la confusión y multiplicidad de nuestras circunstancias en el mundo, de las cosas que nos ocurren, de las situaciones que vivimos, no son otra cosa que la confusión y contradicción que hay en nuestro propio interior.
Todo lo que hay en nuestro interior tiende a materializarse en nuestro exterior. Y no se puede materializar de un modo distinto a como esté dispuesto en nuestro interior. Porque nuestro interior y nuestro exterior no son dos cosas distintas sino dos ver­tientes de la misma cosa. La vertiente interior, o subjetiva, y la vertiente exterior, u objetiva, son la cara y la cruz de la misma cosa.
Durante muchos años nos hemos habituado a que nuestro interior sea simplemente el reflejo de nuestra situación exterior. Si las circunstancias me han sido favora­bles, nos sentimos bien; si las circunstancias no nos han sido propicias, nos sentimos mal. Esto ha creado en nuestro interior, además de unos estados de confusión y duda constan­tes, una semilla de contradicción; y nuestra vida tiende a perpetuar esta contradicción.
Pero llega un momento en que uno se da cuenta de que no puede pasarse todo el tiem­po echando la culpa a las circunstancias, o confiando en las circunstancias. Llega un momento en que uno descubre que, de hecho, el problema que uno vive, la insatisfacción, las dificultades, lo vive por culpa de algo que hay dentro, por un modo de ser de uno, pues otras personas en similares circunstancias, y quizás en peores, consiguen vivirlo de un modo distinto y mejor.
Mientras nos pasemos la vida atribuyendo la culpa de nuestros problemas a las demás personas, o a las cosas exteriores, no hay para nosotros la menor esperan­za; es decir, sólo queda la esperanza de que un día descu­bramos que las cosas no son así. El echar la culpa al exterior puede ser una gran satisfacción para el amor propio: uno queda libre de responsabilidad, uno es la víctima, el héroe, etc. Pero esto no arregla, ni ha arreglado nunca, nada. Cuando uno se da cuenta de que el problema -aunque his­tóricamente está relacionado con circunstancias exteriores- es debido a un modo de ser que ha quedado en uno y que tiende a i perpetuar, entonces es cuando se hace posible que uno, cam­biando este modo interno de sentir, cambiando su actitud interior, pueda cambiar estas circunstancias exteriores.
Cuando las utopías socialistas han propuesto que se llevara a cabo un reparto equitativo de las riquezas, fácilmente se ha previsto que, aunque a todo el mundo se le diera la misma cantidad de dinero, y esto de momento pareciera solucionar los pro­blemas de muchas personas, al cabo de muy poco tiempo la situación volvería a ser la misma de antes; porque las personas, aunque recibieran dinero, no habrían cambiado su modo de ser y de hacer, y esto las conduciría a plasmar en el exterior el modo deficiente o contradictorio que tienen en su interior.
Pensemos que esto no se refiere sólo al uso del dinero, sino a las personas que nos rodean, a nuestras circunstancias económicas, a la situación profesional, a todo. En nuestra pequeña y limitada mente, nosotros hacemos unas distinciones muy claras entre lo que es el dinero, la familia, la vida íntima, nuestras creencias e ideales, etc. En realidad, todo está unido, todo son campos universales de energía, todo es un torbellino dentro de este océano de conciencia, y, según sea ese foco de conciencia en ese mar de conciencia, así serán las cosas que se mueven a su alrededor.
La persona que interiormente tiene miedo, tiene angustia, de un modo inevi­table estará atrayendo situaciones de miedo, situaciones angustiosas, y, mientras no cambie, se pasará la vida repi­tiendo esas situaciones, sean cuales sean las circunstancias o el medio ambiente en que se encuentre. La persona que, dentro de ese miedo, tiene resentimiento, tiene hostilidad, por la razón que sea, estará provocando y atrayendo inevi­tablemente circunstancias agresivas contra ella, que tende­rán a justificar una vez más su hostilidad y su resentimien­to, las cuales, a su vez, provocarán nuevas situaciones de dificultad, de injusticia, de maldad, y de este modo se irá reforzando su círculo. Y el círculo nunca se rompe en lo exterior, porque es la persona, desde su foco de concien­cia, quien lo está creando y manteniendo.
En la medida en que nosotros seamos capaces de cambiar el contenido de nuestro foco, de nuestra conciencia interior, en esta misma medida cambiará lo que nos rodea. Y esto ocurre de un modo ine­vitable. Esto es muy interesante, ya que, si se puede intuir que realmente es así, entonces uno se da cuenta que tiene en sus propias manos la responsabilidad de su vida, que depende de uno el elegir que su mundo gire de un modo o de otro, sea de un color o de otro.
Y el mundo alrededor de uno girará de un modo o de otro, según sea el mundo in­terior real, no el supuesto, no el teórico. Si uno interiormen­te se obliga a vivir una conciencia de fuerza, de amor, de comprensión, no un poco de amor o de comprensión o de fuerza, sino a vivir profundamente esto hasta la raíz, si hacemos de esto nuestra consigna, si nos obligamos a instalarnos en esto, veremos como, al cabo de muy poco tiempo, de muy pocas sema­nas, o días, nuestras circunstancias exteriores cambian. La gen­te a nuestro alrededor cambia; tal vez no lo haga ella, en sí, sino sólo en relación con uno. Y los que no puedan cambiar en relación con uno mismo, cambiarán... de sitio; es decir, dejaremos de estar en contacto con esas personas.
Es imposible que la persona viva en el exterior algo distinto de lo que vive en el interior. Y, por esto, aprender a tomar la dirección, apren­der a afirmar la realidad por uno mismo, es aprender a to­mar una parte activa dentro de este juego exterior de la vida, de la manifestación.
Claro que esto no tiene ninguna importancia si lo que uno está buscando es la propia Realidad más allá de toda forma, más allá de toda idea. Pero esto es algo que cada uno ha de decidir: es decir, si realmente a uno le es del todo indiferente vivir de una manera o de otra en su mundo, en su existencia. Si a uno realmente le da igual, entonces no tiene por qué modificar nada y puede tratar de abrirse a ese Centro último que está más allá de lo bueno, de lo malo, de lo agradable, de lo desagradable.
Pero mientras la persona esté dando valor a su modo de vivir, mientras la persona esté luchando por solucionar dificultades, por mejorar circuns­tancias, entonces la persona no se ha de engañar diciendo que busca otra cosa. Aquello que nos hace sufrir, o aque­llo que nos hace reír, aquello es lo que tiene valor real para nosotros. No lo que un sector de nuestra mente diga, sino lo que en nuestra vida diaria tenga peso.
Cuando la persona comienza a ser consciente es natu­ral que esta gran ley de que lo interior es la causa de lo exterior se pueda aplicar a todos los estados de la vida inte­rior; no sólo a las circunstancias familiares, económicas, profesionales, etc., sino también a los estados de vida interior. Si, por ejemplo, estamos haciendo oración -en el su­puesto de que siga la línea religiosa- pidiéndole a Dios una serie de cambios en nuestra vida, o en la vida de los que nos ro­dean, pero en nuestro interior hay miedo, lo que se perpetua­rá en el exterior será el miedo, porque la ley de materializa­ción es una ley que obedece a la profundidad y continuidad del estado subjetivo, no a la intensidad emocional de la ora­ción, sino a la profundidad, a la sinceridad de lo que pro­fundamente se siente, se desea, se espera, se aspira. Por eso, el problema de la persona en la vida de oración consis­te en llegar a querer, a amar, a Dios de tal manera que se elimine su miedo, su duda. Porque, mientras la persona esté haciendo oración manteniendo subconscientemente el temor de que su demanda, como tantas otras veces, no será contestada, ese temor que está detrás de lo que uno dice es lo que da vigencia al fracaso. 
Modo de lograr la fuerza interior.
¿Cómo conseguir, pues, esa confianza, esa fuerza interior? Hay varias maneras. Es decir, se trata en realidad de una sola manera, pero existen varias formas de enfocar esa única manera.
Tomemos, por ejemplo, la vía religiosa. Dios es la fuen­te, la raíz, el centro de todo lo que está existiendo, es el centro actual, la potencia actual de todo cuanto está exis­tiendo. Si tratamos de entender qué quiere decir que Dios es la Potencia Absoluta, única, nos daremos cuenta de que esta Potencia Absoluta nos incluye a nosotros mismos. Porque uno, tanto si es importante como si no lo soy, está dentro del Absoluto, no puede estar aparte. Por lo tanto, toda forma de potencia, de fuerza, de energía que haya en uno es esa única potencia.
Si uno intenta entender qué quiere decir Poten­cia Absoluta, y trata de estar en silencio frente a esto que entiende al decir Potencia Absoluta, entonces se produci­rá un vacío interior, un silencio interior, que será vacío y silencio del propio miedo. Es por ausencia de miedo, de lo acos­tumbrado, que sentiremos el vacío, porque, claro está, el vacío no existe; sólo existe el Absoluto. Pero la ausencia de nuestro miedo, al poder contemplar y al poder abrir nuestra mente y corazón a esa intuición del Poder Absoluto, eliminará nuestra creencia en el poder opuesto al Absoluto: en el miedo. Y, entonces, en este silencio que se produce es cuando podemos tratar de sembrar esa actitud interior que será la se­milla que se manifestará luego, que fructificará en nuestra vida exterior.
Experiencias que se tienen con profundidad, a veces siendo muy jóvenes, mar­can de una manera tan fuerte al individuo que persisten durante toda su existencia y van fijando modos reiterati­vos, no sólo de sentir, sino también de actuar y de provocar situaciones en el exterior. Por esto hoy en día se habla de la persona que tiene predisposición a los accidentes, y no sólo respecto a aquellos accidentes motivados por su mala habilidad personal, sino incluso a los que pueden ser producidos por causas aparentemente fortuitas. En cam­bio, de algunas personas decimos que las acompaña la buena suerte, que respiran prosperidad; está clarísimo que esta persona prosperará, porque pensamos que en ella hay algo que está exhalando este sentido positivo.
Todo esto son manifestaciones más o menos pequeñas de esta gran ley de la que estamos hablando: aquello que nosotros seamos capaces de vivir profundamente y mantener profundamente, aquello y no otra cosa es lo que se manifestará, lo que se concretará en nuestra vida total.
Quizás alguien se pregunte qué sentido tiene modifi­car las cosas. Bien, en realidad nosotros ya las estamos modificando siempre. El sentido de nuestra vida es vivir las cosas de un modo. Nosotros somos un modo; y a través de este modo hacemos pasar las cosas, hacemos pasar esa vida, esa conciencia. Nosotros estamos aquí para dar un modo a las cosas. Sólo que llega un momento en que podemos elegir el modo.
Nosotros no podemos inhibirnos del modo como son las cosas, las personas, las circunstancias. Esto puede ser el ideal de la persona que busca una paz celes­tial, una liberación -con la que sueña- de todo lo que es ilusión, donde no hay ningún problema, donde todo es felicidad. A esta persona le importará muy poco cómo sean las cosas y lo que pese en las cosas.
Existe, sí, existe ese país de hadas que llaman “ananda”; existe realmente, y es nuestro patri­monio. Y lo tenemos que vivir, porque es la Realidad. Pero debemos vivirlo conjuntamente con todos los modos; no podemos dejar aparte nada. En este estado de felicidad y paz supremas se encuentran los modos más concretos, más elementales de la existencia. La Paz, la Realización está en contacto con los ambientes más des­graciados, más limitados de la existencia. Y mientras uno quiera buscar una “ananda”, una felicidad, una beatitud, dejando de mirar unos problemas, unas limitaciones, aunque estos se encuentren en el último rincón del mundo, uno simplemente está haciéndo­me trampa a sí mismo, está refugiándose en una reali­dad ficticia. Ese estado superior de Ser es, siempre, inclusivo.
Pero, claro, mientras nosotros estemos viviendo las cosas con este contraluz, con este contraste tan enorme entre lo que es desgraciado y lo que es dichoso, es lógico que tratemos de elegir lo que es dichoso y tratemos de re­chazar lo desgraciado.
En la medida en que en nuestro interior haya un foco realmente positivo, todo alrededor nuestro se irá convirtiendo en algo positivo. Inevitablemente. Aquí tenemos la consigna: debemos de vivir lo positivo, porque eso es lo que somos. Y eso positivo lo hemos de ir integrando, lo hemos de ir viviendo frente a todo lo aparentemente negativo. Y, gracias a esta presencia de lo positivo en nuestro interior frente a lo negativo que pueda existir, o aparecer, en lo exterior, se irán cambiando las cosas.
Gracias a la luz interior que podamos mantener clara, despierta, alta, frente a las tinie­blas exteriores, éstas se irán transformando en luz, y se irán iluminando las antorchas interiores de las demás personas.

Vivir sin autoridad.


El ser humano debe vivir sin autoridad, sin jerarquía, porque la jerarquía es la estructura que organiza y da cuerpo a la autoridad. Las jerarquías no sólo son dañinas sino también innecesarias, y que existen formas alternativas, más perfectas de organizar la vida social. El estado es la forma más alta de jerarquía. Pero no se debe permitir ninguna desigualdad de poder o de privilegios entre las personas. Si nadie posee el poder, nadie puede oprimir a nadie.

Es necesario establecer un sistema social en el que se lleven al máximo la libertad individual y la igualdad social. Libertad e igualdad a través de una vida espiritual y del apoyo mutuo. La libertad sin un fundamento espiritual es libertinaje, y acaba en esclavitud y brutalidad.


Tiene que llegar el fin de la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción- el capital también está llamado a desaparecer en un futuro-, pues todos los medios de producción deben de ser propiedad común de la sociedad, y gestionados en común por los mismos productores de la riqueza.


La organización política ideal de la sociedad –de cualquier sociedad- es un estado de cosas donde las funciones de gobierno se reducen al mínimo. Por eso, una meta de todos los seres humanos es la reducción de las funciones de gobierno a la nada, es decir, una sociedad sin gobierno.


Como en todo, se debe ser consciente y crítico con la sociedad en la que uno vive y obrar adecuadamente. No se puede construir una sociedad mejor sin comprender lo que está mal en la presente. La persona espiritual es un apasionado amante de la libertad, pues esta es la única condición bajo la cual la inteligencia, la dignidad y la felicidad humana pueden desarrollarse y crecer. Es necesario vivir espiritualmente y rescatar el amor propio y la independencia de las personas de todo freno e invasión del Poder. Sólo en la libertad el ser humano puede aprender a pensar y a conducirse, a dar lo mejor de sí mismo y a realizarse. Sólo en libertad puede llevar a cabo la verdadera fuerza de los lazos sociales, que unen a las personas entre sí, y que son la verdadera base de la vida social.


Una comunidad libre y saludable producirá personas libres que, a su vez, darán forma a la comunidad y enriquecerán las relaciones sociales entre los seres que la componen. Entonces, la libertad, al ser promovida y producida por la misma comunidad, no existe porque hayan sido establecidas legalmente en un papel, sino únicamente porque las personas viven en libertad. Y cualquier atentado que quiera impedirla choca con la resistencia de toda la comunidad. Una persona adelanta en su sendero espiritual cuando vive espiritualmente y trabaja y defiende la virtud y la dignidad del ser humano.


La verdadera, plena y final liberación del ser humano sólo será posible cuando la comunidad que forme toda la humanidad posea el capital, es decir, las materias primas y las herramientas de trabajo, incluyendo la tierra.


Una persona espiritual debe oponerse a la propiedad privada de los medios de producción y a la esclavitud asalariada -que es uno de los sustentos del sistema que implanta el Poder-, como incompatibles con el principio de que el trabajo debe ser emprendido libremente y bajo el control de los mimos productores.


Libertad significa una sociedad no autoritaria en la que personas y grupos de ellas ejercen la autogestión, lo que quiere decir que se “gobiernan” a sí mismas. La libertad no puede existir sin sociedad ni organización. Para llegar al sentido pleno de la vida debemos vivir espiritualmente y cooperar, y para cooperar tenemos que llegar a acuerdos con nuestros semejantes. La organización, lejos de crear autoridad, es el único remedio para ésta, y el único medio por el que cada uno de nosotros toma parte activa y consciente en el trabajo comunitario -y deja de ser un instrumento pasivo en manos del Poder.


El modo de organización jerárquico-autoritario es un desarrollo relativamente reciente en el curso de la evolución social de la humanidad. Los seres humanos no estamos predestinados ni programados genéticamente para ejercer una conducta autoritaria, competitiva y agresiva. Al contrario, esta conducta está condicionada socialmente o aprendida y, como tal, puede ser desaprendida.


La sociedad que impone el Poder está muy bien pensada y organizada respecto a los beneficios que con ella obtiene. Pero es una máquina con engranajes nefastos para la humanidad. Y todos los seres humanos la padecemos. El Poder crea una sociedad insalubre del todo. Por ello, las personas espirituales rechazamos las formas autoritarias de organización y, en su lugar, apoyamos acciones basadas en los acuerdos libres y voluntarios. El acuerdo libre y voluntario que ejerce una persona espiritual es imprescindible, porque sólo cuando una persona es libre e independiente y coopera con las demás personas de por su propia voluntad, atendiendo a los intereses comunes y personales, puede la humanidad relacionarse positivamente y crear verdaderos beneficios.


En la esfera política esto quiere decir que la sociedad funciona en un sistema de democracia directa -o participatoria- y confederación. En ella se necesitan foros donde las personas puedan ejercer el derecho y el deber de dar lo mejor de sí mismos al resto de la humanidad, discutiendo y debatiendo entre iguales, y aprendiendo todos del papel creativo que en realidad tiene la disensión.


Libertad no significa que cada uno haga lo que le plazca, pues ciertas acciones traen invariablemente consigo la negación de la libertad de otras personas. No puede existir la libertad de violar, explotar u obligar a los demás. Tampoco se puede tolerar la autoridad, pues ésta es un atentado contra la libertad, la igualdad y la solidaridad. La autoridad es un atentado contra la dignidad humana. La libertad es indispensable para todos los seres humanos, con el único límite de la libertad de los demás.


La persona que vive espiritualmente choca invariablemente con la sociedad que implanta el Poder. Entonces, la persona, una vez más, debe ser consciente y obrar adecuadamente. En algunos casos, este obrar supondrá la resistencia o la rebeldía a la forma de autoridad jerárquica, que será. La desobediencia, en este caso, será la base de la rebeldía y de la libertad, pues ocurre en demasiadas ocasiones que quienes son siempre obedientes suelen ser, en realidad, esclavos.


La raza humana forma un gran “todo”, una gran comunidad donde cada persona complementa al resto y necesita de ellos. Esta variedad infinita en los seres humanos es una buena causa y una buena base para establecer la solidaridad. Igualdad es igualdad social, y en realidad significa la igualdad de desiguales. Con ello, las relaciones sociales jerárquicas son abolidas a favor de aquellas que fomentan la participación y están basadas en el principio de “una persona un voto”. Por lo tanto, la igualdad social en el trabajo, por ejemplo, quiere decir que cada uno tiene la misma voz en las decisiones acerca de cómo se desarrolla y se organiza el trabajo. Aquello que afecta a todos es decidido por todos.


La igualdad social y la libertad individual son inseparables. Sin la gestión comunitaria de las decisiones que afectan a un grupo –igualdad- para complementar la autogestión individual de las decisiones que afectan a la persona –libertad-, no puede existir una sociedad libre.


La solidaridad y el apoyo mutuo que nace entre personas que viven espiritualmente es una idea clave. Es el lazo de unión entre el individuo y la sociedad, el medio a través del cual las personas trabajan juntas para satisfacer sus intereses comunes dentro de un entorno que apoya y nutre la libertad y la igualdad. La solidaridad y el apoyo mutuo son un rasgo fundamental de la vida humana, una fuente de fuerza y de felicidad y un requisito principal para una plena existencia humana.


La solidaridad y la cooperación entre las personas, que nacen de la vida espiritual, son necesarias para la vida y están lejos de ser una negación de la libertad. Muchos resultados maravillosos ha logrado la fuerza singular de la individualidad humana cuando se fortalece con la cooperación de otras personas. La cooperación, en contraposición a las luchas intestinas y a la disensión, ha funcionado a favor de la supervivencia y la evolución de las especies. Sólo el apoyo mutuo y la cooperación voluntaria pueden crear las bases de una vida individual y comunitaria digna y libre.


La autoliberación no debe esperar el futuro. Lo personal es político, y según obremos aquí y ahora influirá sobre el futuro de la sociedad y de nuestras vidas. Debemos crear no sólo las ideas, sino también los hechos de un futuro utópico, siendo conscientes, viendo lo que no debe ser y obrando adecuadamente. Debemos saber que la palabra utopía no significa un mundo inalcanzable, sino un universo por crear. Podemos crearlo relacionándonos con todo lo que nos rodea de manera espiritual, creando comunidades y organizaciones verdaderamente espirituales, obrando como personas libres en una sociedad no libre. Sólo por medio de nuestras obras, aquí y ahora, podemos asentar los cimientos de una sociedad libre en la que nuestros hijos se desarrollen en plenitud.


La jerarquía es una organización piramidal compuesta de una serie de grados, rangos u oficios que van de menor a mayor poder, prestigio y remuneración. Incluye siempre la manipulación, la represión y la explotación. Por eso las personas que viven espiritualmente trabajan contra el Poder y la jerarquía en la que se establece su Estado. La persona que vive espiritualmente se opone a todas las instituciones jerárquicas, pues ellas encarnan el principio de autoridad.


La jerarquía tiene la función principal de ejercer el control a través de la coerción, de la amenaza de sanciones negativas de cualquier clase: física, económica, psicológica, social, etc. Este control, en el que están incluidas la represión de la protesta y de la rebelión, necesita de la centralización, de un conjunto de relaciones de poder en el que el control máximo es ejercido por unos pocos en la cumbre –en particular en la cabeza de la organización-, mientras que aquellos que se encuentran en los rangos medios tienen mucho menos control y los de abajo ninguno. Como la dominación, la coerción y la centralización son rasgos esenciales del autoritarismo, y como esos rasgos forman parte de las jerarquías, toda institución jerárquica es autoritaria. Quien no busque el desmantelar todas las formas de jerarquía no puede ser llamado espiritual.


El poder debe encontrarse totalmente descentralizado. Sólo por medio de una descentralización racional del poder, estructuralmente y territorialmente, puede fomentarse la libertad individual, la igualdad y la solidaridad. La delegación de poderes en manos de una minoría es una negación de la libertad y de la dignidad humana. Las personas deben ser libres para unirse según ellas crean conveniente, y sus asociaciones deben ser regidas por asambleas en las que intervengan todos sus miembros, con los asuntos puramente administrativos gestionados por comités elegidos para el caso. Estos comités comunales están formados por delegados temporales revocables que ejecutan sus labores bajo la vigilancia de la asamblea que los eligió. Si los delegados actúan en contra de su mandato, o tratan de extender su influencia o labor más allá de lo decidido por la asamblea –si empiezan a tomar decisiones políticas-, podrán ser instantáneamente revocados y sus decisiones abolidas.


Estas comunidades igualitarias, formadas por acuerdos libres, a su vez se asocian libremente en confederaciones. Las decisiones de estas confederaciones libres van desde abajo hacia arriba, fluyen desde las asambleas elementales hacia arriba. Las confederaciones son gestionadas de manera similar a como se gestionan las comunidades de personas. Regularmente hay conferencias locales y regionales. Estas van desde menor a mayor índice de representatividad, desde las que se representa a una sola comunidad hasta las que representan al conjunto de la humanidad. En ellas se tratan todos los asuntos importantes y los problemas que afectan a la confederación libre. Las decisiones fluyen desde abajo hacia arriba, desde las asambleas elementales hacia las que representan a más número de personas.


Las confederaciones son gestionadas de manera similar a las comunidades de base. Se forman comités de acción, si se necesitan, para coordinar y administrar las decisiones de las asambleas y sus congresos, bajo el estricto control que surge desde abajo, según hemos expuesto anteriormente.


Las asambleas comunales básicas pueden anular cualquier decisión alcanzada por las confederaciones y salirse de una confederación. Además, pueden convocar reuniones confederales para discutir nuevos asuntos y para informar a los comités de acción acerca de nuevos objetivos o intereses y para instruirlos sobre que hacer con respecto a nuevos requerimientos e ideas.


Organizados de esta manera, la jerarquía es abolida, ya que el ser humano, en la base de la organización, ejerce el control, no sus delegados. Sólo esta forma de organización -que necesita de la iniciativa todos y resulta en beneficio de todos-, puede reemplazar al gobierno jerárquico -que supone la iniciativa y el beneficio de unos pocos frente a la explotación de la mayoría. Esta forma natural de organización debe existir en todas las actividades que requieren trabajo de grupo y la coordinación de muchas personas. Es el medio para integrar a las personas dentro de estructuras que ellos mismos pueden comprender, controlar y modificar. En él, las iniciativas individuales son gestionadas por la propia persona.


La creación de una nueva sociedad basada en las organizaciones libertarias tendrá un incalculable efecto en la vida diaria. El impulsar la creatividad y el trabajo de todos los seres humanos transformará la sociedad en maneras que hoy día apenas podemos llegar con la imaginación.


La forma de organización estadista, centralizada y jerárquica produce indiferencia en vez de implicación y compromiso, dureza de corazón en lugar de solidaridad, uniformidad en vez de unidad, y élites privilegiadas en lugar de igualdad. Y lo más importante, estas organizaciones destruyen la iniciativa individual, aplastan la acción independiente, el pensamiento crítico y son nefastas para la humanidad.


Los efectos de la jerarquía pueden verse por todas partes. No funciona. La jerarquía y la autoridad existen por todas partes, en el trabajo, en el hogar y en la calle, y en todos estos lugares puede verse el dolor que causan.


Si una persona pasa la mayor parte de su vida recibiendo y aceptando órdenes, si se acostumbra a la jerarquía, se convertirá en un ser pasivo-agresivo, sadomasoquista, servil y estúpido, y llevará ese peso a todos los aspectos del resto de su vida. El fin de la jerarquía trae consigo una transformación integral de la vida cotidiana. Implica la creación de organizaciones centradas en el ser humano dentro de las cuales todos pueden ejercitar sus habilidades al máximo. Sólo la autodeterminación y el acuerdo libre en cada nivel de la sociedad y dela existencia puede desarrollar la responsabilidad, la iniciativa, la inteligencia, la implicación y la solidaridad de las personas y de la comunidad.


Sólo una organización de la sociedad en la que no exista la jerarquía permite acceder y utilizar el inmenso talento y la extraordinaria capacidad que existe en el interior de la humanidad. Únicamente una organización así enriquece a la comunidad a través del mismo proceso que enriquece y desarrolla a la persona en su individualidad. Solamente involucrando a todos los seres humanos en el proceso de idear, planear, coordinar e implementar las decisiones que los afectan podrá florecer la libertad y podrá desarrollarse y ser protegida la individualidad. Una organización así desata la creatividad y el talento del rebaño esclavizadas por el Poder y su jerarquía, por lo que ya deja de ser un rebaño para convertirse en una verdadera humanidad.


Es sistema libertario beneficia incluso a aquellos que dicen beneficiarse por el libre mercantilismo, el capitalismo y sus relaciones autoritarias. Todos, los que mandan y los que son mandados son estropeados por la autoridad; ambos, explotadores y explotados son degradados por la explotación. Esto es así porque en cualquier relación jerárquica el que domina, al igual que el que es dominado, paga un precio. El precio pagado por “la gloria de mandar” es verdaderamente pesado. Cada tirano se resiente de sus obligaciones, y está condenado a arrastrar el peso muerto del durmiente potencial creativo de sus subordinados por el camino de su tortura.


La libre asociación se organiza alrededor de una asamblea en la que se reúne todos sus miembros -en el caso de grandes centros de trabajo, de pueblos o ciudades, esta asamblea puede componerse de un sub-grupo funcional, tal como una oficina específica o un barrio. En esta asamblea, en cuerdo con otras, se define el contenido de sus obligaciones políticas. Actuando dentro de la asociación, la gente debe ejercer juicios críticos y elegir, es decir, gestionar sus actividades. Lo cual quiere decir que la obligación política no se le debe a una entidad aparte por encima del grupo o sociedad, tal como el Estado o la empresa, sino a los "con-ciudadanos" o compañeros. Aunque el pueblo en asamblea legisla colectivamente las reglas que gobiernan su asociación, y están sujetos a ellas como individuos, también son superiores a ellas en el sentido de que esas reglas siempre pueden ser modificadas o abrogadas.


Comunitariamente, las personas asociadas constituyen la autoridad política, pero como esta autoridad está basada en relaciones horizontales entre ellas mismas, más bien que en relaciones verticales entre ellos y la élite, la "autoridad" es no-jerárquica, sino "racional" o "natural".


Si algunos se encuentran en minoría en una votación particular, esas personas tienen que elegir entonces si consienten o se niegan a reconocer la decisión como obligatoria. Negarle a la minoría la oportunidad de ejercer su juicio y su elección es infringir en su autonomía e imponerle una obligación que no ha aceptado libremente. La imposición a la fuerza de la voluntad mayoritaria va en contra de la obligación auto-asumida, y por eso es contraria a la democracia directa y la libre asociación. Por lo tanto, lejos de ser una negación de la libertad, la democracia directa, dentro del contexto de la libre asociación y de la obligación auto-asumida, es la única manera de permitir la libertad. No hace falta decir que, una minoría, si permanece dentro de la asociación, puede apelar su caso y tratar de convencer a la mayoría de su error.


Los lazos entre las asociaciones siguen el mismo modelo que las asociaciones. En lugar de individuos unidos en una asociación, encontramos asociaciones unidas en confederaciones. Los enlaces entre asociaciones dentro de una confederación son de la misma naturaleza horizontal y voluntaria que en las asociaciones, con los mismos derechos de "voz y salida" de sus miembros.


La forma de organizar la sociedad -que realiza la libertad, la igualdad y la fraternidad- en la gestión de los asuntos humanos, ya existía antes de que naciera el capitalismo, aunque aumentó su influencia a medida que el capitalismo acaparaba más y más de la sociedad del planeta. Los pensadores cuyas ideas pueden ser clasificadas como libertarias se remontan a miles de años, y se pueden encontrar tanto en civilizaciones orientales como occidentales.


Es necesaria la abolición de todos los monopolios económicos y la propiedad común de la tierra y de los medios de producción, cuyo usufructo debe ser disponible para todos sin distinción. Es imprescindible una actitud espiritual frente al capitalismo y hacia todas las instituciones de poder político, ya que históricamente la explotación económica siempre ha ido de la mano de la opresión y de la dominación política y social del ser humano por el ser humano. La explotación y la opresión de unos sobre otros son inseparables, y la una condiciona la otra.


La naturaleza tampoco se libra de la explotación cuando el sistema que organiza a la sociedad explota a las personas. La verdadera ecología localiza las raíces de la crisis ecológica en las relaciones de dominio entre las personas. La dominación de la naturaleza es un producto más de la dominación que sucede de la sociedad. Por ello los auténticos ecologistas consideran esencial tratar adecuadamente a la jerarquía, y no a la civilización como tal.


El ser humano debe tomar una actitud espiritual con respecto al capitalismo, el estado y la propiedad privada. Esto incluye el poder político, la propiedad y la gestión de los asuntos que conciernen a la comunidad, las relaciones entre los hombres y las mujeres, padres e hijos. Debe encontrar e identificar las estructuras autoritarias, la jerarquía y la dominación en cada aspecto de la vida, y obrar adecuadamente. Esto significa, en muchos casos, desafiarlos y desarmarlos, de forma que aumente el campo de la libertad humana.

jueves, 27 de junio de 2013

La sociedad


Muchos son los males de nuestra sociedad y muchas las soluciones que se aportan en estos tiempos de frivolidad, pero tenemos que dar un paso esencial y terminar con el nefasto culto a la imagen, la hipocresía y la apariencia mentirosa. Este paso imprescindible es la consciencia moral que otorga la vida espiritual.

La represión a ultranza es traumática e indeseable, pero una convivencia moral obliga a un esfuerzo razonable para someter los oscuros instintos egoístas y obrar adecuadamente. Esta permisiva sociedad ya está dando suficientes muestras de hastío y de alarma ante la hecatombe que ha supuesto la necia implantación de una ética descabellada y acomodaticia, tal vez como reacción pendular a la hipócrita represión sufrida en tiempos recientes. Debemos aprender que la moral no puede imponerse, puesto que es una actitud soberana e individual.


El mundo no es algo separado de nosotros mismos. El mundo, la sociedad, es la relación que establecemos o procuramos establecer entre nosotros. Así pues, el problema somos nosotros, no el mundo, ya que el mundo es la proyección de nosotros mismos, y para comprender el mundo debemos comprendernos a nosotros mismos. El mundo no se halla separado de nosotros; somos el mundo, y nuestros problemas son los problemas del mundo.


El mundo es una sociedad compuesta por personas que se relacionan entre sí, y si las personas que lo componen no pueden generar una relación espiritual, la humanidad seguirá en un estado de caos, sin sosiego y en desarmonía. Parte de nuestra labor consiste en aportar la virtud al mundo; pero ello no nos será posible hasta que la misma virtud se encuentre en nuestro interior, hasta que no seamos paz en nuestras mentes, amor en nuestros corazones y comprensión en las profundidades de nuestro ser. Por esto es esencial que seamos conscientes de verdad y obremos adecuadamente, y no nos quedemos únicamente leyendo o hablando sobre ello. Por la espiritualidad, permitimos que el Padre, lo Otro, la Verdad, o como queramos llamarlo, pueda entrar en nuestras vidas.


No sólo las personas necesitan vivir espiritualmente, la sociedad también lo necesita. Quien no vive espiritualmente se convierte en una fuente de dolor, hasta el punto que su propia ignorancia, ego y maldad se proyectan al final, espectacularmente, en conflictos, guerras, y calamidades. Tenemos que ser capaces de advertir el ego en la sociedad, y cómo éste parece ser un imán que a todos atrae hacia el mal y la oscuridad.


La existencia en este plano físico ofrece la oportunidad de ser conscientes, obrar adecuadamente y con ello también crecer y evolucionar. Un medio para ello se encuentra en las relaciones sociales, pues una mentira planetaria envuelve a la humanidad, la mentira que se encuentra en las relaciones sociales.


Contra la presión de la sociedad se tiene el amparo de la consciencia, del conocimiento y del discernimiento. Así y todo, uno se ve obligado a participar en esta comedia. No está permitido salirse del teatro, pues normalmente no es conveniente hacerlo. La estancia en esta Tierra, concretamente en la sociedad de la que se forma parte, sólo tiene sentido si se es consciente y se obra adecuadamente.


O de grado o por fuerza nos sometemos a la ley que nos impone la sociedad. Sin embargo, no es preciso someternos inconscientemente a sus exigencias y convencionalismos. Representar automáticamente un papel en la comedia, vestirnos y gesticular como actores es una locura que nos alía con las fuerzas de la oscuridad y que, tarde o temprano, arruinará nuestra salud corporal y espiritual.


Sólo la verdad es moral, la mentira es inmoral. La verdad purifica, la mentira corrompe. La sociedad es insensata e insiste en engañarse, y nosotros con ella. El continuo embuste que nos imponemos consume, como un lento veneno, todas nuestras fuerzas vitales, y hasta llegamos a encontrar cierta complacencia morbosa en alimentar con nuestra carne y nuestra sangre al gusano roedor que nos devora.


Sólo la verdad puede salvar al mundo. Ella debe permanecer siempre y en todo lugar con nosotros. La mentira es la causa de nuestra debilidad. Los seres humanos hemos seguido siempre, en toda nuestra historia y en la actualidad, el camino de la mentira, la sinrazón y la barbarie. Para que esta brutalidad y este abatimiento espiritual se disuelvan es imprescindible que seamos conscientes y obremos adecuadamente. Sólo las personas espirituales tienen ánimo, valor y fuerza suficientes para no mentir a los demás ni engañarse a sí mismas, para ser y conocer lo que son.


Un buen paso para apreciar el error que se encuentra en la sociedad es distinguir lo que son emociones mundanas y lo que son sentimientos profundos. Veremos la diferencia si comparamos lo que sentimos, por ejemplo, cuando nos aplauden y cuando vivimos la naturaleza, o cuando obtenemos algún éxito, cuando llegamos “arriba” y cuando disfrutamos realmente con nuestro trabajo, cuando somos los jefes y tenemos poder y cuando disfrutamos de la compañía de compañeros y de amigos.


Las emociones mundanas son ilusiones que únicamente producen vacío y dolor. Proceden de nuestra propia “glorificación” y “promoción”, es decir, de nuestro ego. Son inventadas por nuestra sociedad y nuestra cultura para que seamos productivos y podamos ser controlados. Ver la realidad nos libera de nuestros condicionamientos y del control que la sociedad ejerce sobre nosotros. Un control tan desmesurado y brutal que librarnos de él es tanto como morir.


La sociedad está llena de deseos y de apegos. Si un miembro suyo se encuentra apegado al poder, al dinero, a la prosperidad y al éxito, si desea y busca todas estas cosas como si su felicidad dependiera de ellas, será considerado como un miembro dinámico, trabajador y productivo para la sociedad. Pero casi nadie ve que si una persona persigue esas cosas destruirá su vida y se convertirá en un ser duro, frío e insensible con los demás y consigo mismo, en un verdadero infeliz. Es sorprendente cómo la sociedad le considerará entonces un ciudadano como es debido, y sus parientes y amigos se sentirán orgullosos del “status” que ha alcanzado. Es muy difícil conocer a nadie de los que llamamos respetables que vivan de manera espiritual, sensible y amorosa, y no cedan a la presión de deseos y de apegos. Si de verdad fuéramos conscientes de ello alejaríamos de nuestro interior todo deseo y todo apego, como haríamos con una serpiente que se nos hubiera caído encima. Quienes son espirituales ven la podredumbre de esta cultura que se basa en la codicia, el apego, la insensibilidad y la dureza del desamor. Por ello actúan con libertad.


La sociedad no está precisamente compuesta por personas espirituales, ni se fundamenta en el suministro de las cosas esenciales, sino que se asienta en la propia exaltación psicológica, pues se emplea lo esencial como medio de exaltación psicológica de uno mismo. La subsistencia es el ganar lo necesario para cubrir las propias necesidades, el alimento, el vestido y la vivienda. La dificultad de la subsistencia surge tan sólo cuando no vivimos espiritualmente y empleamos las cosas esenciales de la vida, el alimento, el vestido y la vivienda, como medio de agresión psicológica, es decir, cuando nos valemos de las cosas necesarias como un medio de engrandecernos a nosotros mismos.


La humanidad tiene medios para asegurarse la subsistencia. Es innegable que podemos producir en tal abundancia el alimento, el vestido y la vivienda, que aseguraría la subsistencia de toda la humanidad, técnicamente es posible. Pero en esta Tierra el egoísmo, la ignorancia y la demanda de la guerra es mayor que la espiritualidad. En la sociedad se encuentran muy arraigados los nacionalismos. Pero el nacionalismo, para la humanidad, es un veneno y una maldición. Cuando el nacionalismo se va llega la inteligencia, evidentemente. En lo externo el nacionalismo origina divisiones y clasificaciones entre las personas, guerras y destrucción, todo lo cual es evidente para cualquiera que sea un poco observador. Interiormente, psicológicamente, lleva a una identificación con lo más grande, con la patria o con una idea, y es, evidentemente, una forma de autoexpansión. Creemos que no tenemos importancia, que no somos nada, pero si nos identificamos con el país, si nos llamamos americano o alemán, esto halaga nuestra vanidad y nos brinda satisfacción, prestigio y una sensación de bienestar. Esta identificación con lo más grande, que es una necesidad psicológica para quienes necesitan la expansión del “yo”, engendra aislamiento, conflicto y lucha entre las personas.


El patriotismo no sólo causa conflictos externos, sino también frustraciones internas y es la ruina de la humanidad. Cuando comprendemos el nacionalismo, cuando nos damos cuenta de todo su proceso, como nace y lo que produce, todo el proceso del nacionalismo y del patriotismo se desvanece. Sólo puede desaparecer si comprendemos plenamente sus implicaciones, examinándolo, captando su significado en las actividades tanto externas como internas.


De esta investigación surge la inteligencia, y entonces ya no se produce la sustitución del nacionalismo por ninguna otra cosa. En el momento en que sustituimos la religión por el nacionalismo, la religión se convierte en otro medio de autoexpansión, en una fuente más de ansiedad psicológica y de dolor, en un medio de alimentarnos con una creencia. Por lo tanto, cualquier forma de sustitución, por noble que parezca, es una forma de ignorancia. El nacionalismo con su veneno, son sus miserias y contiendas, sólo desaparecerá cuando seamos inteligentes y vivamos espiritualmente.


Otro gran problema de la sociedad es su profunda superficialidad. Básicamente ser superficial es depender de algo o de alguien. Depender psicológicamente de ciertos valores, de ciertas experiencias, de ciertos recuerdos contribuye ciertamente a la superficialidad. Cuando dependemos de ir a la iglesia todas las mañanas, o todas las semanas, para levantarnos el ánimo o recibir ayuda, si tenemos que cumplir ciertos ritos para mantener nuestra sensación de integridad o para recordar algún sentimiento que experimentamos alguna vez, significa que somos superficiales. Nos vuelve superficiales entregarnos a un país, a un proyecto o a determinada agrupación política. Lo cierto es que todo el proceso de dependencia es una evasión de nosotros mismos. Esta identificación con lo más grande es la negación de lo que somos. Pero no debemos negar lo que somos, que es la realidad, sino comprender lo que somos y no tratar de identificarnos con el Universo, con Dios, con determinado partido político o con lo que fuere. Todo esto conduce al pensamiento superficial, y de este pensamiento superficial surge una actividad que es permanentemente dañina, sea a escala mundial o a escala individual.


Se justifican las acciones superficiales pensando que por lo menos se lucha por algo mejor, pero cuanto más se lucha más superficiales se es. Esto es lo primero que necesitamos ver, y esta es una de las cosas más difíciles, ver lo que somos, reconocer que somos necios, frívolos, celosos, de miras estrechas. Si vemos lo que somos, si lo reconocemos, entonces por ahí podemos empezar. Sin ninguna duda es la mente superficial la que huye de la realidad, y no escapar requiere una ardua investigación y no ceder ante la inercia. En el momento en que vemos que somos superficiales se inicia un proceso de profundización, pero siempre que no hagamos nada con esa superficialidad. Sólo si vemos nuestra mezquindad y la examinamos cuando surge comprendemos la totalidad de su influencia y obramos adecuadamente. Entonces existe una posibilidad de transformación. Pero la persona mezquina, que reconoce que lo es y trata de no serlo ya sea leyendo, reuniéndose con la gente, viajando o estando incesantemente activa como un mono, seguirá siendo una mente mezquina.


La sociedad es superficial y por eso se encuentra abocada a la sinrazón y al desastre. La persona superficial jamás podrá conocer grandes profundidades. Puede tener abundancia de conocimientos, de información, puede repetir palabras. Pero si sabemos que somos superficiales, poco profundos, y observamos todas las actividades de la superficialidad, sin juzgar y sin condenar, pronto veremos que lo superficial desaparece sin ninguna acción por nuestra parte. Pero eso requiere atención y paciencia, no el ansioso deseo de resultados, de éxito. Sólo la mente superficial desea conseguir resultados.

miércoles, 26 de junio de 2013

La miopía de la comunicación.


Antes de opinar o decir cualquier cosa, debo llamar la atención sobre un hecho: Todo es falso. Incluido este mensaje. El lenguaje humano es imperfecto e impreciso, luego cualquier idea expresada mediante él es, por fuerza, errónea.
Este es un concepto que no resulta novedoso en absoluto. Todos nos hemos visto en situaciones en que "no sé cómo explicarlo" "Es como si...". En ocasiones lo atribuimos a deficiencias propias en el manejo de la herramienta que es el lenguaje. En los pocos momentos que nos percatamos de la propia deficiencia del mismo, lo vemos como algo anecdótico: la dificultad de una traducción o la inducción a error de una polisimia. Descartamos la importancia que tiene esa deficiencia.
Y su importancia es sustancial, dado que el lenguaje es el eje central de la Humanidad.
Para verlo con claridad, es necesario analizar la importancia del lenguaje en nuestra vida cotidiana: Está claro: para comunicarnos con los demás. Pero también para que los demás se comuniquen con nosotros. Y no es necesario contactar con nadie. Cuando ves la televisión, escuchas la radio o un disco, cuando lees, estás haciendo uso del lenguaje.
Pero además, el pensamiento consciente se elabora mediante lenguaje. Y aquí es donde comienza la sucesión de errores, puesto que hemos de adaptar un ente ilimitado y libre, como es el pensamiento, a una herramienta finita y reglada.
El primer ejemplo se ve en la expresión de los sentimientos. Todos sabemos lo difícil que es expresarlos. Es un hecho antiguo y el arte surge precisamente como intento de vencer esa dificultad. Rimas, ritmos, acordes, sonidos, colores, formas... buscan provocar una sensación para el que las palabras no son suficientes.
Otro caso clásico es el de la descripción de la realidad. Sabemos que una imagen vale más que mil palabras. Al igual que imagen, podríamos decir un sonido o cualquier otra sensación captable con nuestros sentidos.
Otro problema añadido es la inclusión de los demás elementos de comunicación: Transmitente, transmisor y receptor.
La importancia del receptor en la comunicación, es enorme. Todos alteramos nuestro lenguaje en función del que recibe el mismo. Así, no hablaremos del mismo modo a un colega profesional, a un allegado o a un encuentro casual. Tampoco dará lo mismo si nos dirigimos a uno varios receptores.
El transmisor influirá también, puesto que no da igual si el medio de transmisión del lenguaje es oral, visual, escrito.
Y por último, el transmitente se verá enormemente condicionado en su lenguaje por infinitos factores: cultura, estado de ánimo, influencias recientes...
La imprecisión se extiende a todo tipo de lenguaje, puesto que no hemos de pensar sólo en las palabras. El lenguaje visual, gestual, se halla también condicionado por los mismos factores.
¿Y el lenguaje matemático?
Esa es la solución que vieron los diseñadores de los proyectos Pionero y Voyager. Junto a mensajes de saludo en cincuenta idiomas, se diseñaron formas de comunicación matemática que fuera precisa y universal. Se basaban en que constantes universales, como la letra pi (?), dada por la relación entre una circunferencia y su diámetro, debían ser reconocibles por seres inteligentes. La Pioneer 10 mandaba un mensaje de saludo, nuestra situación en el espacio y establecía nuestro nivel de inteligencia mostrando que conocíamos el átomo. Posteriormente se han enviado mensajes más ambiciosos, pretendiendo "enseñar" el idioma matemático partiendo de constantes físicas y matemáticas "confiando" en que el ser inteligente se adapte rápidamente a nuestra cultura.
La intención es obvia: pasar por encima de las dificultades de la comunicación humana, intentando conseguir un sistema de comunicación sin esas deficiencias.
El problema, empero, sigue igual. Continúa dependiendo del receptor para que el mensaje cobre sentido. De hecho la paleoastronomía pretende ver mensajes semejantes a los que hemos enviado al espacio en muchos restos de civilizaciones antiguas: desde los megalitos de Stonehenge a los pictogramas mayas pasando por todo tipo de relaciones matemáticas entre las construcciones primitivas. El mensaje, de existir, sigue estando oculto a nosotros como sin duda lo estaría el nuestro de encontrar una inteligencia que lo recibiera.
Pero bueno. Esto no era más que un inciso para demostrar que las matemáticas no nos pueden ayudar en nuestro problema. Por otro lado, la capacidad de expresión humana con el lenguaje matemático es, como mínimo, más limitada que las demás.
¿Cuál es, pues, la causa de la imperfección del lenguaje humano? Se podrían mencionar muchas pero la fundamental es el ahorro, tratar de englobar conceptos distintos en un solo término por la dificultad que conlleva manejar un lenguaje cuasinfinito.
El resultado es que los conceptos, las ideas, quedan inexorablemente encajonadas en la palabra o expresión que lo define, quedando en ocasiones amputadas algunas de sus connotaciones y en otras adquiriendo algunas impropias de ella.
La mejor manera de verlo es mediante los colores. Tenemos unas palabras limitadas para definir los colores. Sin embargo existen infinidad de ellos, puesto que cada matiz es un color distinto. Cada longitud de onda de la luz es un color distinto, pudiendo, aprovechando la paradoja de Zenon, elaborar infinitos colores.
¿Cuál es el color azul? Todos tenemos en la mente un azul. Si digo Turquesa, tendremos otro color. Si digo azul marino, uno más. Si digo cyan, o zafiro o celeste elaboraremos distintos tonos de azul.
¿Y si digo blanco? Ah, entonces ya no hay dudas ¿verdad? Sólo hay un blanco. Y sin embargo el pueblo esquimal tiene más de trescientas palabras para el color blanco...
Del mismo modo podemos coger una palabra como "AMAR". Y veamos qué conceptos contiene: Amor conyugal, enamoramiento pasional, amor filial, amor paternal, amor hacia uno mismo, amor a todos, amor sacrificado, amor egoísta, amor temporal, amor eterno... Podemos darle tantos matices como queramos.
Y pasamos a otra palabra que identificamos con conceptos distintos pero cercanos: GUSTAR.
Hemos definido dos escalones. Pero ahora acudimos a Zenon y pensamos. ¿Y entre estos dos conceptos, no debería haber uno identificable con su propio nombre? Y le pondríamos una palabra. Y luego pensaríamos ¿Y entre este término medio y AMAR, no habrá otro término medio?... Y así seguiríamos infinitamente.
Pero no lo hacemos y es sensato puesto que el coste de añadir otra palabra puede no ser rentable para el matiz que precisa.
El problema que nos da la deficiencia del lenguaje es cuando el pensamiento humano pasa a depender de él. Si somos incapaces de manejar nuestras ideas o conceptos sin las palabras que las delimiten, estaremos perdiendo tal cantidad de matices que la adición de los errores proporciona un resultado absolutamente distinto al original mental.
Piensa en un recuerdo agradable. Nárralo. Ahora no lo narres. Cierra los ojos. Siéntelo . Esfuérzate por sentir lo que sentías. Huele lo que olías, oye lo que oías. ¿Se asemejan ambos recuerdos?
Es un hecho antropológico el que el ser humano elabora herramientas para facilitarle la labor, pero es un hecho constatado que la dependencia excesiva en las herramientas malforma el elemento al que la herramienta pretendía ayudar.
La mente que descanse en herramientas como el lenguaje, las matemáticas, las esquematizaciones o resúmenes sin emplearlas exclusivamente como un instrumento más, quedará confinada al límite más próximo de todas ellas y jamás alcanzará su propio potencial.
Seamos también conscientes de que todo aquello que aprehendamos proveniente del o a través del lenguaje esta borroso, impreciso y confuso y que su empleo debe estar supeditado a la relativización.
Todo es incorrecto. Incluida esta afirmación.